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Invisibles en el alambre

Gente que no puede ir al dentista, poner la calefacción o afrontar un gasto imprevisto, y a duras penas pagan la vivienda. "Cicatrices", según el ministro De Guindos.

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Carteles del proyecto "Invisibles" en las calles de Hortaleza (Madrid)

No, tú no eres pobre. Tú trabajas, ganas un sueldo. Bajo, pero es un sueldo. O quizás estás en paro pero aún tienes prestación, o al menos tu pareja tiene ingresos. Vais tirando, podéis pagar la hipoteca o el alquiler. En casa no falta comida. Sin muchas alegrías, pero no falta. No os imagináis esperando en la puerta trasera del supermercado a que saquen desperdicios, como ves a diario en tu barrio. No salís apenas, el ocio es casero, habiendo tele e Internet para qué más. Mientras puedas seguir pagando la conexión, claro.

No, tú no eres pobre. El pasado invierno no encendisteis apenas la calefacción, pero tampoco hay que estar en manga corta en febrero. Y con lo que os ahorrasteis podréis pagar los libros de texto el próximo curso sin tantos apuros como este. No eres pobre. En cuanto te paguen los atrasos irás al dentista, pendiente desde hace meses. Eso si entre tanto no se vuelve a averiar el coche. Salir de vacaciones, ni de coña. En fin, ya vendrán tiempos mejores. La recuperación esa.

En efecto, tú no eres pobre. O quizás sí, estadísticamente, y no lo sabes. Pero sin duda eres vulnerable. Muy vulnerable. Vives al día. El fin de mes se adelanta cada vez más. Llevas meses, años, caminando por el filo, temiendo perder pie en cualquier momento: te despiden, tardan más de la cuenta en pagarte el último trabajo, se te acaba la prestación, tienes un accidente y no tienes derecho a baja. De pronto pisas en falso y caes. Con suerte hay una mano que te agarra, un familiar que te sostiene unos meses, pero hasta cuándo.

La crisis, esto que llaman crisis, ha arrojado a muchos a la pobreza. Pero también ha dejado a muchos otros viviendo sobre el alambre, en una vulnerabilidad que hace que cualquier golpe de viento los pueda derrumbar. “Cicatrices”, dice el ministro De Guindos.

En mi barrio madrileño, Hortaleza, hay mucha gente sobre ese alambre. A la mayoría solo los vemos cuando pierden pie, si caen, si piden ayuda. Pero si te fijas bien, ahí están, manteniendo como pueden el equilibrio, sin mirar hacia abajo. Tú mismo, tal vez.

La semana pasada presentamos en el barrio un proyecto admirable: Invisibles de Hortaleza. Un intento de visibilizar a la población pobre, pero también a toda esa otra población vulnerable, los equilibristas. Impulsados por la asamblea 15-M del barrio, decenas de vecinas y vecinos, y varios colectivos, han trabajado durante meses, elaborando con sus propios medios una amplia encuesta –rigurosa, científica- para saber qué está pasando en el barrio, cuantificar lo que todos percibimos pero el ayuntamiento niega.

El proyecto surgió después de que la Junta de Distrito devolviese, tres años seguidos, parte del presupuesto de servicios sociales, renunciando a gastarlo por incapacidad para gestionarlo, y por considerar “todas las necesidades cubiertas”. A partir de ahí, echó a rodar un proyecto que, siguiendo los pasos de una experiencia previa en Tetuán, va acompañado de una impresionante campaña de carteles: los rostros de esos invisibles en las paredes del barrio, en un gesto de valentía de sus protagonistas.

Les animo a leer el estudio en detalle, porque esa radiografía de un barrio es extensible a muchos otros barrios, ciudades, a todo un país lleno de pobres y de vulnerables, dos grupos separados por una frontera cada vez más difusa, y cada vez más permeable. Un barrio, un país, quebrado por la desigualdad.

Para transformar la realidad, primero hay que conocerla. El estudio nos ha servido para saber que, en un barrio de 63.000 hogares, un 15% de familias vive con menos de 1.200 euros sin tener la vivienda pagada. Es decir, afrontando cada mes una hipoteca o alquiler. Con menos de 1.200 euros para todos los gastos, en muchos casos familias con varios miembros. Un tercio de todos los hogares considera que sus ingresos son poco o nada seguros. Un 15% no puede comprar ropa o calzado. Un 34% no puede ir al dentista cuando lo necesita.

Más abajo aun, cruzada ya la línea de la vulnerabilidad hacia la pobreza, un 7% ha tenido problemas para pagar medicamentos, y un 4% no puede asegurarse una alimentación suficiente. Un 10% declara haber tenido serias dificultades para pagar el alquiler o la hipoteca en el último año. Un 10% que no puede permitirse un traspiés, o acabarán desahuciados.

Según el estudio, la mitad de las familias de mi barrio no puede afrontar un gasto imprevisto de más de 600 euros. Así de canijo es el colchón de tantos hogares tras años de paro y precariedad: 600 euros. Y gracias que algunos cuentan con familiares, que ya no dan mucho más de sí. De vuelta a casa tras la presentación, oí la conversación de dos ancianos de mi calle: “Nosotros tuvimos que trabajar para ayudar a nuestros padres; después ayudamos a nuestros hijos, y ahora a nuestros nietos.”

Entre las mismas personas que han participado en el proyecto, algunos se han reconocido vulnerables, próximos a la pobreza, al observar sus propias vidas a la luz de esos datos. Se han visto a sí mismos con un pie en el alambre y otro dudando el siguiente paso. Gente que no se dice pobre, pero que está viendo vulnerados derechos básicos. Y gente que resiste, que junto a otros dedican su tiempo y sus fuerzas a construir comunidad con proyectos tan admirables como este. Bravo por ellas y ellos.

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