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El 'veneno' de la alimentación industrial infantil

Los bebés prefieren de forma innata el dulce y el salado, con lo que añadir o disfrazar azúcar o sal en los alimentos infantiles incita a su consumo y lo favorece el resto de la vida

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Un bebé EFE

Leches infantiles de “crecimiento” con aceite de palma, grasas saturadas y azúcar; potitos a precio gourmet con azúcar y más agua que pollo o merluza; cereales para hacer papillas con un tercio de azúcares escondidos… Este es el desolador y elocuente panorama de los alimentos infantiles que marcas como Nestlé, Hero, Blevit, o Puleva distribuyen en España y que describe Mi primer veneno, el último informe de la asociación Justicia Alimentaria.

Mi primer Cola Cao, avalado por la Sociedad Española de Pediatría Extrahospitalaria y Atención Primaria (SEPEAP), es en un tercio azúcar. Mi primer Danone, yogur orientado a la primera infancia respaldado por la Asociación Española de Pediatría (AEP), contiene “un 38 % más de azúcares, un 23 % menos de proteínas y un 85 % menos de calcio que un yogur Danone adulto clásico. El precio es tres veces superior”.

La organización denuncia que, durante décadas y con la colaboración o complacencia de autoridades sanitarias y profesionales o sociedades médicas como las citadas, se ha promovido la idea de que para que un bebé crezca “fuerte y sano” lo mejor es darle alimentos elaborados tecnológica y específicamente para ellos, como si alimentarlos con comida normal hecha en casa fuese disparatado.

Para imbuirlos de legitimidad, además de buscar el kafkiano respaldo de sociedades médicas a las que la industria alimentaria financia de diversas formas, más de un tercio de esos caros productos se vende en farmacias, en línea con la creciente medicalización de la vida. Ese discurso moldeado por el marketing es el mismo que nos induce a tomar antidepresivos para sobrellevar el sufrimiento cotidiano, a tratar los catarros con medicaciones inútiles y a monitorizarnos los latidos o el número de pasos.

Hemos sofisticado tanto la alimentación infantil, algo que debiera estar basado en el sentido común, que la indicación por médicos o enfermeras de protocolos en los cuestionablemente numerosos “controles del niño sano” está normalizada. ¿Primero ternera o espinacas?, ¿le pongo 100 o 150 gr?... Y eso pese a que los “calendarios de introducción de alimentos” no se fundamentan tanto en una base científica como cultural. Así, con nuestro conocimiento actual no podemos asegurar si es mejor que a su bebé le dé antes pollo o pescado, manzana o clara de huevo, lo que probablemente tiene poca trascendencia. De hecho, esas pautas varían a lo largo y ancho del mundo.

Pero sí hay algunas cosas que sabemos sobre alimentación infantil y muchas están recopiladas por la Sociedad Europea de Gastroenterología, Hepatología y Nutrición Pediátricas (ESPGHAN). Para empezar, la leche materna es mejor que cualquier leche artificial enriquecida con lo que sea. Debiera ser el único alimento durante los primeros cuatro meses de vida y prolongarse al menos hasta los seis, aunque se puede seguir dando pasado el año.

La leche entera de vaca no debe usarse como bebida principal antes de ese año pero ni es imprescindible si se consumen otras fuentes de calcio -como muchos vegetales o pescados-, ni debiera ser denostada, como es tendencia. Salvo diagnóstico expreso de intolerancia a la lactosa o alergia a las proteínas de la leche de vaca, no existe problema alguno en consumirla. Eso sí, las leches de “crecimiento” promovidas por la industria para mayores de 12 meses, ni son necesarias ni mejores, aunque sean más caras.

Desde los cuatro meses un bebé puede digerir cualquier alimento sólido y tiene sentido empezar a introducir algunos uno a uno para valorar su tolerancia. Aunque tradicionalmente retrasábamos la administración de los más alergénicos -frutos secos, huevos, pescados, etc.-, hacerlo no disminuye el riesgo de alergia. Al revés, cuanto antes se introduzcan, menor probabilidad hay de alergia alimentaria. Únicamente destacar que los frutos secos habría que triturarlos, ante el riesgo de atragantamiento y asfixia si se administran enteros.

Aunque también hemos recomendado retrasar los cereales con gluten para reducir el riesgo de enfermedad celiaca, introducirlos antes o después dentro del rango entre los cuatro y los doce meses no evita su desarrollo. No es que los profesionales seamos incompetentes o la ciencia un desastre, es que el método científico, la mejor herramienta de la que la humanidad se ha dotado para basar nuestras decisiones, es imperfecto y sigue evolucionando.

Lo que queda claro tras leer Mi primer veneno es que no debe dar a su bebé cereales hidrolizados o dextrinados, los comercializados habitualmente para hacer papillas, porque contienen azúcar en hasta un tercio de su composición aunque resalten “0% de azúcares añadidos” o el logotipo de la AEP.

Precisamente la OMS y la ESPGHAN recomiendan no agregar azúcar ni sal a los alimentos infantiles y evitar las bebidas azucaradas y los zumos de fruta (esta hay que comerla sin exprimir). Además de favorecer la diabetes, la obesidad, o las caries, el valor nutricional del azúcar refinado es, literalmente, cero. En palabras de Margaret Chan, directora General de la OMS entre 2007 y 2017, “la ausencia de azúcar en la dieta nunca causará una deficiencia de nutrientes o una enfermedad relacionada”.

Los bebés prefieren de forma innata el dulce y el salado, con lo que añadir o disfrazar azúcar o sal en los alimentos infantiles incita a su consumo y lo favorece el resto de la vida, hace pensar que por comer más, comen mejor, impulsa la epidemia de obesidad infantil y favorece a la larga la enfermedad cardiovascular.

Aunque también de forma innata rechazan el amargo, como el de muchas verduras, lo ideal es ofrecerles una variedad de texturas y sabores -a veces más de diez veces hasta que los acepten- porque las preferencias hacia alimentos saludables se educan. Así, si de bebés aprenden a comer más verduras, seguirán haciéndolo años más tarde.

Resultan deseables una mayor regulación por parte de las autoridades y un mayor rigor de los colectivos sanitarios, aunque los vínculos entre todos ellos con una industria alimentaria que persigue evitarlo son conocidos. Recuerde que los alimentos frescos no procesados no necesitan logotipos que les legitimen como saludables, aprenda a leer las etiquetas, confíe en su sentido común -que no es “el menos común de todos los sentidos”- y, en lo posible, alimente a sus hijos con una dieta sana hecha en casa.

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