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En el límite de la ciudad

Hoy, se nos hace difícil definir qué es la ruralidad, o mejor dicho las ruralidades que coexisten en nuestra geografía

La desaparición de los agricultores, de sus ganados, de la silvicultura, está latente en cada uno de los incendios a los que hoy miramos con más temor que nunca

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Pretende hacer 48 viviendas.

Un pueblo despoblado

Hace cerca de cincuenta años, Serrat decía en ‘Pueblo blanco’: “Escapad gente tierna; que esta tierra está enferma; y no esperes del mañana; lo que no se os dio ayer”. Hoy, aún resuena su eco y España se enfrenta al reto de revertir la despoblación con una nueva gestión del medio rural. La España vacía relatada por Sergio del Molino se ha hecho presente en nuestros debates como uno de los problemas capitales que afronta el país. Y por si la literatura no fuera suficiente, cada verano los pavorosos incendios como el del Algarve; el incendio ateniense con 80 muertos; o los pavorosos incendios en California se nos presentan como pesadillas de fuego que nos alertan sobre nuestra relación con la ruralidad y sus consecuencias en la evolución del planeta y su habitabilidad.

El debate es un debate esquivo, tal vez porque el lenguaje juega un papel decisivo y resulta difícil establecer claramente los términos del concepto ruralidad y su significado. Siempre hemos interiorizado la ruralidad siguiendo una concepción del siglo XIX, como un espacio referido al campo y con vocación agrarista. Y siguiendo este criterio nuestras instituciones siempre han vinculado las políticas del mundo rural como un anexo de las políticas agrarias. Y eso, si acaso, tuvo sentido cuando ese espacio rural sustentaba el 50% del empleo y del PIB nacional vinculado a la actividad agrícola. Hoy la aportación al producto interior bruto es del 2,3%  y el empleo del  4,2%. Por tanto, aunque la agricultura sigue siendo un sector altamente estratégico, su peso en términos de empleo y aportación al PIB ha disminuido drásticamente y ha hecho de la ruralidad un espacio mucho más complejo y diverso.

Hoy, se nos hace difícil definir qué es la ruralidad, o mejor dicho las ruralidades que coexisten en nuestra geografía. Y aún nos resulta mucho más complicado definir qué hacer con ellas. Qué hacer con esos espacios se han convertido en ocasiones en patios traseros de las ciudades dónde se dirimen los conflictos entre lo rururbano. Mientras, en la ruralidad remota de las montañas, la inequidad y la falta de oportunidades se transforman en abandono y despoblación. ¿Cómo resolver entonces el problema de nuestra ineficiencia territorial? Parece que no nos queda otro camino que replantear el concepto y el lenguaje que utilizamos para definir la ruralidad.

El geógrafo Laurent Rietort nos aconsejan su deconstrucción para huir de un término ya caduco, en el que ruralidad se define como término antagónico a lo urbano, como espacios en contraposición. Hoy, los conflictos en los espacios rururbanos son visibles en muchas de las ciudades del mundo. Son conflictos que siempre pierden los agricultores y el campo como pieza más débil bajo el mastodóntico desarrollo de la ciudad.

La desaparición de los agricultores, de sus ganados, de la silvicultura, está latente en cada uno de los incendios a los que hoy miramos con más temor que nunca, porque ya sabemos de las dificultades de su control y que el aumento de recursos no es proporcional a la efectividad en su extinción. Es esta realidad la que nos obliga a aprender a gestionar el territorio como un todo. Un todo complementario donde ruralidad y ciudad no pueden ser términos antagónicos sino un nuevo espacio de concertación y complementariedad. Y los más importante, saber que en esa suma lo realmente sustancial son aquellas actividades que ayudan a gestionar los riesgos y que por consiguiente exigen un plan de apoyo a las poblaciones que las realizan, porque de ello depende el futuro y la seguridad de las ciudades.

Debemos aplicarnos en la definición de un nuevo concepto de las ruralidades, de sus potencialidades, de su interacción con las ciudades, de su papel en el ocio, en la alimentación, en la preservación del bosque, de la diversidad, de las fuentes de agua, de las energías alternativas para una economía verde...

El reto no es fácil, pero es imprescindible, porque los horizontes de las ciudades no pueden ser espacios inertes dónde el fuego es una nueva y dramática amenaza como consecuencia de la escasa densidad de nuestra ruralidad.

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