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Descodificando los datos de afiliación y paro

Muchas empresas han tomado medidas duras y rápidas de rescisión de contratos temporales o de despido –no necesariamente justificados- en vez de acogerse a las suspensiones temporales de empleo (ERTES) aprobadas con naturaleza extraordinaria para evitar despidos

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La Puerta del Sol, casi vacía. EFE

No creo que a nadie le haya sorprendido que los datos de afiliación a la Seguridad Social y de paro registrado de marzo del 2020 ya reflejen el impacto de la crisis del coronavirus.

Pero a los datos hay que mirarles las tripas para saber exactamente qué nos dice la letra pequeña, aunque eso importe poco a los que el día antes de su publicación ya tenían preparada su valoración política o redactado su titular.

Como siempre, pero en estos momentos más, los datos de paro registrado (aumenta en 302.265 personas) y los de afiliación (cae 243.469 afiliados de media y 833.979 si se compara final de marzo con final de febrero) parecen no coincidir. Sin embargo lo que sucede es que miden cosas distintas y hay que saberlo distinguir. Especialmente este mes en el que no hay nada anterior ni homogéneo con lo que comparar. A pesar de la gran excepcionalidad del momento, continúan siendo más útiles para entender qué ha pasado en el empleo los datos de afiliación a la Seguridad Social.

En condiciones normales lo que mejor ilustra la evolución de la afiliación es la media de afiliados ocupados en un mes, porque los del último día recogen muchas bajas oportunistas que hacen las empresas para descargar costes empresariales en la seguridad social. Especialmente en algunos sectores y meses del año.

En cambio, este mes necesitamos una mirada más compleja. Mientras la reducción media del mes de marzo es de -243.469 afiliados, las bajas se concentran en el período que va desde el 12 al 31 de marzo, con una caída de -918.996 afiliados. Lo que significa que en los 12 primeros días de marzo la afiliación seguía la senda de crecimiento en más de 85.000 personas afiliadas. Es evidente que ese crecimiento se truncó con el empeoramiento de la situación sanitaria y el anuncio del estado de alarma.

Estos son los datos a vista Meteosat, pero si aproximamos la mirada comprobamos que el impacto no ha sido igual en todos los colectivos. La caída de afiliación desde el 12 de marzo es mucho más grave en el Régimen General de trabajadores por cuenta ajena, con una reducción del -5,6%, mientras en el Régimen de Autónomos ha sido del -1,3%, en empleadas del hogar del -1,6%, lo mismo que en sistema especial agrario.

¿Quiere eso decir que el impacto de la crisis está siendo menor en los autónomos? De ninguna manera. Lo que parece indicar es que los autónomos no han tomado decisiones drásticas, darse de baja a la Seguridad Social, entre otras cosas porque eso significa el cese de su actividad o negocio. Y en cambio muchas empresas han tomado medidas duras y rápidas de rescisión de contratos temporales o de despido –no necesariamente justificados- en vez de acogerse a las suspensiones temporales de empleo (ERTES) aprobadas con naturaleza extraordinaria para evitar despidos.

La razón parece obvia, los autónomos no tienen a quien externalizar el coste de sus decisiones, mientras que las empresas pueden externalizar los costes de las suyas hacia los trabajadores y las arcas públicas. Eso es exactamente lo que han hecho los que, pudiendo acogerse a un ERTE sin renunciar a futuras decisiones de ajustes de plantilla, han decidido cortar por lo sano y rescindir los contratos de sus trabajadores. Hay también otra razón, un autónomo si cesa en su actividad descapitaliza todo el valor humano acumulado durante años y, en cambio, hay empresas que no le dan ningún valor a esa descapitalización y al vínculo estable con sus trabajadores. Ese es uno de los dramas de nuestro tejido productivo y de la cultura empresarial. Afortunadamente no todas las empresas han actuado así.

Por sectores, el impacto también es distinto. Mientras la industria manufacturera sufre una reducción de la afiliación media del -0,99% y entre el 12 al 31 de marzo del -4%; la construcción cae de media un -4,53% y la destrucción a partir del 12 de marzo es del -17,1%; la hostelería el -4,85% y el -14,2% si se cuentan las bajas desde 12 de marzo y las actividades recreativas un -5,17% de media.

