Sobre este blog

Sinsentido Común será un blog de política ficción en el que contaremos cosas que no son reales (aunque lo parecerán y jugaremos a parecer que lo sean, ¿vale?, ese es el pacto).

Ficcionaremos la realidad para que dé más risa aún de lo que ya por sí da. Risa floja, risa histérica, media sonrisa o risa congelada. Eso ya nos lo irán diciendo ustedes (la cara que se les queda al leerlo).

Un blog editado por Silvia Nanclares, Felipe G. Gil y Guillermo Zapata.

La leyenda de El Pez de Oro o cómo explicar Lampedusa a un niño

Grabado de la Biblioteca Nacional Francesa que recoge una de las cruentas batallas contra el Pez de Oro.

Hay en el puerto de Lampedusa una vieja ciega llamada Agatuzza. Se dedica a tejer colchas con pedazos que recoge por las calles o retales que la gente le trae. Conoce todas las historias porque tiene una extraordinaria memoria y un ingenio surgido de la naturaleza. No sabe leer pero sabe más cosas que nadie. Ella fue quien nos contó, a los pocos días de la tragedia y mientras aún se realizan las tareas de recuperación de cuerpos, la historia de El Pez de Oro.

La leyenda de El Pez de Oro (o cómo explicar Lampedusa a un niño)

Hay en el fondo del mar Mediterráneo un pez muy glotón. Es un pez insaciable, nunca se cansa de comer. Dicen que es un pez de oro. Y dicen que si deja de comer, dejará de ser de oro. El problema de este pez es que en vez de comer plancton, algas o pececillos más chicos que él, este pez se alimenta de personas. Sí. De personas de verdad.

En realidad, dicen que el pez de oro se alimenta de desesperación. ¿Que qué es la desesperación? Pues, verás…, ¿sabes cuando necesitas algo y ya no te importa ninguna otra cosa, cuando no tienes nada que perder y estarías dispuesta a todo por conseguir esa cosa? Cuando ya no puedes esperar nada: desesperas. Cuando no lo puedes evitar y te pones en peligro. Eso es la desesperación. Pues bien, el Pez de Oro se alimentaba, como os digo, de la desesperación de personas desconocidas, pequeñas y para él, casi sin nombre. Personas dispuestas a dejar su casa y cruzar de cualquier manera posible el mar que protege la casa del Pez de Oro, lo cual es en sí mismo muy peligroso.

¿Y cómo han llegado esas personas a estar desesperadas?, me diréis. Pues veréis, el Pez de Oro ya se ha ocupado previamente de que esas personas no tengan nada. El Pez de Oro ha esparcido historias de las maravillas que hay más allá de su casa subterránea. El Pez de Oro ha robado las riquezas de las tierras de esas personas para seguir haciendo su casa rica e infranqueable. El Pez de Oro ha trazado una línea inventada en el fondo del mar y ha dicho: “Hasta aquí sólo pueden pasar los de mi equipo, de aquí para allá, os quedáis los demás”. Como los niños que se apropian del balón en el recreo y deciden las normas como les sale de la nariz, pues así. Ah, esas líneas se llaman fronteras.

Estas personas que se lanzan al mar lo hacen sabiendo que el Pez de Oro está ahí. Son tan valientes, nos dice la vieja Agatuzza, que aún en su desesperación, aún sabiendo que el pez de oro está allí, construyen sus barcas y luchan contra los elementos como los héroes de las viejas historias que se cuentan los mitos griegos. Hay quién consigue esquivar el Pez de Oro, hay, sin embargo, quién es devorado por él.

A un lado de la frontera del Pez de Oro, podréis ver a gente a quien atrae el placer deportivo de nadar en aguas insólitas, con todo el equipo para no pasar frío, hasta bombonas de oxígeno llevan. Es muy divertido bucear, ¿verdad? Al otro, gente apiñada en una balsa de juguete, que llegado el caso es capaz hasta de prender fuego a su propia barca como último recurso antes de ahogarse y ser comidos finalmente por el Pez de Oro. Pero si prenden fuego a su barca, ¿los pescadores o los turistas del otro lado que los vean, no les ayudarán? Nooo…, el Pez de Oro también se ha ocupado de meter miedo a todo el mundo y castigarles bien castigados en caso de que presten ayuda a los del otro lado.

¿Y nadie hace nada? ¿Nadie va a casa del Pez de Oro y le dice que ya basta? ¿Nadie le quita el balón y le enseña a comer como todos los demás?

No, criaturas, porque nosotras vivimos en la Casa del Pez de Oro. Y nos han hecho creer que el Pez de Oro es nuestro único guardián. Que no hay alternativa y que el Pez de Oro hasta es Nobel de la Paz.

La vieja Agatuzza, llegado este punto, deja de contar.

Pero antes nos dice, también susurrando, que algo se agita en el mundo submarino, que algo se está moviendo en las profundidades, que esto no puede continuar así, que antes o después, el Pez de Oro se tiene que indigestar...

Y nos guiña uno de sus ojos ciegos y sigue cosiendo su colcha infinita.

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Publicado el
9 de octubre de 2013 - 13:29 h

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