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Cuatro logros que deberían alcanzarse para el Orgullo LGTBI de dentro de diez años

Un manifestante sostiene una pancarta durante el Orgullo Crítico 2017 / Álvaro Minguito

Marta Borraz

No celebra lo mismo el Orgullo LGTBI de este año que el de hace 10 o 20. Los derechos LGTBI han avanzado y la disidencia sexual y de género ha alcanzado un grado de visibilidad nunca antes visto. Algunas reivindicaciones siguen permaneciendo en el tiempo y otras engrosan ya la lista de logros. Sin embargo, hay muchos retos que siguen pendientes.

En el Orgullo “celebramos nuestra existencia, nuestra lucha, nuestros cuerpos y deseos diversos. Para salir a la calle siendo todo lo maricas, bolleras y desviadas que queramos. Para sentirnos comunidad, sentirnos acompañadas y fuertes”, dice June Fernández, periodista y coordinadora de la revista Pikara Magazine. Una reivindicación perenne a la que se suman los desafíos que aún tiene por delante la sociedad y cuya consecución debería celebrarse en el futuro. Estos son algunos:

El fin de la criminalización

El escenario mundial, explica Violeta Assiego, abogada y coordinadora de diversidad afectivo sexual de Amnistía Internacional, “está polarizado entre aquellos estados que han avanzado y los que han retrocedido al endurecer las leyes por vía penal o administrativa”.

Aunque en España las leyes reconocen la igualdad, todavía 72 países siguen criminalizando las relaciones entre personas del mismo sexo en el mundo. Son cifras de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gais, Bisexuales, Trans e Intersex (ILGA), que cita algunos en los que se puede llegar a condenar a pena de muerte a los homosexuales.

Una realidad de la que “nos olvidamos con frecuencia porque hay un cierto grado de satisfacción en España que nos hace no percatarnos lo suficiente de la situación en el exterior”, analiza Assiego, que recuerda los casi 2.500 asesinatos de personas trans que, según el Observatorio Trans de Personas Asesinadas, se dieron entre 2008 y 2016. Además, el reconocimiento de la no discriminación en las leyes españolas no ha frenado definitivamente las agresiones lgtbfóbicas. Solo en Madrid se registraron 240 en 2016.

La experta lamenta también “la dificultad” de nuestro país para reconocer a los migrantes y solicitantes de asilo LGTBI: “La Administración no cae en la cuenta de que un contexto lo suficientemente homófobo o tránsfobo que impide el desarrollo de la vida es un motivo para huir de un país”, prosigue.

Que la norma deje de ser cis y heterosexual

Miedo a salir del armario, presentar a tu pareja del mismo sexo como si fuera una amiga, ser mirado al ir de la mano, sentir que hay riesgo al darte un beso por la calle, no poder contar a tus tíos con quién te vas el fin de semana de viaje, disimular la pluma en el trabajo por el qué dirán... “La norma sigue siendo heterosexual y cis –aquellas personas que se identifican con el género asignado al nacer–”, menciona Assiego.

La coordinadora de Pikara Magazine explica desde su experiencia como “la primera persona abiertamente no heterosexual” de toda su familia extensa que “seguimos sintiendo miedo al rechazo. Nos siguen diciendo que estamos dando un disgusto a los abuelos, que mejor que no se sepa en el pueblo porque a nadie le importa nuestra vida privada. La salida del armario es constante y está acompañada por ese vértigo, esa incertidumbre sobre cómo va a reaccionar el resto”.

En aquellos ámbitos que exceden a la pareja “todo el mundo da por hecho que eres heterosexual”, matiza Fernández, que asegura que “en vez de reconocer la diversidad se sigue dando por sentada la heterosexualidad y el binarismo como lo normal”.

Algo que hace crecer a las personas LGTBI “buscando referentes en solitario, descifrando letras de canciones, buscando películas y series que nos incluyan”. La visibilidad, que ha aumentado en los últimos años –por ejemplo, en canales de YouTube LGTBI de mucha audiencia adolescente– es calificada por la periodista como “perversa y parcial” porque “se visibiliza a los gays y lesbianas socialmente aceptables, que no tienen demasiada pluma, que se casan...”

No más “maricón” en las aulas

La mayor parte del alumnado homosexual ya ha escuchado su orientación sexual como un insulto al llegar a la adolescencia. Según las investigaciones de la profesora de la Facultad de Educación de la Universidad Complutense, Mercedes Sánchez Saínz, a los cinco años los alumnos “ya se insultan en los colegios con los términos de maricón y marimacho”, aunque a esa edad no se utiliza como referencia a la orientación sexual, que sí comienza en torno a los 12.

El sociólogo y activista Lucas Platero sostiene que “ese tipo de insultos son formas de penalizar lo que se sale de unos roles de género muy marcados. Sancionar al que no se comporta como se supone que se debe comportar un chico y una chica”. Es el caldo de cultivo del acoso homófobo y tránsfobo, que según cifras incluidas en los últimos estudios de la Federación Estatal de Lesbianas, Gais, Bisexuales y Transexuales (FELGTB), ha vivido un 57% del alumnado LGTBI.

El bullying lgtbfóbico, uno de los retos más inminentes, “tiene mucho que ver con el abordaje del género en las aulas y la falta de una apuesta clara y contundente por los contenidos en diversidad afectivo sexual”, dice Assiego. La jurista hace hincapié en que debe dejar de plantearse en fechas señaladas o cuando surgen los casos, sino que “debe incorporarse de manera transversal y hacer de los centros espacios amables para la diversidad porque en general no lo son”.

Que la transexualidad no sea una enfermedad

La despatologización de la transexualidad es una de las reivindicaciones de los colectivos trans. Aunque algunas comunidades autónomas, como Madrid, han aprobado leyes en este sentido, la Ley de Identidad de Género de 2007 sigue pidiendo un diagnóstico psiquiátrico para acceder al cambio de nombre en los documentos oficiales. La OMS ha dejado de considerarla un trastorno, pero pasa a llamarla “incongruencia de género”.

Para Platero, esto “coloca a la transexualidad en un lugar médico y social relacionado con la patología en vez de con la diversidad humana”. El sociólogo hace referencia a que esta concepción alimenta la transfobia cotidiana y la vincula con “el reconocimiento de que hay personas con expresiones de género distintas y que se salen del binarismo hombre-mujer”.

La patologización choca con el principio de autodeterminación del género, una filosofía que ha sido reclamada por distintos organismos internacionales. El Consejo de Europa emitió en 2015 una resolución que insta a los Estados a garantizar que los trans “no son considerados enfermos mentales”. Una concepción que contribuye a portar “con un estigma muy negativo” que “cada vez más personas están rompiendo a pesar de la transfobia”, dice Platero.

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