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Pikara Magazine es una revista digital que practica un periodismo con enfoque feminista, crítico, transgresor y disfrutón. Abrimos este espacio en eldiario.es para invitar a sus lectoras y lectores a debatir sobre los temas que nos interesan, nos conciernen, nos inquietan.

Descarriadas

Ilustración de Emma Gascó para Pikara Magazine

En Móstoles, en la librería Delirio, que es un lugar maravilloso, conocí a Mª José Gea. Me contó que está trabajando sobre las maternidades en prisiones. Hablamos un rato. Decía lo mucho que le sorprende en cada viaje a Euskal Herria lo presente que está la cárcel en la calle. Me vinieron entonces a la cabeza todos los carteles, folletos y pancartas que siempre he visto en Ortuella, mi pueblo, para intentar hacer visible algo que aún no lo es tanto fuera de esta tierra: la prisión y todo lo que gira en torno a esta institución oscura en la que escondemos nuestras miserias como sociedad.

Nunca había pensado demasiado en ello hasta hace unos años cuando cayó en mis manos el libro Huye, hombre, huye, de Xosé Tarrío. Más allá de su historia, me impresionó por cómo nos acusa como sociedad por nuestra indiferencia ante las prisiones. En esos lugares lúgubres, alejados del centro de las ciudades, el Estado cumple una de sus funciones más terribles: el castigo. Tarrío entró en prisión para cumplir una condena de poco más de dos años acusado de robo. Era toxicómano. Varios intentos de fuga y motines multiplicaron su pena. Diecisiete años después le dejaron en libertad para fallecer en un hospital. Su madre dice que murió de cárcel. En una prisión de Ávila, ahora mismo, está Jone Amezaga, una joven de Gernika condenada por enaltecimiento del terrorismo porque su huella dactilar fue encontrada en un trozo de celo que sujetaba una pancarta que hacía alusión a ETA. Estas son solo algunas historias de injusticia flagrante de las que tenemos información, pero cuántas así habrá detrás de los barrotes.

En las cárceles, como síntoma de nuestra sociedad podrida, las mujeres son también las grandes olvidadas. Según los últimos datos disponibles en la web del INE, que recogen información de 2014, de las 65.017 personas que estaban en prisión, 4.977 eran mujeres. Representaban entonces el 7,6% de la población reclusa. Angela Davis ha pasado unos días en Euskal Herria para hablar de ellas y para apoyar a la liberación de Arnaldo Otegi -como ejemplo paradigmático de la criminalización política-, cuya salida de prisión está prevista para el 1 de marzo. La expectación ha sido apabullante. No es para menos. Davis es un referente mundial en la lucha política no solo contra el racismo, también contra el autoritarismo y el patriarcado. Podría competir en poderío con Lola Flores. Su figura impresiona y, a pesar de los años que han pasado desde que alguien disparara ese retrato de perfil que ha dado la vuelta al mundo, sigue siendo inconfundible.

“La cárcel es un ajuste de cuentas entre los hombres” en el que las mujeres son “una incómoda excepción”. Lo dijo la socióloga Estibaliz de Miguel, en los encuentros sobre ‘Mujer y cárcel’ en Bilbao, en los que Angela Davis fue cabeza de cartel, pero no estuvo sola: “Teloneras” como De Miguel, especialmente aplaudida por el público, incidieron en la evidente falta de perspectiva feminista en las prisiones. La delincuencia tiene, no obstante, rostro de hombre. Son ellos quienes cometen la mayor parte de las acciones consideradas delictivas, en un contexto en el que la cultura premia en los varones la agresividad y el riesgo. En un país en el que la serie Sin tetas no hay paraíso reventaba los audímetros, las prisiones están a rebosar de hombres que no son El Duque.

