Personas entrenadas en realidad virtual empezaron a sentir alas digitales como partes reales de su cuerpo
Caer siempre acompañó a las personas que intentaron abandonar el suelo por su propia fuerza. El relato de Ícaro convirtió ese deseo en una advertencia sobre el riesgo de acercarse demasiado al cielo, pero también dejó una imagen que ha seguido viva durante siglos: un ser humano que observa a las aves e intenta copiar lo que hacen con naturalidad.
Los humanos nunca desarrollaron alas porque el cuerpo evolucionó para caminar, correr y manipular objetos con las manos, mientras otras especies transformaron sus extremidades para planear, ascender o recorrer largas distancias en el aire. Esa diferencia cambió la forma de viajar, cazar y sobrevivir de cada animal, aunque el anhelo de volar siguió apareciendo en historias, inventos y experimentos.
Un equipo chino observó cambios tras aprender a volar
Un grupo de investigadores chinos llevó esa idea a un entorno virtual y detectó cambios en el cerebro después de varios entrenamientos con alas digitales. El trabajo, publicado en la revista Cell Reports y recogido por Science News y ScienceAlert, siguió a 25 voluntarios que utilizaron cascos de realidad virtual durante una semana para aprender a desplazarse por el aire mediante movimientos de brazos y muñecas. Las pruebas mostraron que algunas zonas cerebrales empezaron a reaccionar ante las alas de una manera más cercana a cómo responden ante las extremidades humanas.
La neurocientífica Yanchao Bi, de la Universidad de Pekín, llevaba años pensando en la posibilidad de sentir el vuelo sin recurrir a un avión. “Sería increíble”, explicó a Science News. Durante una conversación con Kunlin Wei, responsable del Motor Control Lab de la misma universidad, apareció una pregunta que terminó dando forma al estudio: hasta qué punto el cerebro podía aceptar unas alas artificiales como parte del cuerpo. A partir de ahí, Wei, Bi y otros especialistas, entre ellos Yiyang Cai y Ziyi Xiong, empezaron a diseñar un programa capaz de reproducir sensaciones cercanas al vuelo de un ave.
Los participantes acudieron a cuatro sesiones repartidas en siete días. Cada una duró cerca de media hora y utilizó un sistema de seguimiento corporal conectado a unas alas emplumadas que aparecían en pantalla en lugar de los brazos.
El entrenamiento incluía ejercicios para mantenerse en el aire, atravesar anillos y desviar pelotas mientras el programa calculaba elevación y resistencia aerodinámica. Para subir altura tenían que extender las alas durante el descenso del movimiento y recogerlas al levantar los brazos, una mecánica inspirada en el vuelo real de los pájaros.
El progreso apareció con rapidez en varios participantes. Las puntuaciones obtenidas al atravesar anillos pasaron del 44,8% al 75,2% al final del entrenamiento, mientras aumentaba también la sensación de control sobre las alas.
Ziyi Xiong, neurocientífico de la Universidad Normal de Pekín, explicó a Science News que algunas personas consiguieron volar en el primer intento y otras necesitaron varias sesiones, aunque la evolución resultó clara en casi todos los casos. El estudio también describió un cambio curioso durante las pruebas: varios voluntarios empezaron a reaccionar ante las alas como si formaran parte de sus propios movimientos cotidianos.
Las resonancias mostraron respuestas distintas tras las sesiones
Los investigadores analizaron imágenes cerebrales obtenidas antes y después del entrenamiento mediante resonancia magnética funcional. La atención se centró en la corteza occipitotemporal, una región relacionada con el reconocimiento visual de cuerpos y extremidades. Después de usar las alas virtuales, esa zona respondió con más intensidad a fotografías de alas, incluso cuando pertenecían a aves que los participantes nunca habían controlado dentro del programa. En la parte derecha del cerebro, además, los patrones neuronales asociados a las alas comenzaron a parecerse más a los que normalmente aparecen ante los brazos humanos.
El estudio también detectó una comunicación más intensa entre esa región visual y otras áreas relacionadas con la planificación del movimiento. Los autores dejaron claro que las alas no llegaron a convertirse en extremidades completas dentro del cerebro, ya que algunos patrones seguían pareciéndose a los asociados con herramientas o colas de animales.
Aun así, Jane Aspell, neurocientífica cognitiva de Anglia Ruskin University, afirmó a Science News que el trabajo “demuestra muy bien hasta qué punto el cerebro puede adaptarse”. Los investigadores creen que esa capacidad podría servir en el futuro para facilitar el uso de prótesis o nuevas formas de interacción física.
La investigación, por lo tanto, abrió nuevas preguntas sobre el tiempo que las personas podrían pasar en entornos inmersivos durante las próximas décadas. Kunlin Wei explicó a Science News que su equipo quiere entender qué ocurrirá cuando la realidad virtual deje de ser una experiencia puntual y pase a ocupar muchas horas de la vida normal de una persona. El cerebro de los participantes nunca olvidó que seguían siendo humanos, pero empezó a aceptar unas alas digitales como algo cercano a sus propios brazos.
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