La aviación militar de EE. UU. consume más energía que países enteros y un pequeño ajuste sería más producto que todas las cumbres climáticas
Cada año se multiplican las campañas que llaman al ahorro de energía, al uso del transporte público o a reducir el consumo de carne. La responsabilidad individual ocupa el centro del discurso climático mientras se ignoran los impactos reales de estructuras mucho mayores. Quienes reciclan, apagan luces o compran productos de proximidad cargan con un peso simbólico que apenas compensa el gasto de una base aérea activa durante una semana.
El contraste entre lo que se exige a la ciudadanía y lo que hacen los grandes emisores queda expuesto con más nitidez al revisar casos como el del Ejército estadounidense, que concentra una de las fuentes más elevadas de consumo energético del planeta.
La actividad militar estadounidense sostiene desde hace décadas niveles energéticos de país entero
Un estudio publicado por PLOS Climate y coordinado por el investigador Ryan Thombs, de la Universidad Estatal de Pensilvania, ha identificado un patrón persistente que apenas se discute en el debate público: el Departamento de Defensa de Estados Unidos lidera el gasto energético entre todas las instituciones del mundo.
A lo largo de casi cinco décadas, el uso de combustibles fósiles por parte del Ejército estadounidense ha mantenido cifras equiparables a las de países enteros. Sus operaciones se sostienen con aviones, vehículos pesados, sistemas logísticos globales y bases distribuidas por más de 70 países.
El análisis revisa el periodo comprendido entre 1975 y 2022 para relacionar el gasto militar con el consumo energético directo del Pentágono. Uno de los hallazgos centrales es la asimetría del impacto: una reducción sostenida del presupuesto militar tiene un efecto más fuerte en el ahorro energético que el aumento equivalente provoca en el gasto. El trabajo señala que este fenómeno se explica, en gran parte, por la disminución del uso de instalaciones, equipos y combustible de aviación, que representa más de la mitad del consumo medio anual.
Entre las proyecciones elaboradas en el estudio se plantean siete escenarios de gasto hasta 2032. En el más favorable, una disminución sostenida permitiría ahorrar cada año tanta energía como la que consume la totalidad de Eslovenia o el estado de Delaware. Esta equivalencia permite poner en perspectiva el alcance real de unas medidas que, aunque no formen parte de los discursos climáticos más comunes, tienen consecuencias directas sobre las emisiones globales.
La estructura militar genera una demanda constante de energía incluso sin conflictos activos
Además del queroseno de aviación, los mayores focos de consumo energético se encuentran en el mantenimiento de infraestructuras, el desarrollo de tecnología militar y la movilidad de tropas, armas y suministros. La magnitud de esta actividad genera una demanda continua de energía fósil que no depende de conflictos armados, sino del funcionamiento ordinario de una estructura militar que opera a escala planetaria. Según los datos recogidos en el estudio, el uso acumulado entre 2010 y 2019 superó los 636 millones de toneladas métricas de CO2 equivalentes, una cifra comparable al volumen total de emisiones anuales de países como Suecia o Portugal.
El propio Pentágono reconoce en documentos oficiales que el cambio climático representa un factor de riesgo que compromete la seguridad nacional. Sin embargo, lejos de suponer una reducción, esa amenaza se convierte en justificación para ampliar los presupuestos y reforzar la capacidad operativa. Este círculo refuerza una paradoja evidente: al prepararse para afrontar las consecuencias del calentamiento global, el Ejército contribuye a intensificar las causas que lo provocan.
Los autores del estudio también subrayan que los datos disponibles excluyen las denominadas emisiones de Alcance 3, es decir, aquellas derivadas indirectamente de las actividades militares, como las cadenas de suministro o el impacto ambiental de la fabricación de armamento. Eso implica que las cifras reales podrían ser aún más elevadas que las estimadas, lo cual refuerza la necesidad de abordar el gasto militar como un eje estructural dentro de las políticas climáticas.
En este contexto, el recorte del gasto militar no solo tendría beneficios en términos de emisiones, sino que liberaría recursos públicos que podrían destinarse a innovación energética, infraestructuras limpias y protección de ecosistemas. Frente a las estrategias centradas exclusivamente en tecnología verde o consumo responsable, el enfoque estructural sobre el presupuesto militar introduce una variable poco discutida, pero con potencial transformador.
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