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Elizabeth, una muerte que incomoda a los que no quieren ver

La muerte de Elizabeth y Romina por complicaciones tras abortos inseguros pocos días después de que el Senado rechazara la legalización reaviva la marea verde que pide un aborto libre, seguro y gratuito en el país

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Una madre sostiene a su hija durante las concentraciones del pasado 14 de junio, día en el que el Congreso argentino votó sí al aborto

Una madre sostiene a su hija durante las concentraciones del pasado 14 de junio, día en el que el Congreso argentino votó sí al aborto ROCÍO ESCOBAR

Elizabeth tenía 34 años y un hijo de dos. Elizabeth no se llamaba así, pero eso ya no importa. Ese pequeño, del que tampoco sabemos el nombre, se quedó sin madre el miércoles después de que los médicos de un hospital de Buenos Aires no fueran capaces de salvarla. Le quitaron el útero de urgencia, pero demasiado tarde. La infección era imparable. Había intentado hacerse un aborto casero con una rama de perejil.

Romina tenía 30 años y cuatro hijos. Llegó al hospital el sábado por la noche con todos los signos de haber tenido un aborto, aunque negó estar embarazada. En el centro, también en Buenos Aires, comentaban que pudo haber mentido por temor a las consecuencias legales. Solo una semana antes, el Senado había votado que interrumpir un embarazo seguía siendo un delito en Argentina.

No sabemos si Elizabeth creía en dios. De seguro amaba a su hijo. Y tenía poderosas razones para no querer otro. Sabemos que vivía en un barrio humilde a las afueras de la capital. Y que le faltaban información o dinero, o las dos cosas. La exclusión y la desesperación empujan a las mujeres a la muerte, por mucho que la senadora Mariana Morales se atreviera a asegurar en el debate que “las pobres no abortan”, sino que “salen a laburar para mantener a sus hijos”. La pobreza las empuja, y una clase política irresponsable las sentencia con alegatos religiosos.

La teoría de salvar ‘las dos vidas’ que se impuso en el Senado –con argumentos como: “A ninguno de los de acá nos negaron el derecho a la existencia” o "¿No creen que someterse a un aborto puede servir para limpiar el honor de un abusador?"– no solo rechazó una legislación moderna, similar a la de España, sino que fue más atrás para cuestionar incluso la ley vigente en Argentina, de 1920, que permite el aborto en caso de violación o de peligro de vida para la madre.

En el país donde nació el jefe de la Iglesia Católica, el lobby religioso reaccionó cuando vio que una marea verde le estaba quitando el control de los cuerpos y sus actos, cuando comprobó que la sociedad y la política se escurrían de su influencia, de sus mandatos. Los políticos argentinos tenían que elegir entre acercarse a países socialmente más avanzados o reivindicar la tutela de una fe que condena a mujeres a la muerte y a la cárcel en la mayor parte de América Latina. Por 38 votos a 31 eligieron lo segundo. 

Los baluartes del retroceso

No es un detalle que la vicepresidenta del gobierno de Mauricio Macri (y presidenta del Senado) se haya manifestado en contra del aborto incluso en casos de violación. Gabriela Michetti celebró sin pudor el ‘no’ a la ley con un “Vamos todavía” que se coló por su micrófono abierto. Y la gobernadora de Buenos Aires, María Eugenia Vidal, respiró "aliviada" al conocer el resultado. Vidal se negó a que su provincia pusiera en marcha un sistema de reducción de daños similar al que funciona en otros territorios argentinos. Una atención sanitaria que seguramente habría evitado muertes como las de Elizabeth y Romina.

“Por la vida de mis hijos y las madres que merecen vivir, digo no a este proyecto", soltó una legisladora peronista, Cristina López Valverde, durante el debate. Se ve que estas dos mujeres no merecían vivir. Se ve que sus hijos no merecían semejantes madres.

Un día antes de que se rechazara el aborto legal, seguro y gratuito, otra mujer de 34 años era internada en la provincia de Mendoza con hemorragia, fiebre e infección. También tuvieron que extirparle el útero. Y la semana anterior, en la provincia a la que representa la senadora Morales, fallecía Liliana, de 22 años, víctima de un aborto clandestino.

No existe lo que no miramos. No trasciende lo que no contamos. Las muertes de estas mujeres ponen nombres a una realidad invisibilizada, acallada por políticos que ponen en duda incluso las cifras oficiales: unas 70.200 mujeres al año son ingresadas por complicaciones derivadas de abortos en Argentina. La legalización reduciría las muertes por abortos inseguros un 92%.

No se llamaba Elizabeth. Pero eso ya no importa. Su nombre ficticio cuenta una verdad que muchos prefieren no ver o se empeñan en negar.

Cientos de pañuelos verdes enjugaron lágrimas por su muerte. Y cientos de miles de personas encuentran en su innecesaria tragedia la fuerza para seguir intentando sacar al país de su propio shock séptico, de esa infección que aleja a las mujeres de sus derechos al tratar problemas de salud pública con argumentos de moral cristiana.

Hay una legión de anticuerpos dispuestos al rescate. No es tarde. ¡Será Ley!

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