La tecnología secreta de la Guerra Fría acabó dando voz a las ballenas y transformó la acústica marina

Varias incógnitas siguieron presentes tras aquellos avances

Héctor Farrés

9 de junio de 2026 17:17 h

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La rivalidad entre Washington y Moscú definió gran parte de la segunda mitad del siglo XX. La Guerra Fría fue un enfrentamiento político, militar e ideológico que enfrentó a dos grandes bloques sin llevarlos a una guerra abierta entre ellos.

Por un lado estaba el bloque occidental, encabezado por Estados Unidos y apoyado por buena parte de Europa occidental y otros aliados. Por otro se encontraba el bloque oriental, liderado por la Unión Soviética y respaldado por los países integrados en su esfera de influencia. Esa competencia impulsó programas tecnológicos de enorme tamaño que terminaron teniendo usos muy distintos a los previstos inicialmente.

La apertura de archivos permitió descubrir fenómenos submarinos

Una de esas iniciativas nació en el ámbito naval estadounidense. Según explica el artículo adaptado por David Rothenberg y publicado en MIT Press Reader, la red de escucha submarina SOSUS fue diseñada para localizar submarinos a grandes distancias, pero acabó proporcionando a los científicos una herramienta extraordinaria para estudiar el océano y a algunos de sus habitantes más difíciles de seguir.

El cambio llegó tras el final de la Guerra Fría. Durante décadas, gran parte de las grabaciones permanecieron clasificadas porque formaban parte de un sistema estratégico desarrollado por la Office of Naval Research. Cuando la tensión entre bloques desapareció y se impulsaron programas de uso civil de recursos militares, investigadores de distintas disciplinas pudieron acceder a registros que permitían localizar fenómenos submarinos con una precisión poco habitual. Geólogos identificaron volcanes ocultos bajo el mar y biólogos empezaron a seguir los desplazamientos de los cetáceos mediante sus vocalizaciones.

Los registros ocultaron durante años llamadas de cetáceos

Entre las personas que recibieron aquella oportunidad figuraba Chris Clark, investigador de Cornell University. Clark recordó que nunca había solicitado acceso a esos datos y que todo comenzó en 1991, cuando Dennis Conlon, de la Office of Naval Research, le invitó a conocer el sistema. El científico describió su impresión con una frase que reflejaba el ambiente que encontró: “Me quedé asombrado”. Aquellas instalaciones, concebidas para fines militares, contenían una cantidad inmensa de información sobre sonidos que durante años habían sido considerados simples interferencias naturales.

Esas interferencias resultaron ser voces de ballenas. Los operadores detectaban explosiones profundas, gemidos, pulsos y tonos repetitivos que no coincidían con ningún submarino conocido. Durante mucho tiempo se clasificaron como biologicals, una categoría destinada a distinguir los sonidos naturales de los objetivos militares.

Los técnicos recibían formación específica para reconocerlos y evitar falsas alarmas. Sin embargo, aquellos registros escondían información valiosa sobre animales capaces de emitir señales que recorrían enormes distancias bajo el agua.

Los hidrófonos captaron sonidos a enormes distancias

La propia existencia de SOSUS explica por qué esas grabaciones eran tan detalladas. La red estaba formada por hidrófonos instalados en el fondo marino y conectados mediante cables a estaciones de escucha repartidas por distintas costas. Su misión consistía en identificar submarinos, contar hélices e incluso distinguir modelos concretos. Esa sensibilidad permitió captar también el paisaje acústico del océano. Parte de la precisión del sistema continúa siendo reservada, pero los investigadores comprobaron que podía seguir sonidos a escalas extraordinarias.

Clark desarrolló una interpretación especialmente sugerente sobre las ballenas boreales. A partir de sus observaciones propuso la idea del rebaño acústico, grupos que mantienen la cohesión mediante el sonido mientras avanzan bajo el hielo ártico. El investigador explicó que en ese entorno la audición adquiere una importancia enorme y añadió: “Todos estamos conectados por el sonido”. Según su planteamiento, los animales intercambian señales que les ayudan a orientarse en un medio donde el hielo produce una amplia variedad de ruidos.

Los especialistas continuaron estudiando navegación, reproducción y transmisión de señales porque muchas cuestiones permanecieron sin una respuesta definitiva

Los registros también permitieron seguir individuos concretos durante periodos muy largos. Clark relató que observó la trayectoria de una ballena azul durante 43 días a más de 1.600 kilómetros de distancia. El animal recorrió unos 3.500 kilómetros mientras emitía sus llamadas de forma continua.

Roger Payne ya había planteado en los años 70 que las grandes ballenas podían comunicarse a través de océanos enteros, y las capacidades de seguimiento ofrecidas por la red militar aportaron nuevos argumentos para estudiar esa posibilidad. Serge Masse recordó además el caso de operadores que detectaban señales similares en puntos separados por el Atlántico, aunque gran parte de esa información permaneció oculta durante años.

Aun así, muchas preguntas siguen abiertas. Clark considera posible que algunos sonidos sirvan también para orientarse mediante ecos reflejados en montañas submarinas u otras estructuras del fondo marino, aunque reconoce que faltan pruebas definitivas.

Las canciones de las ballenas azules y de los rorcuales siguen alimentando hipótesis sobre comunicación, reproducción y navegación. Lo que sí quedó claro tras la apertura de aquellos archivos es que una tecnología creada para vigilar adversarios militares terminó revelando un mundo acústico que atraviesa océanos enteros.

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