Las mujeres no solo no tenemos permitido transgredir las normas sino que nuestro papel pasa por hacer que se cumplan. Las mujeres encarceladas son, según palabras De Miguel, “vidas que damos por perdidas”, “descarriadas”; mujeres que se enfrentan también entre rejas a los “prejuicios de clase, etnia y misoginia” con los que convivimos todas. En un artículo de Pikara Magazine, Lohitzune Zuloaga, socióloga y experta en políticas de seguridad, explicaba también que “las cárceles no son un reflejo de la realidad criminal, sino de la política criminal que se practica. Así por ejemplo, el sistema favorece que las clases sociales más desfavorecidas estén claramente sobrerrepresentadas en las instituciones penitenciarias. Numerosos estudios anglosajones han concluido con que las mujeres, en general, reciben un trato más benevolente por parte del sistema penal; no obstante, aquellas que no cumplen con los roles familiares que tradicionalmente se les ha asignado (el de madres y esposas) tienden a ser castigadas con penas más duras”.

De Angela Davis esperábamos propuestas. El feminismo no puede abogar por las cárceles cuando es el mecanismo punitivo por excelencia, que obvia las circunstancias no solo personales sino también sociales que provocan que se cometan delitos. Las prisiones solo pueden entenderse en un contexto de capitalismo global. De una de las pensadoras norteamericanas más influyentes de los últimos años no cabe suponer soluciones fáciles. No apuesta por un cierre de las presiones idílico sino por construir una sociedad en la que no se necesiten medidas punitivas. “Esto nos exige desarrollar estrategias para entender en un mismo marco la economía, el control policial y las cárceles, el racismo o el capitalismo”, afirma.

Nos emplaza a imaginar nuevas formas de justicia que construyan una sociedad más empática lejos del neoliberalismo, sistema en el que las cárceles y la policía generan el lucro que necesita para sostenerse. En ese nuevo paradigma por el que apuesta Angela Davis es imprescindible también redefinir qué es la seguridad. Ella contesta: “Es el trabajo, la educación, la vivienda, la sanidad”. La vida nada tiene de segura para las deshauciadas, los parados o las inmigrantes que se han quedado sin acceso a la sanidad pública. En el Estado español abunda, por tanto, la inseguridad. La falta de protección es brutal a pesar de los 224 establecimientos penitenciarios que anuncia el Ministerio de Interior en su web como si se tratase de una filial de Airbnb. “Un mapa penitenciario moderno y funcional, en el que la prisión constituye un espacio autosuficiente”, dicen.

Las cárceles demuestran que no somos capaces de generar redes de afecto sólidas que nos protejan; que no sabemos solucionar como sociedad los problemas que el sistema nos genera; que no nos creemos eso de que all we need is love; que vemos en la policía una figura de autoridad jerárquica porque no sabemos dialogar; que no creemos en nuestra capacidad para construir el mundo con el que soñamos. ¿Por qué llamamos a la policía cuando oímos gritar a alguien o cuando nos roban el móvil? Esto mismo me pasó ayer. Me cuestionó por qué me resultó más fácil llamar al 092, que pedir a alguna vecina que me ayudase a reclamar mi teléfono a los chavales que me lo robaron mientras escuchaba La Deriva, de Vetusta Morla. Qué paradoja, joder. Necesitamos reflexionar ya sobre otras fórmulas porque la cárcel no va a proteger a las mujeres de la violencia que sufrimos, ni va ayudar a reinsertarse (qué palabra más terrible) a nadie porque su única función pasa por alejar de las postales de nuestras ciudades idílicas a aquellas personas que no salen bien en las fotos.

El feminismo, que siempre ha abanderado la lucha por un mundo más justo, en el que todos y todas podamos ser más felices, no puede seguir obviando esta realidad, que, por otro lado, está siendo estudiada desde la perspectiva de género en ciertos ámbitos académicos. Debemos ya poner sobre la mesa no sólo la situación de las mujeres presas sino nuestras propuestas para construir un mundo sin prisiones. No vamos a inventar la dinamita. Esa lógica de intentar aportar siempre propuestas nuevas también está atravesada por el capitalismo, que para mantenernos firmes nos hace creer que quizá podamos formar parte de los libros de historia, que hay un hueco arriba para todas, como tan bien ha explicado ya Owen Jones. Basta con seguir tirando de los hilos que ya hemos tejido. “Las herramientas del amo nunca destruirán la casa del amo”, escribió Audre Lorde.

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Publicado el
9 de febrero de 2016 - 20:27 h

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