3.000 euros de multa por 22 minutos de desobediencia feminista: “Para nosotras ha sido un éxito”

Lo única parte del mural que les dio tiempo a pintar a las feministas de Fresnedilla en la noche anterior al 8M

Elena Cabrera


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“Queridos señores del Ayuntamiento: somos Cate y Pato, ciudadanas queridas de nuestro pueblo, os escribimos esta carta para intentar solucionar el antipático incidente relativo al mural que intentamos pintar el día 8 de marzo de este pandémico y complicado año, para celebrar alegremente el Día de la Mujer”. Ese era solo el comienzo del escrito de autoinculpación que el Ayuntamiento de Fresnedillas de la Oliva recibió por registro oficial hace unas semanas. La confesión, en tono satírico, continuaba de esta forma: “Somos unas señoras maduritas muy cercanas al dramático lastre menopáusico que en este día querían un poco de emoción gamberra para volver a la chispa de una ya lejana juventud de militancia”. Y, atención spoiler, la tuvieron. “La travesura nos salió bastante mal: a los 22 minutos del comienzo del acto reivindicativo, no autorizado y presuntamente molón nos pillaron con las manos en la masa”.

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En estos días, las cinco mujeres que decidieron pintar un mural del 8M sin autorización municipal, conscientes de lo que estaban haciendo, están recibiendo las multas, a razón de 601 euros por persona. 3.005 euros en total por dibujar una boca abierta en cuyo interior se lee: “Somos el grito de las que ya no están” y, un poco más cerca de la acera: “Abajo el patriarcado”. No les dio tiempo a más. Apareció la Policía y soltaron los pinceles. Tras la denuncia de la Policía Local, el Ayuntamiento ha resuelto los hechos como “una perturbación relevante de la convivencia que afecta de manera grave, inmediata y directa a la tranquilidad o al ejercicio de derechos legítimos de otras personas, al normal desarrollo de actividades (...) o a la salubridad y ornato públicos”. El muro lo habían elegido cuidadosamente: municipal, de gris cemento a la vista, más bien tirando a feo, de acceso a un parking público. “Han hecho un grafiti, para la Policía es irrelevante el contenido”, aclara el concejal Andrés Rapaport. “Soy un cien por cien convencido de la causa feminista, en ningún momento el contenido está en la picota, no me siento cómodo con esta sanción”, dice el concejal a este diario. Dos meses después, la boca interrumpida, el mural apresuradamente abandonado, la obra inacabada, “la travesura”, ha sido tapada con pintura gris por parte del consistorio. Una opción que el propio Ayuntamiento les dio para detener el expediente sancionador: que ellas mismas limpiaran lo que habían hecho. “El hecho de borrar con pintura gris una frase que dice ‘el grito de las que ya no están’ es muy violento porque es un símbolo muy potente”, explica Cate.

Pero comencemos por el principio. ¿Quiénes son estas cinco mujeres y porqué han preferido desobedecer a cooperar con un Ayuntamiento, que además está gobernado por una agrupación vecinal de personas que vienen del ámbito ideológico de las izquierdas, candidatos incluso a los que estas mujeres admiten haber votado? ¿Qué tiene de particular Fresnedillas de la Oliva?

Es un pueblo madrileño de 1.396 habitantes, casi a la misma distancia (una hora) de las ciudades Madrid, Ávila y Segovia. En Fresnedillas de la Oliva se escucharon las palabras de Neil Armstrong “Houston, aquí base Tranquilidad. El Águila ha aterrizado” medio segundo antes que en cualquier otro lugar del mundo; el afamado físico Luis Ruiz de Gopegui era el director de la estación de la NASA en el pueblo cuando el hombre pisó la Luna en 1969 y, de aquello, queda hoy un Museo Lunar. Además, hay un centro autogestionado de actividades llamado La Nave Nodriza. Existe un grupo de mujeres denominado Las Ruiseñoras donde se comparten libros feministas comprados colectivamente y que impulsaron la idea de que hubiera una balda de feminismo en la biblioteca municipal. Hace tres años, Fresnedillas acogió una inusitada afluencia de periodistas cuando se supo que ostentaba el récord de extranjeros por localidad en su comunidad autónoma: “el pueblo de las mil culturas y las 30 nacionalidades”, le llamaron. El pueblo vive una tensión que es común a otros municipios de la sierra madrileña: la población asentada allí durante generaciones —los jarandos, que es el gentilicio del lugar— tiene sus choques con los jóvenes recién llegados, huidos de la ciudad por motivos medioambientales o económicos: son los apodados “los bioguays”; a Pato y a Cate no les importa apropiarse del término y eliminarle su connotación peyorativa. Se fueron a vivir allí hace diez y cinco años respectivamente y están felices con su elección, se sienten parte del pueblo y a menudo traman planes para dinamizarlo, para hacer piña, para tejer redes. Casi siempre en colaboración con el gobierno municipal. Lo que pasa es que, esta vez, ellas no querían pasar por ese aro.

