ANÁLISIS

15M: diez años de una movilización social que marcó un antes y un después en la política en España

Cientos de personas levantando sus brazos en la Puerta del Sol.

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Cada momento tiene su hito, pero pareciera que formara parte de una línea de puntos más o menos sinuosa o difusa, cuyo principio ya no se atisba y cuyo final tampoco se alcanza a vislumbrar. “Dormíamos, despertamos”, se decía en el 15M, hace ahora 10 años. “¿Y los que veníamos luchando desde el antifranquismo?”, se revolvían unos, “¿no estábamos despiertos?”. “¿Acaso todos los políticos son iguales?”, argumentaban otros. Pero ese “dormíamos, despertamos” era un grito de expresión colectiva de descontento. No tanto adanista, aunque fuera un bautizo para muchos; como también una decantación fruto de lo previo, que al mismo tiempo se convertiría en epicentro de lo que vendría después y abría un tiempo nuevo en la relación de la ciudadanía con la política, en el que la sociedad tejía nuevas redes y se reivindicaba como sujeto político, y en el que se abordaban debates que hasta el momento parecían fuera de toda conversación. Incluso aunque no fuera inmediatamente después: en ese mismo mayo de 2011, en el que se pedía en las plazas ser escuchados y expresaban su insatisfacción con los mecanismos de representación –“democracia real ya”–, Esperanza Aguirre revalidaba su mayoría absoluta y, siete meses después, quien la conseguía era Mariano Rajoy.

El 15M fue tanto un punto de llegada como de partida, en el sentido de que en sus plazas confluyeron, no ya algunos de los que llevaban tiempo “despiertos”, sino también otros puntos anteriores de la misma línea: los movimientos que, casi una década antes, agruparon a la ciudadanía proveniente de diferentes militancias sociales, políticas y sindicales como el Nunca Máis (2002); el No a la Guerra (2003); o el V de Vivienda (2006), entre otros.

Todos esos movimientos tienen algo en común: la conexión de gentes diversas en la impugnación de poderes políticos y económicos por la gestión de problemas universales, como la crisis de representación democrática; el reparto desigual de las pérdidas y los beneficios; el medio ambiente; la paz; el hogar; los servicios públicos; los derechos sociales; o el heteropatriarcado. El 15M fue un estallido de todo eso, pero no fue solo eso, y en torno al 15M nacieron, bebieron y confluyeron otro tipo de mareas que, de una manera o de otra, suben y bajan: la de la educación pública, la de la sanidad pública, el clima, la de la precariedad, la del agua púbica, contra los desahucios y el rescate a la banca; por al anhelo de transformar la sociedad.

Ya en 2003, ocho años antes del 15M, había una ciudadanía transversal que impugnaba un Gobierno que, con mentiras, llevaba a su país a la guerra de Irak. Es decir, comenzaban a escribirse estrofas que se convertirían en la banda sonora del 15M: “No nos representan”. A ese “no nos representan” se sumó un ingrediente que seguramente fue fundamental para articular el 15M: la crisis económica y su gestión –“No es una crisis, es una estafa”–, con la mirada puesta en los bancos, la corrupción y el sistema electoral, como señala un estudio de la Universidad de Salamanca.

El castigo al Partido Popular por la guerra y el 11M llevaron a José Luis Rodríguez Zapatero a La Moncloa en 2004 al grito de “no nos falles”. Pero en mayo de 2010, un año antes del 15M, Zapatero aprobó los mayores recortes de la historia de España hasta el momento; y en agosto de 2011 reformó el artículo 135 de la Constitución de la mano del PP para priorizar el pago de la deuda a cualquier gasto. Sin embargo, 2011 acabó con un gobierno de Mariano Rajoy con mayoría absoluta tras las elecciones del 20N, que aplicó en España aún más recortes, una reforma laboral “agresiva”, como dijo Luis de Guindos, y la intervención de la UE para el rescate de la banca, incluidas unas cajas de ahorro que han terminado desapareciendo por su gestión –tarjetas black incluidas–.

Así, el 15M señalaba los fallos del sistema –#404–; reclamaba democracia real; denunciaba las consecuencias de la austeridad; ponía cara y ojos tanto a responsables de la crisis como a las víctimas de ella; y terminaba concluyendo que la España de 2011 necesitaba un traje distinto al confeccionado en 1978.

Con el 15M comenzó a cambiar de bando el sentido común –y 10 años después hay elementos que lo forjaron aún presentes y otros nuevos–, y con ello se comenzó a mirar de manera distinta a la cúspide del sistema –el rey Juan Carlos y sus escándalos–; a quienes encarnaban el éxito en tiempos de recortes –empresarios y banqueros, señalados por los desahucios, los rescates de la banca, los cortes de luz y suministros, las jubilaciones millonarias–; y a los dos grandes partidos que habían monopolizado –y profesionalizado– la política institucional –por sus casos de corrupción, que terminaron desalojando al PP del Gobierno en 2018, o la reforma exprés del 135–.

Unos partidos que también sufrieron su transformación, como se vio con el regreso de Pedro Sánchez al liderazgo del PSOE al margen de los aparatos del partido, paso previo a ganar la primera moción de censura de la historia sin ser siquiera diputado, tras el golpe de mano de Susana Díaz. O en el ascenso de Pablo Casado a la presidencia del PP, por delante de las que fueron número dos en el Gobierno y el partido, Soraya Sáenz de Santamaría y María Dolores de Cospedal, respectivamente. O en que Alberto Garzón se convirtiera en diputado de IU por Málaga con 26 años en diciembre de 2011.