Este impacto menor en la industria manufacturera que estaba capeando bien el confinamiento es el que explica la airada reacción de la patronal española y especialmente de Confemetal ante el último acuerdo del Ejecutivo de paralizar todas las actividades no esenciales que afecta fundamentalmente a la industria y a la construcción. Y quizás explique el desplante del PNV, presentado como una cuestión de formas, pero que parece responder al mayor impacto que esa medida tiene en Euskadi con mayor peso industrial.

No me resisto a preguntarme sobre las razones de la diferente reacción, ante esa decisión de paralización total de actividades, que ha tenido Urkullu -en defensa del huevo- y la que ha tenido Torra – en defensa del fuero.

En general, las cifras de impacto sectorial coinciden con las intuitivas previsiones, que ahora vemos acertadas. No sucede lo mismo con el sector de la Educación, donde hay una caída de la afiliación de 15.255 afiliadas respecto a febrero) que no parecen estar justificadas por el tipo de actividad. Aunque desgraciadamente formen parte de la lógica empresarial de un sector que nos tiene acostumbrado a abusar de las bajas, especialmente al llegar las vacaciones.

La diferente evolución entre el régimen general y el de autónomos se confirma también al analizar los datos de personas afiliadas extranjeras. Mientras entre los extranjeros autónomos se mantiene la afiliación, toda la reducción de afiliación extranjera se produce entre los asalariados, más de 42.000 personas como media del mes de marzo.

Si se cruzan los datos de afiliación de sector y de los diferentes colectivos con los de trabajadores extranjeros, casi aparecen las caras de personas concretas, incluido su género, que han perdido su puesto de trabajo.

También es significativa la distribución de bajas de afiliación en función de la modalidad contractual. La mayor parte corresponde a contratos temporales, una reducción de -550.651 personas (un -17,3%) frente a la reducción mucho menor de los contratos indefinidos, -162.582 (-1,9%). Desgraciadamente estos datos confirman las denuncias sindicales de CCOO y UGT en relación a comportamientos abusivos de algunas – demasiadas a la vista de los datos- empresas.

Esta actuación de rescindir apresuradamente los contratos resulta más inconcebible, dado que desde el primer momento se puso a disposición de las empresas un mecanismo de ajuste temporal (ERTES) ágil, que cubre a todos los trabajadores, incluso a los que no han cotizado suficiente para acceder a la prestación de desempleo.

Con estos datos macro del comportamiento empresarial adquieren toda la lógica las últimas medidas del Gobierno, suspendiendo temporalmente la prerrogativa de las empresas para rescindir los contratos o despedir y también la prórroga de la vigencia de los contratos temporales en determinadas circunstancias.

En estos momentos no resulta factible hacer una proyección de los puestos de trabajo que las medidas del Gobierno -facilitar los ERTEs y taponar los despidos- han podido salvar aunque sea temporalmente. Pero atendiendo a los datos de afiliación publicados no parecen pocos.

En principio, las estadísticas de abril deberían ofrecer más pistas sobre si esta estrategia ha funcionado. Recordemos que las personas en situación de suspensión de contratos o en permiso no retribuido continúan constando como afiliadas a la Seguridad Social. Será muy ilustrativo analizar en detalle los datos.

Aunque desde ya podemos afirmar – ojalá nos equivoquemos- que el impacto estructural de esta crisis va a ser más importante que el que apuntan los datos de marzo. Los cambios de hábitos de las personas a nivel global que puede provocar la pandemia de Covid-19 van a afectar a sectores como el turismo y toda la actividad que lo acompaña. Y comprobaremos también el impacto que el parón industrial tiene en las cadenas globales y en sus terminales locales.

Deberíamos comenzar a pensar no solo en el impacto brutal de la crisis, sino en cómo aprovechar las oportunidades que generarán estos impactos. Una menor dependencia del exterior en producciones industriales básicas no nos iría mal. Reconducir la excesiva especialización de algunas zonas en un determinado turismo es algo de lo que hace muchos años que hablamos e igual a partir de ahora ya no sea una opción sino una exigencia.

Como siempre, los costes de transición son en términos humanos y económicos muy duros y costosos. Es ahí donde la sociedad no puede dejar solas a las personas y los países no se saldrán solos –ni los que se creen a salvo. Se requiere mucha cultura de cooperación que hasta ahora está bajo mínimos.

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