Nacida en la Inglaterra victoriana, dejó atrás sus problemas de espalda y se convirtió en una de las grandes viajeras del siglo XIX

Isabella no fue solo una viajera, sino una científica y humanista respetada en los círculos internacionales

Alberto Gómez

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Nació en 1831 en Yorkshire, en el seno de una familia profundamente religiosa liderada por su padre, un reverendo anglicano. Desde su infancia, su vida estuvo marcada por una fragilidad física alarmante que incluía intensos dolores de espalda, insomnio crónico y crisis nerviosas. A pesar de ser educada en el entorno doméstico victoriano, la curiosidad intelectual de Isabella Bird la empujó a buscar en la naturaleza un refugio contra su malestar. Los médicos, incapaces de curarla mediante métodos tradicionales, le recomendaron una vida al aire libre como única medicina posible. A los 18 años se sometió a una delicada operación para extirparle un tumor en la columna vertebral que no tuvo resultados satisfactorios. Esta situación la llevó a un punto de inflexión donde el movimiento se volvió una necesidad vital absoluta.

En 1854, siguiendo las recomendaciones médicas de emprender viajes marítimos, Isabella cruzó el Atlántico con cien libras proporcionadas por su padre. Su primer destino fue la isla del Príncipe Eduardo en Canadá, continuando su periplo hacia ciudades como Nueva York y Boston. Durante esta travesía inicial descubrió con asombro que sus dolores desaparecían milagrosamente cuando se encontraba en movimiento constante. Las cartas enviadas a su hermana Henrietta durante este viaje se convirtieron en la base de su primer libro, consolidando su vocación literaria. Al regresar a Inglaterra, su salud volvía a resentirse, lo que confirmaba que los viajes eran su verdadero antídoto contra la enfermedad. Esta paradoja victoriana transformó a una mujer supuestamente inválida en una exploradora incansable que desafiaba las expectativas sociales.

Tras la muerte de sus padres, Isabella reemprendió sus viajes con un renovado espíritu de aventura que la llevó hasta Australia y Hawái. En el archipiélago hawaiano, descubrió que montar a caballo a horcajadas aliviaba significativamente sus dolencias de espalda frente al estilo amazona. Su travesía más legendaria en Norteamérica ocurrió en las Montañas Rocosas de Colorado, donde recorrió más de 1.200 kilómetros. Allí conoció al forajido “Rocky Mountain Jim” Nugent, un guía solitario con quien vivió aventuras peligrosas en cabañas aisladas. A pesar de su mutua fascinación, Isabella decidió continuar su camino de exploración, demostrando una independencia inusual para su tiempo. 

Su legado trasciende sus libros, pues fue una voz crítica contra el colonialismo y una defensora de la empatía cultural

En 1878, Isabella se aventuró hacia Asia con el objetivo de documentar regiones inexploradas del archipiélago de Japón. A pesar de las estrictas restricciones de la época para los extranjeros, logró recorrer más de 4.500 kilómetros en siete meses. Acompañada por su intérprete Ito, se adentró en el norte del país para estudiar de cerca a la etnia indígena Ainu. Sus observaciones detalladas sobre la cultura japonesa quedaron plasmadas en su obra cumbre titulada ‘Japón inexplorado’, un informe sociológico fundamental. Su curiosidad la llevó también a visitar Hong Kong, Cantón, Malasia y Singapur, enfrentándose a climas extremos y enfermedades tropicales. Para ella, cada nuevo horizonte representaba una batalla ganada contra su propia fragilidad física y el aburrimiento doméstico.

El regreso a Inglaterra estuvo marcado por la tristeza tras el fallecimiento de su querida hermana Henrietta a causa del tifus. Sola y necesitada de afecto, aceptó finalmente la propuesta de matrimonio del doctor John Bishop, quien había sido su médico de cabecera. Sin embargo, la vida matrimonial fue breve, ya que quedó viuda apenas cinco años después tras la muerte de su esposo. Lejos de retirarse, Isabella utilizó su herencia y sus ganancias literarias para estudiar medicina y enfermería a los 60 años. Su objetivo era dotar a sus futuros viajes de un propósito humanitario y misionero en memoria de sus seres queridos. Con esta nueva formación, partió hacia la India, donde fundó el John Bishop Memorial Hospital en Srinagar.

Durante su estancia en el subcontinente indio y Cachemira, Isabella no se limitó a la labor asistencial, sino que exploró rutas peligrosas. Se unió a destacamentos militares británicos para atravesar Persia, Armenia y el Kurdistán, armada a menudo con su propio revólver. Su resistencia física a una edad avanzada asombraba a sus contemporáneos, pues cruzaba torrentes y sufría accidentes sin detenerse. Sus libros sobre estos viajes asiáticos la consagraron como una de las voces más autorizadas y perspicaces de la geografía. Isabella ya no era solo una viajera, sino una científica y humanista respetada en los círculos internacionales.

Hito histórico

El reconocimiento oficial a su trayectoria llegó en 1892, cuando fue la primera mujer admitida en la Royal Geographical Society. Este hito histórico rompió las barreras de género en una institución hasta entonces reservada exclusivamente para los hombres. Además de su labor como escritora y naturalista, Isabella desarrolló una pasión profunda por el arte incipiente de la fotografía. Documentó sus viajes por China, Corea y Manchuria utilizando cámaras portátiles adaptadas para mujeres que transportaba en condiciones extremas. Sus imágenes proporcionaron un testimonio visual invaluable de culturas orientales antes de que fueran transformadas por la modernidad. 

En el ocaso de su vida, Isabella realizó un último gran viaje a Marruecos. A pesar de que sus dolores de espalda eran ya insoportables, subía a su caballo con la ayuda de una escalera. Al regresar a su casa en Edimburgo, pasó sus dos últimos años postrada en cama, planeando siempre nuevas expediciones. Murió el 7 de octubre de 1904, con sus maletas preparadas para un nuevo regreso a China que nunca ocurrió. Su legado trasciende sus libros, pues fue una voz crítica contra el colonialismo y una defensora de la empatía cultural. 

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