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Luto por TVE

En 2012, los hombres y mujeres de Rajoy entraron en el ente público como los hermanos Dalton acostumbraban a entrar en los saloones: haciendo sonar las espuelas, lanzando un lapo al escupidero, preguntando por el sheriff y cosiéndolo a balazos

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Protestas TVE para Vertele

Hay quien cree que los gobiernos toman sus decisiones en base a maquiavélicos planes trazados a muy largo plazo, hojas de ruta secretas de las que los ciudadanos nunca o casi nunca nos enteramos. Y tal vez sea así en alguna parte, pero sospecho que no es el caso de España. Aquí la acción del Gobierno, como todo en general, parece más bien imbuida de caos y confusión. No lo digo como una crítica. Al contrario. En cierto modo, puede que esa sea la única manera honesta de afrontar el sinsentido de la existencia. Al fin y al cabo, en el norte de Europa se pasan la vida tomándosela en serio y, al final, también ellos se mueren.

Esta reflexión, ciertamente improductiva, viene a propósito de los últimos titulares generados por TVE. Se habrá enterado de que algunos de los rostros del ente público han decidido comparecer cada viernes envueltos en un luto escrupuloso. Del cogote a la suela, nada más que negro, color que en televisión representa la ausencia de señal. El silencio. La nada. Es la manera que han encontrado para, sin palabras, denunciar la instrumentalización política a la que se ven sometidos.

Razones para la protesta no les faltan. En 2012, los hombres y mujeres de Rajoy entraron en el ente público como los hermanos Dalton acostumbraban a entrar en los saloones: haciendo sonar las espuelas, lanzando un lapo al escupidero, preguntando por el sheriff (entonces Alberto Oliart) y cosiéndolo a balazos. Desde entonces, seis años ya, los forajidos del PP han ido convirtiendo TVE en su antro particular: whisky gratis para los amigos y plomo para los enemigos.

Quienes creen en el sagaz maquiavelismo gubernamental referido en el primer párrafo sostienen que el PP gestiona mal las radiotelevisiones públicas a propósito. Que lo hacen así para hundirlas, para desgastar su prestigio y poder venderlas luego, despiezadas, a esos amigos suyos que navegan entre el emprendimiento y la delincuencia. Este argumento, sin embargo, implica conceder a nuestros políticos unas excelsas cualidades intelectuales que, me permitirán, pongo muy en duda. Rajoy no es Moriarty. Después de todo, para ser un genio de mal hay que ser genio primero.

Ni siquiera hace falta desenfundar la navaja de Ockham para deducir que la actitud del PP con TVE obedece a la pura y simple incapacidad. Ellos, estoy convencido, querrían manipularla bien. Pero les sale mal. Les encantaría manejar a las masas sutilmente, deformar la realidad con discreción y eficacia, pero no consiguen pasar de ese Informe Semanal que, de pura incompetencia, ya ni siquiera es entretenido.

Aunque tenemos problemas sin duda más acuciantes, el destrozo de RTVE no es una cuestión menor. Defenderla supone proteger un trozo de ese menguante concepto que llamamos lo público. Ojalá el duelo termine pronto y podamos cambiar el negro por el blanco, que no es sino la combinación luminosa de todos los colores.

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