Para llegar hasta este pueblo esloveno de pastores con casas de madera y 500 hectáreas de prado lo mejor es hacerlo en teleférico
Situada en el corazón de los Alpes de Kamnik-Savinja, la meseta de Velika Planina se ha consolidado como un auténtico tesoro etnográfico único en el continente europeo. Este destino, situado a unos cincuenta kilómetros al noreste de Liubliana, ofrece a sus visitantes una inmersión profunda en la vida alpina más auténtica. Considerado uno de los asentamientos de pastores más grandes y hermosos de toda Europa, este paraje parece haber detenido el tiempo entre sus verdes colinas. La atmósfera bucólica que se respira en sus alturas invita a desconectar del ritmo frenético de la vida contemporánea en un entorno natural sobrecogedor. Es, sin lugar a dudas, un espacio donde la naturaleza y la cultura se funden para ofrecer una experiencia inolvidable a cada viajero.
Para alcanzar este paraíso de altura de Eslovenia, el medio de transporte más rápido y emblemático es el teleférico que parte del valle de Kamniška Bistrica. Este trayecto inicial salva un desnivel considerable en apenas unos minutos, dejando a los pasajeros a una altitud de 1.407 metros, concretamente en Simnovec. Tras este primer tramo, los visitantes suelen continuar su ascenso mediante un telesilla que los conduce hasta el pico Gradišče, situado a 1.666 metros. Desde esta posición privilegiada, las vistas panorámicas del sistema montañoso esloveno son simplemente espectaculares, incluso cuando la neblina abraza las cumbres. Aunque existen rutas de senderismo para subir a pie, el teleférico sigue siendo la opción predilecta por su gran comodidad y rapidez.
Una vez en la cima, la naturaleza se abre en una vasta extensión de aproximadamente 500 hectáreas de prados alpinos de un verde intenso. Estos pastizales de alta montaña, que comprenden Velika, Mala y Gojska Planina, forman una meseta kárstica repleta de cuevas y dolinas. Durante los meses de verano, este espacio se transforma en un vibrante escenario donde el ganado pasta libremente bajo el cielo. Los senderos se entrelazan por toda la superficie, permitiendo a los excursionistas explorar cada rincón de este ecosistema protegido de gran relevancia nacional. La inmensidad de la pradera, salpicada por la arquitectura tradicional, crea una estampa difícil de igualar en cualquier otro rincón de los Balcanes.
Lo que realmente define la identidad visual de Velika Planina son sus casi 140 cabañas de madera, conocidas localmente como “bajtes” o “koča”. Estas construcciones singulares destacan por sus llamativos tejados de madera de abeto o alerce que descienden casi hasta el suelo. Esta arquitectura tradicional no solo es estéticamente bella, sino que está diseñada para resistir las duras condiciones de frío y humedad de la montaña. Originalmente, estas viviendas tenían una forma ovalada, aunque tras la Segunda Guerra Mundial muchas se reconstruyeron con una estructura rectangular. El arquitecto Vlasto Kopač fue el encargado de proyectar esta reconstrucción respetando fielmente el estilo histórico tras la devastación nazi.
La vida en la meseta está íntimamente ligada a la tradición de la trashumancia, que se mantiene viva desde hace siglos en esta región eslovena. Cada año, entre junio y septiembre, los pastores suben con sus rebaños a estas tierras altas para aprovechar la riqueza de los pastos estivales. Los cencerros de las vacas marcan el ritmo de los días en un poblado que carece de las grandes comodidades de la vida moderna. Los pastores habitan sus cabañas durante tres meses, cuidando de sus animales y produciendo alimentos esenciales para su supervivencia y comercio. Este ciclo estacional no es solo una práctica económica, sino un patrimonio cultural espiritual que los lugareños protegen con un inmenso orgullo.
La gastronomía local es otro de los pilares fundamentales que todo visitante debe descubrir al explorar los rincones de este pueblo de pastores. El producto estrella es, sin duda, el queso “trnič”, una variedad única elaborada con leche de vaca y decorada con sellos de madera. Tradicionalmente, este queso en forma de pera se regalaba a las mujeres como una muestra de amor, lealtad y compromiso matrimonial. Otros platos típicos de montaña incluyen la leche agria acompañada de “žganci”, una especie de gachas de trigo sarraceno muy nutritivas. Degustar estas delicias en las terrazas de los restaurantes locales permite saborear la esencia misma de los Alpes eslovenos con ingredientes frescos.
Una capilla y un museo
El patrimonio religioso y la historia de superación del pueblo también se manifiestan en la capilla de Santa María de las Nieves. Este pequeño templo de madera, situado en un montículo, preside todo el valle y es un punto de encuentro espiritual para los pastores. La capilla original, diseñada por el famoso arquitecto Jože Plečnik en 1939, fue destruida por los nazis durante el invierno de 1945. Fue reconstruida en 1988 bajo la dirección de Vlasto Kopač, devolviendo a la comunidad su lugar de culto más emblemático. Actualmente, se celebran misas dominicales durante el verano, atrayendo a numerosos fieles y senderistas que buscan un momento de paz en la montaña.
Para profundizar en la historia local, el Museo Preskar ofrece una visión etnográfica incalculable dentro de una de las pocas cabañas ovales originales. Este pequeño espacio conserva herramientas y utensilios tradicionales que los pastores han utilizado durante generaciones para manejar el ganado y producir queso. A través de sus exposiciones, el museo documenta las costumbres y el duro pero gratificante modo de vida de los habitantes de la meseta. El edificio en sí mismo es una reliquia arquitectónica, protegida como monumento cultural de interés local debido a su diseño único sin ventanas. Es el lugar ideal para comprender cómo el hombre ha logrado adaptarse y prosperar en este entorno alpino. Visitar Velika Planina es, en esencia, realizar un viaje al pasado donde la armonía entre el ser humano y el paisaje es absoluta. El contraste entre las cumbres rocosas y la suavidad de los prados crea una belleza escénica que cambia con cada estación del año. Al finalizar la jornada, el descenso en teleférico permite contemplar por última vez este mundo suspendido en las nubes de los Alpes de Kamnik.
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