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La centralidad de las distancias

La distancia la que me ha dado la clave para poner entre las cuerdas la obligatoriedad, la centralidad y la jerarquía que se les presupone a las parejas

Señora Milton

Señora Milton

La distancia nos roba el aquí del ahora. El cuerpo a cuerpo. Ese nosequé que se genera en el ambiente cuando se comparte. "Cómo quieres que te quiera si no estás aquí", recupera C. Tangana de uno de los hits (de Rosario Flores) de nuestra cultura pop, de esos que han contribuido a construir el imaginario sobre el amor y las relaciones.

Claro, es que… ¿cómo está entendiendo C. Tangana, Rosario Flores y la mayoría de nosotres, el amor y las relaciones? Pues como leía hace un tiempo en el artículo 'Vamos juntas al súper, prima', de Andrea Momitio, se presupone que las relaciones de pareja nos aseguran la compañía y la estabilidad emocional. Líneas más abajo exponía: "Busco, aunque me joda reconocerlo, una novia que esté siempre que la necesito, que haga conmigo los planes aburridos, que no necesitemos hacer una instancia para vernos, que me acompañe en momentos difíciles y no tener que quitarme el pijama si viene a casa". Y claro, si el amor y la pareja es eso, claro que queremos y necesitamos que la pareja esté ahí, todo el rato y si es posible para siempre (y si no, intentaremos encontrarlo a toda costa con la siguiente). Entenderlo desde ahí es un pase de oro a la dependencia emocional en el durante y el vacío existencial cuando la relación se termina. Y por supuesto, un fracaso si nunca aparece.

"Ser no monógama y tener dos parejas a distancia es como una broma de mal gusto, ¿no? Es como hacerse trampas al solitario", me decían de vez en cuando (y reconozco que incluso me lo había dicho yo a mí misma). Para mí, no teneros cerca en estos dos últimos años se me ha hecho cuesta arriba. Mucha nostalgia y echares de menos eternos. Estábamos ahí, sobreviviendo y sosteniéndonos a muchos kilómetros de distancia a través de WhatsApps, llamadas eternas y fines de semana fugaces. Os sentía cerca de pesar de todo, pero echaba mucho de menos poder acuerparme con vosotres, con cada une y juntes. Necesitaba poder mostrarme en mi versión más vulnerable y tener una mirada de complicidad, un abrazo, una caricia o simplemente esa atmósfera que se crea con el simple hecho de estar. En físico y no en virtual. Las distancias, de esas que no sabes cuándo van a acabarse, te roban el calor y a veces el sentido.

Nuestros pactos no impedían que pudiera compartir esos espacios de intimidad, vulnerabilidad y cuidados con otras personas, pero esos espacios no se daban. No me salía compartirme desde ese lugar con otras personas que no fuerais vosotres. Centralidad y jerarquía en vena. Joder, asumirlo me cuesta, me enfada, me frustra y me entristece.

Un día, alguien a quien quiero y admiro mucho me dijo: "Lo que necesitas es aprender a pedir ayuda". Al principio pensé que en realidad no era aquello lo que me pasaba, yo no tenía problema en pedir ayuda, pero dándole vueltas, días más tarde me di cuenta que la cuestión no estaba en el pedir ayuda, sino a quién. Había algo invisible, muy enraizado en mí (y en todes. Gracias amor romántico) que me llevaba a dar por hecho, de manera más o menos consciente, que aquello que te lleva a abrirte en canal para dejar al descubierto tu yo más vulnerable, más dependiente, más pesado, más egoísta, más egocéntrico, más irritable y más desagradable son exclusividad de la pareja. Porque la pareja lo recibe, lo aguanta y lo sostiene todo, sobre todo aquello que te hace sentir menos y/o mal. Porque la pareja, todo lo puede y todo lo da, o eso nos venden. Una vez más, el sistema montándoselo a medida y nosotres asumiéndolo como normal e incluso como natural. Y si lo cuestionas, bienvenidas las dudas, los malestares y las contradicciones.

Ponerle consciencia me parece revelador y jodido a partes iguales. Porque claro, yo, la que se ha creído por momentos que con su estar no monógama en el mundo estaba haciendo a pequeña escala una gran revolución, me daba cuenta que estaba cambiando las maneras, pero no la raíz. No tenía una pareja, tenía dos, sí, pero a ambas les daba más espacio, tiempo e importancia que al resto de vínculos. Y entonces, me preguntaba, siguiendo las reflexiones de Brigitte Vasallo, si es verdaderamente revolucionaria y radical una no monogamia si no cuestiona la centralidad y la jerarquización de las relaciones?.

