La Gran Peste arrasaba y en Londres miraron las cifras de fallecidos para tomar decisiones que les ayudaron a sobrevivir

Los listados semanales marcaron cómo se movía la gente por la capital durante la peste

Héctor Farrés

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La supervivencia puede depender de un número escrito en un papel. La gran peste en Londres obligó a miles de personas a tomar decisiones complicadas para lograr vivir un día más, y esas decisiones se apoyaron en cifras que circulaban cada semana por la ciudad.

Cuando los recuentos subían, muchos evitaban ciertas calles, aplazaban visitas o enviaban a sus familias fuera del núcleo urbano, porque sabían que permanecer en el lugar equivocado podía costar la vida. Esa necesidad diaria de calcular el riesgo convirtió los datos de mortalidad en una herramienta útil que condicionaba movimientos, encuentros y rutinas, y dejó planteada una cuestión sobre quién producía esas cifras y cómo se utilizaban.

Samuel Pepys anotó los totales y reorganizó su casa según avanzaban las cifras

Una investigación de la University of Portsmouth ha analizado el diario de Samuel Pepys y ha demostrado que los llamados Bills of Mortality funcionaron como un sistema temprano de información sanitaria, publicado en la revista Accounting History. El estudio, dirigido por la profesora Karen McBride, de la School of Accounting, Economics and Finance, muestra que aquellos listados semanales no eran simples recuentos, sino instrumentos que influían en decisiones personales y en medidas oficiales.

McBride explicó que Pepys “no se limitaba a registrar la historia, utilizaba las cifras de muertos para decidir cómo vivir”, y añadió que su cuaderno permite seguir “semana a semana, cómo los números publicados moldeaban el miedo, el comportamiento y la confianza en el gobierno”.

Samuel Pepys convirtió aquellas cifras en una guía para organizar su día a día

El propio Pepys, que trabajaba como administrador naval y residía dentro de las murallas, compraba los boletines y copiaba en su diario los totales por parroquia. Cuando las muertes se dispararon en el verano de 1665, envió a su esposa a Woolwich y reorganizó sus desplazamientos para evitar las zonas más afectadas; cuando las cifras bajaron, retomó con cautela algunas visitas y volvió a su puesto.

También llegó a redactar su testamento cuando los números alcanzaron su punto máximo. McBride señaló que esos listados “permitían a los londinenses usar las subidas y bajadas para juzgar el riesgo personal, dónde viajar, cuándo irse y cuándo volver”, y subrayó que no se trataba de una reacción pasiva, sino de un uso consciente de la información disponible.

Las cifras del brote mostraron una mortalidad descomunal que marcó a la capital durante meses

La magnitud del brote explica la importancia de esas decisiones. Los registros oficiales contabilizaron 68.596 fallecimientos, aunque los historiadores sitúan el balance real cerca de 100.000 personas en 18 meses, alrededor de una quinta parte de la población de la capital. Cada semana se recopilaban los datos por parroquia y se indicaban las causas de muerte, incluida la peste.

Los boletines se vendían por suscripción y se exhibían en espacios públicos, de modo que cualquier lector podía comparar la evolución entre barrios y entre semanas. La precisión no siempre fue perfecta, porque los oficiales parroquiales estaban desbordados y hubo infradeclaraciones, pero aun así las cifras se leían y se comentaban abiertamente entre los londinenses.

Samuel Pepys adaptó su casa y su vida laboral según avanzaban los recuentos

Las autoridades utilizaron esos mismos recuentos para justificar medidas amplias. Se aislaron viviendas con enfermos, se limitaron desplazamientos, se prohibieron reuniones y se enviaron contagiados a casas de aislamiento fuera de las murallas. Hasta entonces, la Corona había ejercido su autoridad sobre todo mediante decretos y la Iglesia, pero la crisis sanitaria amplió su intervención en enterramientos y control de la enfermedad. El recuento sistemático de muertes ayudó a respaldar esas decisiones y a sostener la idea de que el Estado debía vigilar a la población en situaciones de riesgo.

El acceso desigual a los datos dejó a muchos sin opciones para ponerse a salvo

Sin embargo, el acceso a la información y la capacidad de actuar no estaban repartidos por igual. Pepys era un hombre alfabetizado y con recursos, lo que le permitió interpretar las tendencias y trasladar a su hogar cuando lo consideró necesario. Muchos trabajadores pobres, sirvientes y jornaleros no podían abandonar sus barrios ni dejar de trabajar. McBride advirtió que “para ellos, la exposición continua era inevitable”, y recordó que las casas infectadas se cerraban con vigilancia en la puerta.

Además, las muertes entre los más desfavorecidos se clasificaban con mayor probabilidad de forma errónea o se ocultaban, lo que alteraba la imagen estadística y afectaba a quienes ya tenían menos margen de maniobra.

El estudio también sitúa esos hechos en un marco más amplio de pensamiento numérico. Autores contemporáneos como John Graunt analizaron los datos para detectar patrones en los brotes, y su trabajo suele considerarse uno de los cimientos de la estadística moderna.

McBride, no obstante, centró la mirada en la experiencia cotidiana y recordó que “los debates sobre cuentas, responsabilidad, confianza y libertad pública no son nuevos”, porque ya estaban presentes en las calles de la ciudad en el siglo XVII.

La comparación con crisis sanitarias recientes como la del coronavirus resulta evidente cuando se observa que, siglos después, la población sigue consultando cifras para decidir si viaja, se reúne o se aísla, y esa continuidad muestra que los números han sido desde entonces una herramienta de gobierno y de supervivencia personal.

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