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Los trabajadores arden mal

Estamos quemados, y lo estaremos más si siguen aumentando la precariedad, la intensificación laboral y la hiperproductividad

Varias mochilas de Glovo frente a su sede en Barcelona, en la protesta de repartidores por la muerte de un mensajero.

V Imagen cedida por Élite taxi a eldiario.es

Estoy quemado. Estoy muy quemado. Mi jefe me tiene quemado. En la empresa estamos todos quemadísimos. Más quemado que la moto de un hippie. Lo oímos a diario, lo decimos nosotros mismos. ¿Cómo estás? Quemado. Quemadísimo. No creemos que tengamos burnout, el "síndrome del trabajador quemado". Decimos coloquialmente "estoy quemado" como cuando decimos "estoy depre" sin por ello padecer una depresión. Aunque hay quien lleva tanto tiempo depre que acaba en depresión, y hay trabajadores que de tanto quemarse un día terminarán de verdad quemados, burnout.

La Organización Mundial de la Salud ha anunciado que incluirá este síndrome en su clasificación de enfermedades. Lo describe como resultado del "estrés crónico en el lugar de trabajo", e identifica tres síntomas: sensación de agotamiento, sentimientos negativos hacia el trabajo, y pérdida de eficacia laboral. ¿Te suena de algo? Lo sufre uno de cada diez trabajadores, aunque hay expertos que creen que la cifra se queda corta, y que irá a más por el aumento de la precariedad, la intensificación laboral y la hiperproductividad. Quizás acabe siendo una plaga. Como la depresión.

Gente que llega quemadísima a casa (agotada, con sentimientos negativos hacia el trabajo…) y que seguramente no serían diagnosticadas ni les concederían una baja laboral, pero que huelen claramente a chamusquina. Aguantan, porque la necesidad de aguantar nos vuelve resistentes al fuego, ignífugos. O tiramos del primer extintor que haya a mano: ansiolíticos, anfetaminas, drogas, terapias, coaching, mindfulness, seudociencias, religión, líderes carismáticos.

Pero los trabajadores ardemos mal. Ardemos hacia dentro. Nos vamos quemando muy poco a poco, como las viejas carboneras cubiertas de tierra. Cuando se escapa una llama, las quemaduras se las llevan quienes están más cerca. Los hijos, por ejemplo, que reciben gritos, exigencias y castigos que son expresión de un hartazgo, una impaciencia y un resentimiento que no causaron. Y de tal palo quemado, tal astilla: un estudio en Finlandia advertía de cómo los hijos de padres estresados y agotados son más propensos a sufrir estrés y agotamiento en el colegio.

No sé si a los trabajadores de Glovo y otras empresas de reparto les diagnosticarían burnout, pero los ves en la bici y echan humo como si llevasen tubo de escape. La suya es solo la versión más extrema del proceso de explotación, precarización e intensificación que sufren cada vez más trabajadores. Son nuestra distopía, el futuro que se nos viene si no lo evitamos.

La muerte en accidente laboral de un rider, que era precario entre los precarios, subió varios grados la temperatura. Como protesta, sus compañeros quemaron sus mochilas delante de la empresa. Las mismas mochilas, icónicas y con el logo, que ellos mismos tienen que pagar para empezar a trabajar. Al verlas arder era inevitable recordar las luchas obreras de hace décadas, que comenzaban con una pila de neumáticos ardiendo para cortar una carretera. Quizás no son solo nuestra distopía laboral. Pueden estar anticipando nuevas formas de lucha. O no tan nuevas.

Pero yo pensaba escribir hoy sobre las elecciones del domingo, que es lo que toca esta semana, y ya me he quedado sin espacio. Bueno, venga: ahora que el asalto a los cielos tendrá que esperar, y la nueva política y el municipalismo se repliegan dramáticamente, dejo una modesta proposición: que una parte de toda la energía, tiempo e inteligencia colectiva dedicadas en los últimos años al partido y a las instituciones, se reconduzca hacia todos esos conflictos sociales que no han cesado, que no se han resuelto con el paso por los ayuntamientos, que incluso están empeorando. Ya que estamos cada vez más quemados, a ver si al menos ardemos bien.

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