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CRÓNICA

El romance improbable de Feijóo y Ayuso

Díaz Ayuso y Núñez Feijóo en el escenario del congreso del PP.

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Núñez Feijóo es listo. Ser inteligente es otra cosa, pero en política ser listo prolonga un montón tu esperanza de vida. Llegó a Madrid para participar en la coronación de Isabel Díaz Ayuso como presidenta del PP de Madrid. Podía haber tenido la tentación de imponer su autoridad –es lo que suelen hacer los líderes de los partidos a los que les gusta dejar claro que han llegado a ese puesto por su inteligencia–, pero prefirió optar por el masaje y el buen rollo.

Era la fiesta de Isabel y él no iba a hacer ningún 'photobombing'. Ella podía hablar del muro de Berlín, del comunismo y de Madrid como unidad de destino en lo universal. Feijóo está a otras cosas y de momento las encuestas le están sonriendo.

La clave del discurso de Feijóo en el congreso fue intentar hacer ver que ambos están en la misma trinchera, lo que es obvio, y que además no son tan diferentes. Sabemos que son como el agua y el aceite en estilo, no tanto en ideología, pero se trata de aparentar lo contrario en la medida de lo posible. “De Isabel y de mí han dicho muchas cosas”, dijo sin guiñar el ojo, porque no era necesario. Lo sabían todos. Feijóo es la versión actualizada del marianismo tranquilo que no quiere estar pendiente de “los líos”. Ayuso es la guerrera medieval que saca la espada hasta para dar los buenos días. “Somos personas distintas y queremos lo mismo” (es decir, ganar las próximas elecciones). “Estoy preparado para que nos ataquen (a los dos) todos los días”. Ambos vamos en el mismo barco y si nos empezamos a sacudir, nos hundimos.

En otras palabras, Díaz Ayuso es la reina de Madrid y nunca habrá los mismos celos que hicieron que dos viejos amigos como Casado y Ayuso acabaran acuchillándose con una furia desatada. Tampoco se mirará a la presidenta de Madrid con la misma perplejidad con que Mariano Rajoy observaba a Esperanza Aguirre. Cada uno tiene su papel y se supone que la suma de los dos estilos hará que salgan las cuentas. Como casi todo en política, suena como algo que podría funcionar, pero ya veremos.

Ayuso es alguien que parece que se mete un chute de ideología todas las mañanas con el café. Eso incluye ajustar cuentas de modo permanente con sus enemigos. Hola, me llamo Isabel Díaz Ayuso. Tú mataste a mi padre. Prepárate a morir. Un día sin machacar al rival es un día perdido. Feijóo es de los que creen que lo más importante de la política es ganar elecciones y luego ya se verá. “Ganar es exactamente lo contrario que perder”, dijo. No es lo que leerías en un tratado de Montesquieu o Cicerón, pero marca la prioridad absoluta. De qué te sirve enarbolar las esencias ideológicas si luego te conducen a la derrota en las urnas.

Díaz Ayuso no concibe así la política. Como se esperaba, dio un recital completo de su filosofía vital. Ante la amenaza del mal, retorcer la realidad o aumentarla hasta convertirla en algo grotesco no es un defecto, sino una virtud. No importa que tus enemigos no hayan pensado en hacer lo que tú dices que van a hacer. Es suficiente con que tus partidarios se lo crean, porque les has dicho antes que representan el mal absoluto. Eso no tiene mucho que ver con la democracia liberal. ¿A quién le importa eso cuando tu misión es salvar a la humanidad?

Cuando le tocó hablar, la presidenta madrileña limitó al mínimo sus diferencias con Feijóo. Sí comentó en un par de frases que la economía no es el único asunto en el que hay que dar la batalla, ya que la izquierda es “peligrosa” en muchos otros ámbitos. Lo dejó ahí. No era el día para plasmar con crudeza sus diferencias con el líder del PP.

A la hora de atacar a la izquierda, no hubo restricciones ni contención. Entraron en escena todas esas cosas que van dando vueltas por la cabeza de Díaz Ayuso. Apuntó que antes de que el PP gobernara en Madrid, la gente tenía que ir con la tarjeta VISA a los hospitales para pagar el tratamiento, una fantasía que nunca se le había escuchado antes. Es posible que a la siguiente diga que el PP inventó la sanidad pública.

Especialmente confuso fue su ataque a la izquierda por el cambio climático. “No es la preocupación por el medio ambiente, sino el odio al libre mercado, el empleo y por tanto la libertad lo que mueve a tanto prescriptor del cambio climático con ventanas a un Carrefour, un Corte Inglés y dos líneas de Metro”. Hay que imaginar que no los considera creíbles, porque residen en una ciudad con centros comerciales, en vez de irse a vivir al campo y dormir abrazados a una vaca. El típico asunto en que no habían reparado los científicos.

Al igual que hizo en la campaña que le dio la victoria en las elecciones de hace un año, se presentó como el gran baluarte del nacionalismo español, una carta segura entre los militantes del PP de Madrid. En varias frases, sólo hay que sustituir la palabra 'España' o 'españoles' por 'Catalunya' o 'catalanes' y ya tienes una declaración habitual de un dirigente de Junts per Catalunya.

Lo esencial era siempre afirmar que los izquierdistas son malos españoles. “La palabra España no les provoca ningún entusiasmo”, dijo y unos instantes después fue aun más lejos. Los que unos segundos antes eran españoles light o desganados pasaron a ser algo mucho más despreciable: “No sabemos en qué momento empezaron a odiar ser españoles”. Nacionalismo de manual que empuja a su gente a odiar a los que supuestamente odian ser españoles.

Esos fragmentos del discurso ayudan a entender por qué los votantes de Vox en Madrid estaban tan satisfechos con Díaz Ayuso antes de que comenzara la última campaña en Madrid.

En el apartado de historias del pasado, te las creas o no, hubo también espacio para la infancia de la presidenta. La gente pensará que cuando era una tierna infante se ocupaba de las cosas que hacen los niños. No pueden estar más equivocados. “La caída del muro de Berlín me enseñó a los nueve años que el mundo no siempre es justo”.

Seguro que Núñez Feijóo confía en que Díaz Ayuso no tenga otra revelación mística similar y se atenga al guion que han pactado.

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