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Soldados del humor

Cuanto más feroz y cruento es el poder, más patético a la vez se nos expresa. Cuanto más mandón, más grotesco. Cuanto más peligroso, más risible.

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Mariano Rajoy

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, en una imagen de archivo. EFE

Invierno. La tarde avanza. El Coronel Tácito levanta fastidiado los ojos de la pantalla. El informe que le han encargado no avanza. No sabe cómo seguir. Estas cosas son cada vez más difíciles. En nombre de la Guardia Civil tiene que vincular a una absurda lista de periodistas, mossos, diputados, empresarios… con un supuesto Comité Estratégico Independentista. Siente la punzada del ridículo. Enciende su móvil. Entra en Twitter y durante un par de minutos vomita insultos y bravuconadas contra las personas que investiga. Se siente mejor. Lo suficiente para volver al trabajo.

Si el poder necesita una historia oficial que arrumbe sus miserias e inseguridades, nuestros gobernantes son un desastre. No hace falta ni acercarse: el espectáculo del poder en España está mucho más cerca de la Commedia dell'Arte que de cualquier epopeya: ambiciones, inseguridades, venganzas, miedos, trapicheos… muy poca competencia y menos responsabilidad. Conservan, eso sí, toda la prepotencia de quién se cree diferente, ungido, habilitado por los dioses para decidir sobre la vida y la libertad de la gente. Lo que ocurre es que esta superioridad no hace más que acrecentar un sorprendente lado cómico. En realidad, los poderosos de siempre, cuanto más crueles, inaccesibles y poderosos se presentan ante el vulgo, más muestran a la vez su lado cómico.

No es nada nuevo. El Gran Chaplin nos lo enseño como nadie. Cuanto más feroz y cruento es el poder, más patético a la vez se nos expresa. Cuanto más mandón, más grotesco. Cuanto más peligroso, más risible. Cuanto más lejano, más sagrado, más revestido de su gloria…. más reconocible en sus miserias.

Si la primera misión de un gobierno es mantener funcionando un país, las ocupaciones, los servicios, la cultura, los cuidados, las vidas… la segunda es sin duda no hacer el ridículo. Entregadas hace tiempo las grandes decisiones que nos afectan a los lejanos representantes del poder económico de aquí y de Fráncfort, absortos los representantes en disputarse dentro de sus partidos el favor de las listas y abandonada cualquier pretensión de servicio público por parte de quienes nos gobiernan, el sobrio bloque liberal-nacionalista, que trata constantemente de repartirse este país como si fuera un rancho, ha decidido definitivamente concentrar sus esfuerzos en el segundo punto.

Y no. Si se trata de evitar el ridículo, no lo está haciendo. Parece mentira que, cuando estás a punto de conseguir cerrar todos los pactos para nombrar a los jueces que te juzgan, escribir tú mismo los titulares que te informan, elegir a los policías que te investigan, mandar a los fiscales que te acusan; cuando ya casi habitas un país donde nadie pueda imaginar quién podría ser ‘M punto Rajoy’ y el comodín legal para exculpar poderosos se llama ‘doctrina Botín’, un país donde casi cualquiera puede ser condenado por cualquier cosa (y donde casi cualquiera puede seguir libre... por cualquier cosa), parece mentira que lo único que no puedas conseguir es que la plebe no se ría de ti.

Así que, señoras y señores espectadores del público, no se hagan mala sangre por los recortes en los servicios públicos, las pensiones de mierda, los trabajos basura, la degradación moral de todas las instituciones…. Cuando la indignación les enfurezca y el miedo a qué país vamos a dejar a nuestros hijos les supere, tomen aire y observen el espectáculo: sé que no tiene ni puñetera gracia, pero hay mucho de lo que reírse. Los brotes despóticos de nuestros pequeños y grandes matones no son solo una mezcla de incompetencia supina y restos de la cultura autócrata de un longevo franquismo sociológico. Son fundamentalmente rabietas de ridículo.

Ese ministro del interior que juega a cazar puigdemones como si fueran pokemons por los parques de Alcobendas o por las calles de Mataró, en los maleteros de los taxis y en los sets de televisión, el mismo que un día te dice en el Senado que ellos “están ahí para ocultar las cosas” y al siguiente que hay que pensar en “protocolos para que los presos muertos no resuciten”, ¿cómo evitar que estemos preocupados por su sentido del ridículo?

A Juan Ignacio Zoido le importa un 'tejerino' meter gente en la cárcel solo por ser extranjero, más o menos lo mismo que que te quedes atrapado en una carretera nevada. Le que le enfurece y le quita el sueño es que su asesor no le sepa decir como coger un walkie como Dios manda para la foto de los viernes con el gabinete de crisis en Sevilla.

Pero es la otra cara de la misma moneda. Es lo burlesco, que sigue a este gobierno como una sombra, lo que le impulsa a comportarse de forma cada vez más autoritaria y más chusca. Y la actitud chocarrera de sus capturados medios de comunicación, con sus bots rusos y su “España marca un nuevo mínimo histórico en los ranking de corrupción”, les ayuda ayuda bien poco.

