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Madrid puede haber sacado a la luz las pruebas más antiguas de caballos montados y cambiar la historia de la Península Ibérica

Estas son las evidencias más antiguas de caballos montados en la Península Ibérica

Héctor Farrés

13 de julio de 2026 18:41 h

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Montar a caballo pudo formar parte de la vida en la Meseta hace unos 3.300 años, cuando las comunidades de Cogotas I ya empleaban estos animales para desplazarse y transportar cargas.

Un fragmento craneal hallado en Castillo Reyes, en Pinto, conserva un surco profundo asociado a la presión prolongada de una cabezada. Junto a esa alteración, la edad de varios ejemplares y su procedencia apuntan a una relación con los caballos que iba más allá de criarlos para obtener carne.

Una cabezada sitúa la monta peninsular en Pinto

Según Journal of Archaeological Science Reports, el equipo dirigido por José Antonio Riquelme-Cantal, investigador al frente del trabajo, considera que el conjunto ofrece la evidencia osteológica radiodatada más antigua de la Península Ibérica compatible con la monta o el transporte.

La Universidad de Córdoba y el CSIC participaron con otras instituciones en el análisis de un yacimiento ligado a Cogotas I, una cultura de la Edad del Bronce cuyos grupos recorrían amplias zonas de la Meseta y mantenían contactos con otros territorios peninsulares.

Castillo Reyes ocupa unos 110.000 metros cuadrados y conserva 878 fosas, muchas utilizadas primero como silos y más tarde como vertederos. Entre los restos animales aparecieron 721 huesos de caballo correspondientes a un mínimo de 26 ejemplares. La muestra incluye 16 adultos y dos seniles, frente a cinco subadultos y tres juveniles. Varios alcanzaron entre 17 y 20 años, una edad poco habitual cuando la crianza se orienta principalmente al consumo, porque mantenerlos tanto tiempo apunta a años de servicio antes de aprovechar su carne.

El método podrá revisar otros yacimientos peninsulares

Los análisis del esmalte dental completan ese panorama, ya que algunos caballos crecieron en regiones con condiciones climáticas diferentes y después llegaron a Pinto. Ese movimiento coincide con el alcance territorial de Cogotas I y con los contactos documentados hacia el este y el sur peninsular.

Los animales medían entre 130 y 140 centímetros a la cruz, una alzada suficiente para recorrer trayectos amplios o ayudar con el ganado, sin necesidad de atribuir a estas comunidades una organización basada en guerreros montados.

La lesión coincide con marcas vistas en équidos entrenados

La cronología del fragmento sitúa la propuesta entre 1442 y 1285 a. C., con una probabilidad del 95,4%. Beta Analytic obtuvo esa fecha mediante radiocarbono, que coincide con la fase de plenitud de Cogotas I planteada por Blanco González en 2014. El resultado reduce el riesgo de atribuir el hueso a un nivel posterior y permite relacionarlo con la cerámica y las estructuras excavadas. Aun así, los autores presentan la monta como una interpretación apoyada por varias pruebas y mantienen abierta su confirmación.

El cráneo pertenece a un macho adulto de entre 17 y 20 años. El surco principal se encuentra a 3,92 centímetros de la muesca nasoincisiva y alcanza 0,26 centímetros de profundidad máxima, acompañado por otros dos canales laterales más superficiales.

Los autores explican que “la muestra estudiada presenta un surco claramente desarrollado de profundidad comparable o mayor que la documentada en caballos montados, y más profundo que los descritos en caballos salvajes”. Su posición coincide con otras alteraciones vistas en ponis entrenados, aunque este marcador todavía genera debate entre especialistas.

Otros yacimientos habían planteado antes la posible monta a partir de caballos adultos y conjuntos abundantes. Cerro de la Encina y Peñalosa aportaron indicios relacionados con el uso prolongado de estos animales, al igual que Cuesta del Negro. Valencina de la Concepción y Zambujal, junto con Cerro de la Horca, confirmaron su presencia desde el III milenio a. C. En aquellos yacimientos no apareció una marca en el cráneo fechada con radiocarbono como la de Castillo Reyes, por lo que el hallazgo de Pinto aporta una prueba más sólida al debate sobre la monta en la Península.

Las pruebas apuntan a cabestros hechos con materiales perecederos

El equipo estudió el fragmento con radiografías, una tomografía y modelos en tres dimensiones que permitieron medir bien el surco del cráneo. También analizó los isótopos estables para averiguar de dónde procedían los animales. Como los dientes no presentan el desgaste típico de un bocado metálico, los investigadores creen que pudieron usar cabestros fabricados con cuero, cuerda u otros materiales que no se conservan con el tiempo. L

a presión repetida de esos arreos habría terminado dejando la marca en el hueso. Además, las fracturas y las señales de fuego indican que los caballos fueron sacrificados y consumidos después de haber sido utilizados durante años.

El estudio, financiado por la Universidad de Córdoba y el CSIC, ofrece un método que podrá aplicarse a otros yacimientos donde los arreos hayan desaparecido. Los próximos hallazgos ayudarán a saber si este uso del caballo también se extendió por otras zonas de la Península.

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