CRÓNICA
Todo está muy negro y lo que viene es aún peor
Gabriel Rufián comenzó su intervención en el megadebate del Congreso del miércoles con una frase totalmente contraria al estilo de vida habitual en el Parlamento. “Dudar es un signo de fortaleza”. La presidencia debería haberle llamado al orden y pedir que eliminaran sus palabras del diario de sesiones. Lo que se estila en los escaños es lo opuesto. Puede que toda Europa esté sumida en la incertidumbre y en los más negros presagios sobre una probable recesión, pero en España los políticos lo tienen todo claro. Si están en la oposición, la duda razonable es sinónimo de traición.
Antes de que se iniciara el pleno con la comparecencia extraordinaria de Pedro Sánchez, cayó sobre los diputados la noticia del último dato del IPC. La inflación interanual ya está en el 9,8%. Será el peor dato de Europa una vez más, en parte también a causa del mecanismo con que se fija la tarifa eléctrica en España y que está provocando beneficios gigantescos a las compañías eléctricas. Parece que la UE está dispuesta a permitir que el Gobierno español introduzca limitaciones en ese sistema. No hay prisa. La inflación de marzo es la peor desde 1985, cuando unos cuantos de los lectores de este diario aún no habían nacido.
Por encima de todo lo que ocurre ahora en Europa está la guerra. Sánchez tiene una cifra para medir ese impacto. “En un 73%, el alza de los precios se explica por el desbocado precio de la energía y los alimentos no elaborados. Y todo ello, exacerbado por la guerra de Ucrania”, dijo citando una estimación hecha por el Ministerio de Economía. Quizá suene a que el Gobierno está buscando chalecos antibalas para protegerse de los ataques de la oposición y del malestar de la población. El caso es que la prensa económica de todo el continente no habla de otra cosa que de la influencia de la invasión de Ucrania y las sanciones a Rusia. Lo mismo están todos equivocados o están comprados por Sánchez. Von der Leyen está en el bote, seguro.
La cuestión es qué está haciendo el Gobierno para atenuar ese impacto. Eso sí entra dentro de su responsabilidad. Sánchez explicó las medidas dadas a conocer esta semana con 6.000 millones de ayudas directas que estarán en vigor durante tres meses. Ahí es donde debería entrar la duda de la que hablaba Rufián, porque sería algo más que ingenuo pensar que los graves problemas económicos estarán solucionados para entonces.
Para la derecha, todo lo anunciado es una oportunidad perdida. Perdida para bajar los impuestos. Todos. Incluidos aquellos de los que la mitad se destina a las arcas de las comunidades autónomas presididas por el Partido Popular, que a buen seguro exigirán después un aumento de los fondos que reciben del Estado central para compensar la diferencia. De lo contrario, sería un escándalo. “No se pueden exigir más sacrificios a los españoles mientras usted vive a cuerpo de rey”, dijo Cuca Gamarra.
El sueldo de Sánchez es inferior al de Gamarra –es cierto que el presidente no gasta nada en vivienda–, por lo que hay que deducir que la portavoz del PP estaba haciendo una metáfora.
Hace unos días, Alberto Núñez Feijóo se mostró en una entrevista dispuesto a llegar a algunos acuerdos con el Gobierno para reducir el gasto público. Eso ya era una noticia. En realidad, es una parte muy concreta de ese gasto. “Hay mucho margen para bajar gasto: gasto público político y gasto público burocrático, improductivo”, dijo a La Razón. Ese ha sido el mensaje de Vox en esta legislatura y Feijóo piensa que tiene sentido.
Afirmar que el recorte en el número de ministerios –que es alto en un Gobierno de coalición– y en algunas sociedades públicas y funcionarios puede ser relevante en un país con un 121% de deuda sobre el PIB y unos presupuestos del Estado de 458.000 millones es como afirmar que los ciudadanos creen que pueden pagar la compra con billetes del Monopoly. Si los hay, son los únicos que se tragan esa idea de lo importante que es reducir el coste “improductivo”. Lo que es muy poco productivo es contar con políticos que emplean esa clase de argumentos.
El pleno tenía también como función que Sánchez diera explicaciones sobre el cambio de posición de Gobierno sobre el Sahara en favor de la propuesta marroquí de autonomía. El presidente no dio más información que la que había facilitado José Manuel Albares en la Comisión de Exteriores. Nadie sabe exactamente qué dará a cambio Marruecos, porque su Gobierno no lo ha dicho. Sánchez no para de pedir unidad a la oposición ante la crisis y la guerra, pero en el caso de una de las decisiones sobre política exterior más importantes de su mandato como presidente no contó con nadie y no informó a nadie antes de que Rabat diera a conocer la noticia. No es extraño que nadie le haya dado su apoyo en el Congreso.
En estos tiempos sombríos, que han sido prácticamente todos desde 2020, Josep Borrell ha sido el último en ponernos los pelos de punta sobre lo que viene: “Debemos estar preparados para afrontar un mundo en el que aparecerá el hambre. Primero tuvimos la peste (por el coronavirus); luego, tenemos la guerra, y ahora viene el hambre”. Mientras, el Congreso se mantiene inmutable en su estilo. Hay algo de pétreo en la política española. El mundo tiembla, pero nosotros nos mantenemos firmes. Son sus tradiciones, hay que respetarlas, dirán en el extranjero.