Un círculo vicioso. Mandamos a la policía en un crucero de Piolín y luego tapamos al pobre Piolín con bolsas de basura, ¿quién tiene un momento para buscar unas urnas? En medio del cachondeo de propios y extraños, ¿a quién puede parecerle una idea nefasta mandar a la policía a reventar a palos unos colegios electorales? ¿No es precisamente cuando los telediarios internacionales te obligan a dejar de golpear votantes cuando se te ocurre que los delitos de odio deben ser muchos más que los que vienen en el Código Penal? Y si algunos te recuerdan que eras juez (¿en serio?) y te mientan el artículo 25 de la Constitución, ¿cómo no vas a querer encarcelar a esos malditos tuiteros agazapados bajo el anonimato y la libertad de expresión?

Es general. ¿Qué vas a hacer si has saltado de la cama para atender corriendo la llamada de los servicios secretos letones (¿letones? ¿no debería sólo eso hacerte sospechar?) para que te den el nombre en clave del agente secreto Cipollino?
¿Se nos va? Con la percepción de la corrupción al nivel de Bután, la libertad de prensa al nivel de Nigeria y la independencia judicial al nivel de Turquía, ya podemos decir que España se está tabarnizando a marchas forzadas pero, eso sí, con el surrealismo mágico como forma de Estado.

Después de descubrir que Puigdemont es ni más ni menos que el gran Cipollino, ¿cómo no va a caminar más envarada que una peineta del corpus la señora ministra por el patio de un cuartel lleno de profesionales de la defensa? Lo malo no es que tu marido aparezca repartiendo el mondongo en todas las causas de corrupción de este país, la malo es que, teniendo una cloaca y pudiendo usarla, tengas que cruzar el patio del Congreso manteniendo esa patética altivez mientras la platea sonríe pensando que “L punto del Hierro” será un corrupto anónimo, pero es un corrupto anónimo y en diferido.

Amenazas, sedición, enaltecimiento, rebelión, injurias a la Corona, cadena perpetua, delitos de odio… todo parece poco. Créanme que la competición por ser el más duro del barrio, el capo de su despótica monarquía nacionalista, tiene menos que ver con la ambición de poder que con el miedo al ridículo.

Miren al bueno de Albert, ese aseado trabajador de banca, gimnasio y traje a medida, un político con más hipotecas que la Finca de la Alamedilla, que ayer mismo seguía al pie de la letra el guion centrista y progresista, transformarse a nada que oye la Marcha Real en el vengador de la patria contra peligrosos titiriteros y taimadas maestras catalanas. ¿No expresa mucho más el extraño miedo urgente a no poder espantar en el espejo su propia caricatura que el mucho más comprensible trauma edípico de querer matar y sustituir al Partido Popular, al que se apuntó de joven?

El ridículo y la represión se empujan uno a otra hasta convertir el espacio público en una parodia social. En España sabemos mucho de eso. Cuando el autoritarismo se convierte en el sistema de gobierno, el drama se hace comedia y todas las instituciones se colocan al borde del ridículo.

Mientras que en los FIES introducen la categoría de diputado independentista, los jueces españoles mandan euroórdenes de quita y pon para que las publiquen los medios españoles sin que las vean los jueces europeos. Vale que nadie se atreve a decirlo en tu presencia, pero, ¿cómo no sospechar que tu concepto de analogía penal es poco serio cuando mandas detener a alguien en territorio nacional pero no te atreves a pedir que lo detengan en el extranjero?

Esto no es efecto streisand, esto se llama cagarla. Meter en la cárcel a un rapero por afirmar que los borbones son unos ladrones, publicitar libros secuestrándolos cuando van por diez ediciones, multar chavales por customizar al Cristo de no sé qué cofradía… no parece la forma más efectiva de que el nacionalismo español satisfaga su orgullo patriotero. Al fin y al cabo la paradoja de la humorada autoritaria es que es tanto más despótica cuanto más sospecha la sonrisa pícara de la opinión pública detrás de la mordaza.

Porque en realidad no estamos siquiera en el intento desesperado de reconstruir la trágica España única, grande y libre, -por más que se siga protegiendo al peligroso grupo de descatalogados que pretende abanderar (stricto sensu) con total impunidad una sociedad que no existe-. Lo que de verdad les mueve es la sospecha y la rabia de que se estén riendo de ellos mientras lo están haciendo.

Que te amenacen, que te condenen, que te censuren, que te multen, que te encarcelen no tiene ninguna gracia. Pero es el humor, esa desconcertante capacidad de reírnos de los que nos agreden, insultan, calumnian, lo que de verdad quisieran prohibirnos.

Claro que tienen miedo a una sociedad que crece, avanza, se informa y opina. A un país nuevo que sigue trabajando para crecer, cambiar, cuidar y sentirse orgulloso de sí mismo, que consigue –desde los parlamentos, pero mucho más desde las casas- desde los juzgados –pero mucho más desde las escuelas, los centros de trabajo, las universidades, los bares y las plazas- cada día ganar una sociedad múltiple, plural, consciente, libre, abierta y femenina. Una sociedad que sigue con la ilusión intacta de conquistar este país para ella misma.

Tienen miedo a la gente, tienen miedo a perder, tienen miedo a la cárcel, tienen miedo al futuro, tienen miedo a lo que la historia diga de ellos. Pero sobre todo tienen miedo a que la gente se ría de ellos. Y eso es preocupante. No vienen tiempos buenos para las libertades. Porque cuanta más risa den más van a tratar de asustarnos.

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