La huella de la dictadura franquista en la sociedad civil: un análisis generacional
Es de sobra conocido que las dictaduras atacan a la sociedad civil. Al ser potenciales espacios de resistencia, los dictadores procuran anular cualquier organización cívica, sea política o no. En principio, una vez termina el régimen, la sociedad civil debería volver a florecer: las barreras legales desaparecen y el miedo a la represión deja de ser un factor determinante. Sin embargo, ¿cuáles son las consecuencias de una dictadura a largo plazo? Es posible que el autoritarismo deje un poso de desafección que persista mucho después de la caída del dictador. Al fin y al cabo, los hábitos cívicos no se recuperan de la noche a la mañana; un músculo asociativo atrofiado puede tardar décadas en volver a funcionar. Si la apatía social está arraigada, el cambio de instituciones no garantiza, por sí solo, un cambio en la cultura cívica de los ciudadanos.
España es un buen caso de estudio para intentar responder a esta pregunta. El país atravesó una dictadura que se prolongó desde el final de la Guerra Civil en 1939 hasta la muerte de Francisco Franco en 1975. Si bien el proceso de democratización posterior trajo consigo un crecimiento notable de la participación política y cívica, la huella del régimen no desapareció. Cabe preguntarse si quienes vivieron la dictadura como adultos mantuvieron comportamientos distintos a los de las generaciones más jóvenes, es decir, aquellas que vivieron el franquismo siendo niños o que, directamente, ya nacieron en democracia.
En un estudio reciente publicado en la revista European Journal of Political Research, analizamos precisamente estas dinámicas. Para ello, recopilamos todas las encuestas del CIS que incluían preguntas sobre la participación de los españoles en asociaciones de todo tipo, desde las políticas (como sindicatos) hasta las estrictamente civiles (como asociaciones de vecinos o deportivas). Nuestra base de datos cuenta con unas 140.000 respuestas recogidas entre 1989 y 2017, lo que nos permite abarcar un espectro generacional inmenso: desde nacidos durante la Primera Guerra Mundial hasta la generación de los 80. Gracias a este volumen de datos, podemos aplicar modelos estadísticos para distinguir los efectos de generación, nuestra variable de interés, de los efectos de edad y de periodo. Es decir, podemos aislar el peso de haber nacido en un año concreto, independientemente de la edad que tuviera el encuestado al responder o del contexto político de ese momento.
Nuestros resultados indican que las generaciones socializadas como adultos durante el franquismo participan menos que las más jóvenes, especialmente en organizaciones de carácter político. El Gráfico 1 muestra la tasa de asociacionismo por década de nacimiento, tras controlar por otros factores como el género, el nivel educativo, el entorno (rural o urbano) o la ideología. Observamos que, si bien no existen brechas generacionales drásticas en el asociacionismo general, la diferencia es notable en el ámbito político. Resulta particularmente interesante el “gran salto” que se produce en la cohorte nacida en torno a 1950, tendencia que se estabiliza a partir de entonces. En definitiva: el aumento de la participación se consolida precisamente entre quienes ya no vivieron el régimen franquista como adultos.
¿Cómo asegurar que estos resultados no se deben a efectos de periodo o de edad? En primer lugar, podemos comprobar si este efecto se mantiene a lo largo de todos los años para los que tenemos encuestas. El Gráfico 2 ilustra precisamente este punto. Para simplificar el análisis, dividimos a la población en dos grupos: aquellos nacidos antes de 1958 (quienes ya eran adultos a la muerte de Franco) y los nacidos después. Al compararlos año tras año, el gráfico revela que, en el ámbito de las asociaciones políticas, las generaciones más antiguas participan sistemáticamente menos, independientemente del momento en que se realice la encuesta.
Por último, para descartar que se trate de un simple efecto de edad (es decir, el hecho de que nuestra ventana de observación para las cohortes más antiguas se limite a sus años de vejez, al no disponer de encuestas de cuando eran jóvenes), realizamos una reconstrucción de la trayectoria de cada generación. En este análisis, comparamos la participación de cohortes específicas (por ejemplo, los nacidos en 1945) con la de cohortes más jóvenes cuando ambas tenían la misma edad. El Gráfico 3 ilustra este ejercicio y los resultados son claros: independientemente de la edad que tomemos como referencia, las generaciones más antiguas siempre participan menos que las jóvenes a esa misma edad. Esta brecha es especialmente profunda en las que denominamos “generaciones de Franco” (nacidas antes de 1955), representadas en el gráfico con colores fríos.
En resumen, los dictadores no solamente asfixian la participación cívica mientras están en el poder. Nuestro estudio indica que la experiencia del autoritarismo genera una desafección que puede durar toda la vida. Aunque nuestro estudio está centrado en el caso de España, es muy posible que esto también ocurra en otros países que emergen de dictaduras. Investigaciones previas han mostrado el impacto a largo plazo de haber vivido bajo el régimen soviético o cómo, de forma general, socializarse como adulto en contextos autoritarios reduce la probabilidad de participar electoralmente durante el resto de la vida.
Muchos de los que hoy superamos los 30 años recordamos a nuestros abuelos decir aquello de: “mejor no te metas en política, que solo trae dolores de cabeza”. Nunca sabremos qué habría pasado en España si la dictadura franquista hubiera durado menos, pero es muy probable que su longevidad fuera clave para dinamitar el espíritu cívico de toda una generación de la forma en que lo hizo.