El 15M fue una primera sacudida –o quizá la decantación de sacudidas previas como las mareas blancas y verdes– de lo que vino después: su primer aniversario, multitudinario; la marcha minera; los escraches de la PAH; el primer rodea el Congreso; las primeras marchas por la dignidad; el surgimiento de Podemos; la abdicación de Juan Carlos; las alcaldías del cambio –al frente de las cuales se mantienen Ada Colau y Kichi, en Barcelona y Cádiz–; los desbordes feministas del 25N y el 8M; o las Diadas independentistas pasando por el 1-O. Eso sí, de acuerdo con el estudio de la Universidad de Salamanca, la mayoría de los participantes en el 15M se inclinaban a la izquierda.

Cada uno de los estallidos señalaba un fallo del sistema: la corrupción; la crisis de los procesos democráticos y participativos; la desigualdad; los efectos de la crisis; los desahucios; los escándalos de la monarquía; el desapego de los gobernantes con sus gobernados y viceversa; el café para todos territorial cada vez más amargo; el machismo y el heteropatriarcado.

Y luego están los que, aprovechando la insatisfacción persistente y la pandemia, hacen que prenda ese populismo trumpista y de extrema derecha que se agita en algunos lugares.

El sistema del 1978 se fundamenta en un gran pacto entre las élites del franquismo y las del antifranquismo empujado por una sociedad que ya no estaba para dictaduras y un entorno europeo en el que la española era la última. Y en ese contexto se alcanza un gran pacto plasmado en una Constitución con siete padres –que no madres– que establecía unos canales democráticos taponados en la elección del jefe del Estado –monarquía–; que primaban a los partidos como principales agentes de una política institucional eminentemente representativa; y que, aunque dividía España entre regiones y nacionalidades, prefirió tender a la uniformidad. Y el 15M abre el debate, entre otros asuntos, sobre la Transición y la cultura política que alumbró.

Si en 2011 los partidos nacionalistas catalanes, gallegos y vascos sumaban el 8,67% de los votos; ahora suman el 9%, pero, salvo el PNV, el resto ya no son nacionalistas, sino soberanistas. Eso sí, si en 2011 la mayoría del voto de extrema derecha en buena parte se canalizaba a través del PP; en 2019 el 15% de los votos son de Vox y la extrema derecha tiene 52 escaños en el Congreso.

Y si en el 15M, en la abdicación de Juan Carlos, o en las elecciones del 20D o el 26J o en el 1-O, el orden del 78 no terminaba de morir y el nuevo no terminaba de nacer; lo que se ha ido produciendo es una adaptación al cambio, pugnando el que todo cambie para que todo siga igual frente al que todo cambie para que nada siga igual. Un ejemplo de ese tira y afloja es que el Gobierno de coalición se sella en noviembre de 2019 entre Pedro Sánchez y Pablo Iglesias, aunque los números ya daban desde el 20D de 2015, tres citas electorales antes.

En esa pugna, pandemia mediante, una década después, las plazas se fueron vaciando, los que votaron por primera vez en las elecciones de noviembre de 2019, apenas tenían diez años en el 15M; los movimientos políticos surgidos a raíz del 15M y con personas venidas de esas plazas –Podemos en 2014 y las alcaldías del cambio en 2015, fundamentalmente–, han ido perdiendo potencia electoral desde sus máximos en 2015. Y si se mira a la composición del Congreso de los Diputados, las diferencias son significativas.

En 2011, PP y PSOE, tras las elecciones del 20N, seis meses después del 15M, sumaban el 73,39% de los votos (44,63% más 28,76%), seguidos de IU (6,92%). Diez años después, el Congreso, salido de las elecciones de noviembre de 2019 dibuja un panorama bien distinto. PSOE y PP suman entre los dos el 48,81% (28% más 20,81%); seguidos de Vox (15,08%), Unidas Podemos (12,84%) y Ciudadanos (6,8%).

Pero hay más cambios: en 2011, UPyD, hoy desaparecida, sacó un 4,7%; y CiU, también desaparecida, un 4,17%; y había 13 grupos en el Congreso. En 2019, hay 19, y algunos de ellos no se presentaban porque ni habían nacido aún, como Podemos, los comuns, Más País, Teruel Existe, CUP o EH Bildu –si bien entonces estaba Amaiur, aunque no agrupaba tantos sectores abertzales–. Y el más significativo en lo institucional: por primera vez en 80 años no gobiernan en solitario el bipartidismo de centroizquierda o centroderecha, sino que hay un Gobierno de coalición. Y, por primera vez desde la República, hay ministros de partidos a la izquierda del PSOE.

¿Habrá otro desborde ciudadano? ¿La sociedad está dormida a la espera de despertarse? Las últimas grandes movilizaciones desbordantes han tenido diferentes detonantes, catalizadores que han echado a millones de personas a la calle con la ilusión de que todo era posible, como ha pasado con las movilizaciones feministas del 8M; a favor o en contra del 1-O en Catalunya, en las que parecía que cada garganta podía ser decisiva.

¿Cuál será el siguiente Gamonal, en alusión al estallido movilizador del barrio burgalés en 2014? ¿La precariedad y los recortes si a partir de 2023 la UE corta el grifo del gasto? ¿La crisis climática? ¿El horizonte republicano? ¿El independentismo catalán? ¿O vendrá por el lado contrario, en una suerte de 18 Brumario de la derecha subida a la ola de la recentralización, el negacionismo pandémico, el neotrumpismo españolista y una suerte de mourinhismo madrileño?

Puede saltar en cualquier momento, pero, de momento, nada ha demostrado ser tan desbordante, movilizador y transversal como el movimiento feminista, objetivo declarado de la extrema derecha.

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