El mural de Fresnedillas surge, además, en un contexto de murales feministas como vehículo de expresión e intervención en el espacio público que está sucediendo en multitud de lugares en toda España. Pero aquel asunto de la balda de lecturas feministas no había salido como ellas esperaban. Pensaban que tendrían la última palabra sobre los títulos y la temporalidad de la cesión, y no fue así. Ahí chocó el activismo con la institución, la iniciativa con la norma municipal: “Los libros de la biblioteca tienen que ser de la biblioteca”, les dijeron. Ellas pidieron que la donación fuera temporal. “No puede ser”, les contestaron. Algunas mujeres retiraron sus libros, otras los dejaron. Después recibieron por parte de un concejal cuál sería la lista de libros feministas que iba a comprar el Ayuntamiento. “A mí me hubiera gustado que las mujeres de la balda decidieran sobre los libros de la balda”, dice Pato. Los títulos de la lista del concejal estaban bien, “pero esa no era la cuestión, sino que a veces hay que callarse porque si hablas tú [el concejal], no hablan las mujeres, que son las que han propuesto la idea”.

“El Ayuntamiento tiene un problema con la participación ciudadana —resume Pato— cuando todos los 'bioguays' nos mudamos allí y les votamos, les pedimos que articularan la participación y no lo han hecho, les cuesta mucho preguntarnos. Todo tiene que pasar muchos filtros y la actitud siempre es de 'es buena idea pero no lo habéis pensado bien, hay que darle una vuelta”. “De ahí lo del mural”, interviene Cate, para anticipar lo que pasó en la noche del 7 al 8 de marzo.

“8M. Pandemia. No hay manifestación. Nadie ha hecho nada porque estamos todas un poco congeladas”, pinta Cate la foto de ese momento. “Y se nos ocurrió: pues hacemos algo sin autorización porque pedir autorización sería no hacer nada, hacía falta una especie de liberación, como acto político, sin interferencias. Por eso decidimos hacer un acto ilegal, subversivo, irreverente, desobediente... no ser buenas chicas, a pesar de que ya somos unas señoras maduritas”. “Hemos tocado las narices, mucho más de lo que esperábamos, se han enfadado a lo bestia”, admite su compañera. “Nos dimos cuenta de que el hecho de que hubiera molestado tendría más visibilidad, haría que no se quedase aquí, tener un peso mayor, en cierta manera nos alegramos, entre comillas, de que hubiera molestado”, contesta Cate: “Para nosotras, ha sido un éxito”.

Las activistas se pusieron a hacer plantillas, buscaron un diseño potente —Cate y Pato son diseñadoras de profesión— “para poder proteger y arropar” los mensajes que iba a contener. Eligieron cuidadosamente las palabras donde pudieran encontrar más consenso: “en lugar de machismo, patriarcado”, datos estadísticos, un espacio para la participación. Compraron 100 euros en pintura morada, negra y blanca. Quedaron pronto para no traspasar el toque de queda. Pintaron durante 22 minutos, hasta que apareció un coche de la BESCAM (Brigadas Especiales de Seguridad de la Comunidad Autónoma de Madrid). Resultó que eran dos mujeres las agentes de guardia: “¿pero cómo nos hacéis esto?”, preguntaron a las feministas. “Esto no va contra vosotras”, les contestó Cate. “¿Pero por qué no habéis pedido permiso?” y, de nuevo, fue Cate la que contestó, con la dureza de su voz, con su arrojo, con su lejano acento italiano: “Es que tiene más mérito si no pedimos permiso”.

