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El voto como deber

Para los ciudadanos no se trata solo de elegir a políticos, sino de ser escuchados. Y la política democrática últimamente había dejado de escuchar a los ciudadanos

Quien no vota no puede luego lamentarse. Vale para todos. Hay que hacer oír, o mejor aún, hacerse escuchar

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El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, durante su intervención en la última jornada de la convención del Partido Socialista Europeo (PES) que ha tenido lugar en Madrid.

El secretario general del PSOE y presidente del Gobierno, Pedro Sánchez EFE

Votar es un derecho en las democracias. No estoy a favor del voto obligatorio. Pero considero que el voto es un deber, íntimamente ligado al concepto de ciudadanía. La ética de la responsabilidad (Weber) no se ha de aplicar solo a los políticos, sino también a los ciudadanos. El voto cuenta. Y los que no votan, los que se abstienen, o peor aún, pasan, en un derecho/deber ciudadano que ha costado mucho esfuerzo conseguir, son también responsables del resultado. Muchos arrepentidos hay en EEUU que por no votar a Hillary Clinton prefirieron abstenerse para luego encontrarse con Trump en la Casa Blanca. Muchos arrepentidos hay que se abstuvieron y despejaron así el camino para la victoria del Brexit en el aciago referéndum británico de 2016.

Estamos ante unos procesos electorales en España cruciales, incluidas las elecciones al Parlamento Europeo de cuya importancia mucha gente no es consciente porque desconoce los verdaderos poderes y capacidad de influencia que tiene la Eurocámara (pero, por favor, señores de los partidos, presenten a candidatos de primera, no descartes). Y en todos estos procesos en abril y mayo -generales, municipales, autonómicas (en 13 CCAA) y europeas- hay mucho en juego. Hay modelos de futuro en juego. Votar siempre ha sido un deber. En esta ocasión aún más. Que haya resultados -los que sean- pero que no haya arrepentidos por no haberse acercado al colegio electoral, aunque sea para depositar un voto en blanco. Y que no se diga: probablemente desde las primeras elecciones de la democracia en 1977, el abanico de elección real nunca ha sido tan amplio como ahora. A todos los niveles. A pesar de que se presente como una confrontación en bloques.

No es lo mismo que gobiernen unos u otros, a pesar de que el margen de maniobra se haya estrechado por diversas razones. Se puede elegir entre opciones diferentes.

Pese a lo que digan unos u otros, dada la fragmentación, quién gobierne (como en muchas otras democracias europeas) dependerá de los pactos posteriores. No hay solo la posibilidad de dos bloques -con un terreno de en medio vacío-, sino de varios tipos de coaliciones, a pesar de lo que digan unos y otros.

Ahora bien, para los ciudadanos no se trata solo de elegir a políticos, sino de ser escuchados. Y la política democrática últimamente había dejado de escuchar a los ciudadanos. Especialmente a los olvidados por la crisis y la recuperación, tapados por los datos macroeconómicos, pero que son parte de ese estado del malestar. No se trata solo de cuestiones económicas, sino también identitarias, culturales.

En Francia, el presidente Emmanuel Macron ha entendido -chalecos amarillos mediante- que desde su altura jupiterina no escuchaba a los ciudadanos. Las consultas ciudadanas que ha puesto en marcha son un experimento interesante -aunque aún está por ver en qué se concreta- para recabar las preocupaciones y propuestas de los franceses en torno a cuatro temas: la organización del Estado y de los servicios público; la democracia y la ciudadanía; la transición ecológica; y la fiscalidad. El otro día hubo una de estas consultas de franceses en Madrid, y fue un ejercicio sugestivo. No es democracia directa, sino participativa, que en nuestros días debe complementar -no remplazar- a la representativa. Sin embargo, las consultas que se han llevado a cabo sobre la construcción europea en toda la UE no parecen haber aportado gran cosa.

El sistema electoral español no ayuda. El voto es desigual: el número de papeletas necesarias para conseguir un escaño varía según las provincias. Las listas separan al elector del elegido, salvo en las circunscripciones pequeñas donde entonces se rompe el principio proporcional. Es necesario reformarlo -y para ello tocar la sacrosanta Constitución-, para que el representado se sienta identificado con el representante (y a este respecto soy partidario del sistema alemán). ¿Quién recuerda quién iba en el puesto 8 o 12 en la lista por Madrid al Congreso, no digamos ya en las larguísimas retahílas de nombres para la Comunidad de Madrid o el ayuntamiento de la capital o de Barcelona?

Quien no vota no puede luego lamentarse. Vale para todos. Hay que hacer oír, o mejor aún, hacerse escuchar. Y eso sí, que los partidos y los políticos no vayan a hacer votar de nuevo a los ciudadanos, como la otra vez, por su incapacidad para ponerse de acuerdo.

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