Descubrir y leer las voces de feministas lesbianas no monógamas de Abya Yala, como la de Nadia Rosso, que plantea que "la existencia de las cuerpas contra-amorosa, confronta el orden establecido, resquebraja el sistema y construyen amoras inifinitas, gozosas y libre", me llevó a rebajar un poco la culpa y la autoexigencia. Me permitió ser y estar en proceso, y asumir que aún tenía mucho por deconstruir en la teoría, pero sobre todo en la práctica. Pero sobre todo me llevó a reconocerme/nos y celebrar también los logros que supone habitar las fisuras que nosotres mismes le hacemos al sistema al resignificar nuestros cuerpos, nuestros deseos y nuestros vínculos.

Durante todo ese proceso de toma de consciencia (que dudo y espero que no haya acabado), me he dado cuenta que justamente ha sido la distancia la que me ha dado la clave para poner entre las cuerdas la obligatoriedad, la centralidad y la jerarquía que se les presupone a las parejas. Pues, sobre todo estos últimos meses, la distancia me ha llevado a experimentar necesariamente nuevos sentires, y a explorar nuevos códigos, posibilidades y escenarios. La distancia me ha facilitado darle más tiempo y espacio a mi red afectiva. Me ha hecho ponerla aun más en valor y en primera línea. Me ha llevado a repartir tiempos, complicidades y cuidados. Me ha empujado a atreverme a pedir ayuda, a exponerme vulnerable, contradictoria, pesada y pequeña.

Y a empezar a creerme -de verdad- lo que dice Yayo Herrero que "si queremos vidas que puedan ser habitadas debemos asumirnos como vulnerables y poner en el centro la necesidad que tenemos de que nos sostengan y de ser cuidados, de cuidar y de sostener". Aun así, no me está resultando nada fácil romper el monopolio de compartirme desde las profundidades de mi vulnerabilidad solo con mis parejas. Pero el reto de la distancia se ha convertido en una oportunidad para entender que en realidad el reto no era mantener mi intimidad y mi estabilidad emocional a salvo en elles; sino que el reto es como conseguir sacarla de ahí y compartirla con el resto de la red afectiva. Mostrarme y compartirme más allá de vosotres me ha permitido, poco a poco, ir destejiendo las lógicas de exclusividad y dependencia, para tejer lógicas de complicidades, cuidados e interdependencia entre y con mi red afectiva. Estoy convencida de que pensarme/nos y relacionarme/nos desde ahí, supone un bien-estar para todes. Vuestros afectos y vuestro calor me arropan, y son profundamente políticos. A mí me cuidan mis amigues. A todas vosotres, gracias, os quiero fuerte.

En época de confinamientos y distancias sociales, las jerarquías y la centralidad de las parejas se refuerzan. Medidas como las de Italia de una desescalada pensada desde la consanguineidad y los afectos estables (parejas estables monógamas, vaya), dan buena prueba de ello. Sin duda, esta situación nos está llevando como sociedad a replantearnos cuestiones muy profundas y existenciales, pues está dejando al descubierto los cimientos del sistema capitalista, machista, racista, capacitista y seguramente muchos más istas. Y es por ello, que me parce un momento privilegiado para problematizar también las cuestiones legitimadas y naturalizadas socialmente alrededor de los afectos y los deseos.

Si asumimos el amor, los afectos, los deseos y las relaciones como cuestiones construidas socialmente -por lo tanto, reformulables- se nos abren nuevas posibilidades para pensarnos a nosotres mismes, nuestras relaciones y el mundo en general. Pensarnos en red (afectiva) y no como un tandem es una estrategia de resistencia feminista que pone en jaque la estructura. Resignificar los rituales de pareja y abrirlos a la red afectiva, y que los domingos de peli y manta no sean solo de las parejas. Que nos llevemos tuppers de comida entre nosotres cuando estemos enfermas o cuando estemos sobrepasadas por los límites y la productividad impuesta. Que nos llevemos al aeropuerto de madrugada y quedemos para hacer la limpieza a fondo de nuestros hogares. Que cuando planifiquemos las vacaciones los días que le dediquemos a las parejas no eclipsen la mayoría. Y que descubrir(nos) las vergüenzas forme parte de nuestros vínculos.

Problematicemos la monogamia como sistema -no como práctica- y apostemos por una desescalada, una sociedad y una vida pensada en plural y desde los márgenes en la que se de cabida a otras formas de estar, quererse y relacionarse. Celebremos y cuidemos nuestras redes afectivas, y tengamos presente que "para que nuestros amores personales sean políticos, hay que hacer política de nuestra experiencia", como dice la Vasallo.

Así que Tangana, quiéreme, aunque no esté ahí. Quiéreme y déjame que quiera y que me quieran, cuando tú estás y cuando no. Volveremos a acuerparnos pronto.

Querámonos y construyamos relaciones sin apostarlo todo al dos de oros, o al as de copas, que la baraja está llena de sotas y reinas que apuestan por disfrutar de la partida y no por ganarla.

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