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¿Por qué deberíamos de dejar de quemar biodiésel de palma?

Semánticamente hablando, es renovable, sí. Pero no por ello un recurso ilimitado y en la mayoría de los casos es poco sostenible. Tampoco contribuyen a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, la causa por la que se empezó a realizar esta mezcla

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La bioenergía encabeza la expansión de las renovables en los próximos 5 años

Una planta de biodiésel EFE

El aceite de palma es un producto muy versátil, que ha sustituido en la industria las grasas animales y que además se utiliza en muchos productos cosméticos. Tan omnipresente que es casi imposible no llevar aceite de palma en el carro de la compra. Algo que ha levantado no pocas polémicas en los últimos tiempos por diversos motivos.

Lo que no es tan conocido es que en Europa usamos más aceite de palma en nuestros depósitos. En España el 92% del aceite de palma que importamos se utiliza en la producción de biodiésel. Porque aunque la mayoría no lo sabe, todo el diésel comercializado en Europa tiene mezclado un porcentaje de hasta el 7% de biodiésel. El biodiésel se fabrica a partir de aceites vegetales. Y en el caso de España, el 72% de ese aceite es de palma, según los datos de la CNMC.

Y todo para cumplir con las obligaciones derivadas de la Directiva Europea de Energías renovables. Porque el biodiésel, incluido el de palma todavía se consideran una energía renovable. Semánticamente hablando, es renovable, sí. Pero no por ello un recurso ilimitado y en la mayoría de los casos es poco sostenible. Tampoco contribuyen a disminuir las emisiones de gases de efecto invernadero, la causa por la que se empezó a realizar esta mezcla. Nos ocupamos del caso de la palma porque es el más acuciante: el biodiésel de palma emite tres veces más CO2 que el diésel fósil cuando se tienen en cuenta los efectos en todo su ciclo de vida, es decir, efectos directos e indirectos , provoca destrucción de hábitats , pérdida de biodiversidad, amenaza a especies en peligro de extinción. Y por si la lista no fuera suficientemente larga, genera graves vulneraciones de los derechos humanos. No entramos hoy en el caso de otros tipos de biodiésel como la colza o la soja.

El problema empieza porque la palma solo puede cultivarse en zonas tropicales. Los principales productores son Indonesia y Malasia, a los que siguen países centroamericanos. La producción ha aumentado tremendamente desde que la UE introdujera el objetivo de energías “renovables” en el sector del transporte - 10% para el año 2020. Así las cosas, Indonesia sobrepasó en 2012 a Brasil en la rapidez con la que pierde sus bosques y ostenta en este momento la tasa de deforestación más elevada del mundo.

Peor aún, a medida que han ido aumentando las plantaciones, se ha hecho necesario comenzar a plantar en otros lugares para suplir la creciente demanda de aceite de palma para biodiésel, además de la demanda original - alimentación. Estos lugares incluyen los ocupados por las turberas tropicales. Las turberas tropicales son ecosistemas con un gran valor no solo por la enorme biodiversidad que alojan, sino también por ser importantes sumideros de carbono. Estas turberas se forman por la degradación incompleta de los restos de materia vegetal por lo que el carbono de la materia orgánica no regrese a la atmósfera sino que se queda acumulado en la turba.

Para cultivar la palma es necesario drenar las turberas. Una vez secas, éstas se oxidan y el CO2 retenido se libera a la atmósfera. La emisión de CO2 es tan alta que han convertido a Indonesia en uno de los principales emisores de CO2, solo por detrás de China, Estados Unidos, la Unión Europea y Brasil. Esta es también la principal causa de que el informe Globiom afirme que el biodiésel de palma emite tres veces más CO2 que los combustibles fósiles cuando se tienen en cuenta los efectos del cambio indirecto del uso de la tierra, que actualmente no se tienen en cuenta en los criterios de sostenibilidad de la Directiva de energías renovables.

Otro gran impacto es la destrucción de hábitats y la expansión de la frontera agrícola, con la consecuente pérdida de biodiversidad de ecosistemas tan valiosos como los bosques y selvas tropicales. Es muy conocida la incidencia en especies en peligro de extinción como el orangután de Borneo, el icono de la deforestación en Indonesia. Otras especies como el elefante pigmeo o el tigre de Sumatra tienen suerte parecida.

Y, como casi siempre, el deterioro ambiental va ligado a un terrible en impacto social. Por una parte, la palma es un cultivo poco accesible para los pequeños campesinos: necesita tres años para comenzar a producir, y requiere una fuerte inversión inicial. Además, como se trata de un monocultivo, los campesinos deben dedicar la tierra en exclusiva al mismo y abandonar los cultivos de alimentos- tanto para su propia subsistencia como para la venta. Sus bajas rentas les obligan a aceptar créditos muy difíciles de devolver, y que les mantiene comprometidos con la empresa productora de aceite de palma por muchos años. Pasan a ser dependientes de la producción de palma.

Pero esta es la mejor de las situaciones. En otros lugares los propietarios de la tierra han sido forzados a abandonarlas para plantar la palma. Es el caso de muchos propietarios colombianos, por ejemplo. Colombia se ha sumado a la fiebre de la palma recientemente, cuando el conflicto que dura más de 50 años aún continúa sembrando el terror. Allí, muchos desplazados por el conflicto encontraron, al volver a sus tierras una vez el territorio se había pacificado, que éstas habían sido ocupadas por palma aceitera, obligándoles a abandonarlas. A veces, los campesinos son obligados a abandonar las tierras bajo amenazas de los paramilitares, que están en convivencia con los propietarios de la tierra. En otros casos, defender las tierras y las comunidades tiene un desenlace es mucho más trágico, llevándose vidas por delante, como ocurrió con Hernán Bedoya.

El Parlamento Europeo es consciente de todos estos problemas. Por eso, en enero de este año aprobaron la decisión de eliminar el apoyo político (y económico) del aceite de palma en la política de renovables. Esta decisión quedó parcialmente reflejada en la propuesta de Directiva de Energías Renovables pactada en el pasado mes de junio. Pero para que se ejecute, la Comisión debe presentar un acto delegado en febrero de 2019, un documento técnico que debe explicar cómo identificar qué biocombustibles tienen altas (o bajas) emisiones de efecto invernadero y que se expanden a zonas que sirven como sumidero de carbono. Entre las organizaciones ecologistas hay varios temores sobre este acto delegado: que nunca se presente; que se retrase innecesariamente y quede aparcado en algún cajón en el edificio de la Comisión Europea, o que la metodología que se presente sea inútil. Por otro lado, hay también un riesgo en cuanto a la metodología para identificar los biocombustibles con bajas emisiones ya que, si se formula incorrectamente, puede ser una laguna legal que permita que algunos biocombustibles con altas emisiones continúen recibiendo apoyo. Para presionar a la Comisión y que ejecute el mandato de Parlamento y Consejo, una plataforma Europea de organizaciones ha lanzado una petición hace algunos días. En una semana ha conseguido cerca de 150.000 firmas de ciudadanos preocupados que piden a la Comisión acabar con uno de los mayores sinsentidos de la política climática Europea: la promoción (y subvención) de un producto que destruye nuestros bosques como solución al cambio climático.

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