En un pueblo tan pequeño todo el mundo se conoce. El concejal de Igualdad, Andrés Rapaport, es de profesión afinador de pianos y a veces Cate ha contratado sus servicios. Allí mismo, con los rodillos empapados de morado, apoyados sobre los cubos, deciden llamarle al móvil, explicarle lo que está pasando. Pato dice que cuando el concejal contestó la llamada, lo primero que le dijo fue “te llamo por un marrón”. Rapaport recuerda esa llamada: “Me pilló en pijama, no me lo esperaba, me llaman y me dicen que están haciendo una acción clandestina y me preguntan ¿qué hacemos?”. Las mujeres quieren seguir pintando, piden permiso para acabar la obra. “Yo no puedo tomar una decisión política porque sean feministas o porque sean votantes mías, sería una cacicada”, explica Andrés Rapaport. Ellas dicen que fueron tratadas “de manera paternalista”. Se van a casa. Al día siguiente, deciden proyectar sobre un par de muros del pueblo lo que habría sido el mural completo si hubieran podido acabarlo.

“No estoy contento sancionando ni tenemos ánimo represivo en este Ayuntamiento. Por eso encontramos una solución en las ordenanzas municipales: si blanquean la pared, si limpian el grafiti, reparando el daño, no habrá sanción. A partir de ahí, podemos hacer un mural en el que estemos todos de acuerdo, yo comparto plenamente el deseo de hacer un mural feminista y el Ayuntamiento puede pagar los materiales”, dice el concejal. Pero ellas no aceptaron, no querían borrar lo que habían hecho, por eso mandaron la carta inculpatoria en la que Pato y Cate descargan la responsabilidad de las otras tres y se atribuyen el proyecto y el ánimo desobediente. “Yo estoy tratando de no sancionarlas pero ellas no me dejan, es delirante”, incide el político.

Volvamos a la carta, que el concejal califica de “inoportuna” y con cuyo tono irónico no acaba de sentirse cómodo. “Desde nuestra profunda intención de colaboración, cercanía y buen rollo os proponemos un plan B que haría feliz, creemos, todo el mundo y además no haría caducar los kilos y kilos de pintura que compramos y que están muertos de aburrimiento en el garaje de una de las señoras”, se lee. Este es el plan b: “Os proponemos darle alegría a esta pared triste y gris, objeto de discordia, y esta vez de forma totalmente oficial y totalmente autorizada, con vuestro beneplácito, utilizar los botes de pintura y nuestra simpática y, esta vez inocente, creatividad para transformar el acto reivindicativo, no autorizado y molón en un acto pictórico participativo, alegre y sobre todo POLÍTICAMENTE MUY CORRECTO”. Las mayúsculas iban en el escrito.

Cuenta Pato que el efecto inmediato de esta carta fue una convocatoria inmediata al despacho del concejal Rapaport. Dice que él les anunció: “El feminismo va bien”. Pero añadió que el número de propuestas que habían recibido para el 8M era “cero”. “¿Y no sacas de eso ninguna conclusión? A lo mejor es por algo que la gente no os dirige sus propuestas y decida hacer cosas por su cuenta”, le contestó Pato.

Las feministas hablan entre ellas. Deciden que no quieren borrar. Recogen firmas de apoyo. El 21 de abril llega la primera multa. Les dijeron que solo sería una. “No podíamos concebir que fuera más de una”, dice Cate. Pero poco a poco van recibiendo las otras cuatro. Les sancionan por la mínima, la horquilla está entre los 601 y los 3.000 euros. Aun así, es mucho dinero. “Todas somos madres, todas estamos separadas, todas vivimos en una situación precaria económicamente y esto también le da profundidad al mural: no es lo mismo estar sola con un crío que ser un hombre y con un sueldazo. De las cinco, hay tres que están pasando miedo. Puedes mantener tus principios con entereza si tienes seguridad. Si no, empiezas a flaquear”, resume Pato.

Actualización:

Por un error de cálculo de la redactora, la cifra original de la multa que hablaba este artículo era de 3.500 euros, cuando cinco multas de 601 euros dan por resultado 3.005 euros. La última hora sobre esta historia es que Pato y Cate han pagado sus multas correspondientes, con un descuento por pronto pago, gracias a una recaudación popular en el propio pueblo de Fresnedillas.

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