Este es el epicentro de Bruselas: la plaza bañada en oro que se tiñe con un manto de flores una vez al año
Hay plazas bonitas y luego está Grand Place. No es una exageración ni un reclamo turístico inflado: basta con poner un pie en ella para entender por qué muchos la consideran una de las plazas más espectaculares de Europa. Todo en este espacio —proporciones, luz, ornamento, historia— parece pensado para impresionar sin resultar impostado.
La Grand Place no es solo el centro geográfico de Bruselas, es también su núcleo emocional. Aquí se han celebrado mercados, ejecuciones, bombardeos, fiestas imperiales y, hoy, uno de los espectáculos florales más singulares del continente.
De mercado medieval a escaparate de poder
La historia de la plaza arranca en el siglo XV, cuando este espacio comenzó a funcionar como gran mercado central. A su alrededor fueron levantándose casas gremiales, cada una representando un oficio y una cuota de poder económico dentro de la ciudad. Para organizar aquel hervidero comercial se construyó el Ayuntamiento, una decisión que terminó por fijar la plaza como el corazón político y económico de Bruselas.
El momento más traumático llegó en agosto de 1695, durante la Guerra de la Liga de Augsburgo. Las tropas francesas bombardearon la ciudad y un incendio devastó casi por completo la plaza, entonces dominada por edificios de madera. La reacción fue inmediata: los gremios reconstruyeron sus sedes, esta vez en piedra, compitiendo entre ellos por levantar fachadas más ricas, más doradas, más simbólicas. De aquella rivalidad nace gran parte del esplendor que hoy define la Grand Place.
El Ayuntamiento: una aguja gótica que manda
El edificio que domina visualmente la plaza es el Ayuntamiento de Bruselas. Su ala más antigua data de principios del siglo XV, aunque fue ampliado con el paso del tiempo. La torre gótica, esbelta y desproporcionada a propósito, está coronada por una estatua dorada del arcángel Miguel, patrón de la ciudad, que parece vigilarlo todo desde las alturas.
El interior —visitables salas de consejo, salones ceremoniales y escalinatas monumentales— refuerza esa idea de poder urbano consciente de su propia importancia.
Frente a frente: reyes, duques y gremios
Justo enfrente se alza la Maison du Roi, hoy sede del Museo de la Ciudad. Pese a su nombre, nunca fue residencia real, sino centro administrativo del Ducado de Brabante. Entre sus muros se guardan documentos clave de la historia local y una colección sorprendente de trajes del Manneken Pis.
Muy cerca, la Maison des Ducs de Brabant despliega una fachada unificada tras la que se esconden seis antiguas casas gremiales reconstruidas en 1696. Bustos, relieves y símbolos heráldicos recuerdan quién mandaba aquí cuando el comercio era el verdadero motor de Europa.
Victor Hugo, gremios y vida cotidiana
No todo es grandilocuencia. La casa conocida como Le Pigeon fue el hogar de Victor Hugo durante su exilio en 1851. Desde sus ventanas observó una plaza que, ya entonces, condensaba la vida social de la ciudad.
Junto a ella, antiguas sedes gremiales hoy reconvertidas en restaurantes recuerdan que este siempre ha sido un lugar de tránsito, de encuentro, de mezcla. La Grand Place no se contempla solo: se vive.
Ommegang: cuando la plaza viaja al siglo XVI
Cada verano, la Grand Place se transforma para acoger el Ommegang, una recreación histórica que devuelve a la ciudad al momento en que Carlos I presentó a su hijo Felipe II ante los bruselenses. Desfiles, trajes de época y música convierten el espacio en un escenario vivo donde la historia deja de ser un decorado inmóvil.
La alfombra de flores: un espectáculo efímero
Pero si hay un momento en que la plaza se vuelve verdaderamente irrepetible es en agosto, cada dos años. Entonces aparece la famosa alfombra floral: un tapiz gigantesco compuesto por unas 700.000 begonias que cubre el centro de la plaza durante apenas unos días.
La tradición nació en 1971 y desde entonces se ha convertido en uno de los grandes rituales visuales de Bruselas. El contraste entre las flores y las fachadas doradas crea una imagen casi irreal, pensada para desaparecer pronto. Y quizá ahí reside su encanto: saber que no siempre está, que hay que llegar a tiempo.
La Grand Place no necesita fuegos artificiales permanentes. Le basta con ser lo que es: un lugar donde la historia pesa, la belleza abruma y, de vez en cuando, la ciudad decide cubrir su corazón con flores.
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