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García-Margallo y la buena voluntad homófoba rusa

España ha sido cómplice de Rusia en una operación repugnante. Desde hace un año, aquel país, del que proceden más de 12.000 niños adoptados en este, paralizó, exigiendo la firma de un convenio bilateral, la salida de casi 600 menores que ya habían encontrado una familia aquí. Muchos padres y madres habían viajado a Rusia, incluso en varias ocasiones, y habían conocido a sus hijos, que esperaban en los orfanatos rusos a poder reunirse definitivamente con ellos y con el resto de sus familiares españoles. Un año es mucho tiempo en la vida de un niño. Muchísimo, si esa vida transcurre en un lugar donde no recibe los cuidados y el afecto que un niño necesita. Decisivo, si en el lugar donde vive recibe malos tratos y abusos.

Los datos sobre niños rusos huérfanos y desaparecidos son escalofriantes. Según UNICEF, su número es muy superior a los 370.000 que en enero de 2013 se contabilizaban en los centros de acogida. El propio Ministerio de Salud ruso reconoce que, de los niños que proceden de orfanatos, un 40% se vuelve adicto a las drogas, otro 40% comete crímenes y un 10% acaba suicidándose. “Según otro informe de la Comisión para la Infancia en Riesgo”, cuenta Fran Martínez en el artículo de referencia, “de los cerca de 15.000 jóvenes que salen cada año de los orfanatos, 5.000 se quedan desempleados, unos 6.000 viven en la calle, 3.000 se dedican a la criminalidad y 1.500 se suicidan. De entre las chicas, la mitad son forzadas a prostituirse”.

Las carencias de todo tipo y las terribles condiciones en que puede llegar a transcurrir la infancia de cientos de miles de niños rusos, hacen muy difícil su integración posterior en la sociedad y su vida futura. Algunos, como vemos, ni siquiera serán capaces de vivir y optarán por la muerte. Putin, sin embargo, prefiere para los menores de su país ese destino, frente a la posibilidad de que sean adoptados, por ejemplo, en España, por una persona soltera o por un matrimonio o pareja del mismo sexo. Putin prefiere que sus niños se quiten la vida a que sean amados y protegidos por una familia monoparental u homoparental. Para evitar que un niño sea feliz con un soltero o con dos lesbianas, que una niña sea feliz con una soltera o con dos gays, Putin ha exigido la firma de ese convenio. Es escalofriante. Y el Gobierno español lo ha aceptado. La foto que muestra al ministro de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, y al viceministro de Educación ruso, Veniamin Kaganov, firmando, con semejante acuerdo, ese destino de marginación, crimen y muerte para miles de niños, es de lo más repulsivo que hemos tenido la desgracia de ver en los últimos tiempos, que ya es decir.

Las Cortes españolas tendrán que ratificar la firma de ese convenio bilateral. Es decir, la sellará el rodillo inmisericorde del PP. Contra ello se ha alzado la Plataforma Estatal de Familias LGTB, que denuncia el atentado a los derechos humanos que supone esta legitimación de la homofobia y alerta de la discriminación, inconstitucional, que conlleva, pues no solo serán rechazadas futuras adopciones mono y homoparentales, sino que será revisada la situación de niños y niñas que fueron adoptados hace tiempo por familias de esa condición civil y de esa orientación sexual. Para Katy Pallás, presidenta de Familias Lesbianas y Gays catalanas, esta firma supone la amenaza de una nueva armarización de padres, madres y menores. El homófobo Putin podrá enviar a sus esbirros a registrar, de casa en casa, de cama en cama, los corazones de sus habitantes. Si sus esbirros encuentran una cama ocupada por dos madres o por dos padres, podrá sacar a los niños de su habitación, decorada con ternura, amueblada con amor. ¿Imaginan a esos niños, a esas niñas? ¿Imaginan a esas madres, a esos padres? Ni en el más terrorífico de los cuentos infantiles se puede encontrar personajes tan malvados. Pero al homófobo García-Margallo le parece bien todo eso. Lo ha llamado “buena voluntad” del gobierno ruso.

A la voluntad del Gobierno español yo la llamo, mala no, pérfida. Con la excusa de desatascar la adopción de cientos de menores rusos, ha aprovechado la homofobia de ese monstruoso Putin para desatar la suya. La homofobia que llevaron hasta el Tribunal Constitucional. La homofobia que es bandera de Botella, alcaldesa a dedo de Madrid, ciudad que es referente de convivencia y respeto. Porque García-Margallo y compañía también prefieren niños y niñas que acaben siendo suicidas antes de que formen parte de una familia que no sea como la suya, la familia modelo Aznar (hombre hombre y mujer mujer), la familia modelo Rouco Varela (curas y curas pederastas, como acaba de reconocer el propio Papa Francisco, aunque se queda corto). Qué mala gente.

Y, de paso, lo primordial: no poner en peligro el “magnifico momento”, califica Margallo, que viven las relaciones España-Rusia. Se refiere a “estrechas relaciones económicas”. Se refiere “al turismo”. Se refiere a “oportunidades muy amplias” en Rusia para empresas españolas. No puede disgustar con maricones y bolleras a su homólogo Lavrov, que está “muy satisfecho con la cooperación estratégica” de ambos gobiernos. Qué mala gente.

¿De qué sirvió entonces el mandato del Congreso de los Diputados, que instó en febrero al Gobierno de España a garantizar los derechos LGTB dentro y fuera de nuestras fronteras? ¿De qué sirvió que Felipe VI recibiera a los colectivos LGTB tras su proclamación como rey ("Sois la foto de la solidaridad", mintió, pues, el flamante monarca; o habla por hablar, como su padre)? ¿No sabe Felipe VI que los que recibió en las confortables, lujosas estancias por las que transitan sus hijas, rubias como rusas, son los mismos que forman parte de esas familias discriminadas? ¿No saben Felipe VI y el Gobierno de España que esa discriminación que supone el convenio con Rusia incita al odio y es constitutiva de delito? ¿Desconocen los crímenes de odio homofóbico que se están produciendo en Rusia? ¿Conocen Margallo y Felipe los datos de los orfanatos rusos? Deben conocerlos. Y deben actuar en consecuencia: protegiendo el derecho de esos niños a ser protegidos y amados.

De lo contrario, es decir, si las Cortes ratifican ese convenio bilateral, estarán conculcando, como denuncia la FELGTB, derechos humanos, tanto de niños como de personas LGTB, ya sean rusos o españoles. Una vergüenza más.

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