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Crítica de las falacias económicas imperantes

En su libro, 'Economía y pseudociencia. Crítica de las falacias económicas imperantes', Jose Luis Ferreira ofrece pistas para identificar el conocimiento económico con base científica para distinguirlo de los argumentos basados en la farfolla retórica

Diego Moreno, que escribe esta crítica, destaca las dos ideas fundamentales que según él permean todo el libro: que en la discusión científica prevalece la buena economía y que existe entre los economistas un amplio consenso sobre los principios básicos

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Falacias economía

Jose Luis Ferreira  acomete la ardua tarea de desenmascarar las falacias económicas más comunes en el debate político. Con un tono sosegado y juicioso que resulta muy familiar para los que le conocemos, nos invita a mantener a raya nuestros prejuicios y buenas intenciones, nos alerta sobre las conclusiones simplistas y nos ofrece pistas para identificar el conocimiento científico y distinguirlo de los argumentos basados en la farfolla retórica.

Ferreira identifica el anumerismo (la dificultad que tienen algunas personas para comprender datos numéricos y conceptos matemáticos básicos), que tan fácilmente disculpamos (“yo soy de letras”, que diría Almudena Grandes), como el principal sostén de ideas erróneas acerca de cuestiones de economía.

Discute las sesgos más comunes del pensamiento económico popular. La preferencia por soluciones directas sobre reformas graduales y duraderas, y, en particular, la incomprensión del papel del mercado como posibilitador de la especialización y facilitador de la coordinación de las actividades productivas. La aversión al comercio internacional, y, estrechamente relacionado, a la inmigración. La preferencia por el empleo frente a la producción, y, por añadidura, la prevención contra la innovación tecnológica. Y el pesimismo sobre la economía y el progreso.

Economía y pseudociencia ofrecen una muestra de errores conceptuales con nombre y apellidos de supuestos expertos que gozan de credibilidad en los medios de comunicación. El análisis riguroso de las afirmaciones de estos expertos, que a menudo presumen de poder anticipar la evolución de la economía y proponen soluciones a problemas económicos que son desconocidas por los investigadores académicos, y su contraste con la evidencia empírica, revelan su vacuidad o su falta de sustento. Y, de paso, muestran la necesidad de aplicar los “cuidados” que impone el método científico para identificar la superchería y para evitar errores basados en ideas superficiales.

La crítica de la base científica de las dos narraciones macroeconómicas favoritas de políticos de izquierda (la de los que defienden incondicionalmente las políticas de gasto público) y de derecha (la de quienes defienden las reducciones de gasto y de impuestos como remedio último de todos los males), expuesta por economistas que se identifican con estas corrientes políticas, revela dos ideas que permean el libro: que en la discusión científica (en seminarios, publicaciones y libros de texto) prevalece la buena economía, independientemente de las ideas políticas, y que existe un amplio consenso entre los economistas sobre los principios básicos.

Enfatizar la discrepancias entre los economistas –el chiste popular es que si preguntas a dos economistas sobre una cuestión de economía, obtienes tres opiniones distintas– ha contribuido a construir un espantapájaros que, cuando se identifica con la economía, es muy fácil criticar.

La existencia de las llamadas escuelas de economía, empeñadas en extrapolaciones ideológicas que suplen la falta de conocimiento sobre importantes cuestiones, ha contribuido a exagerar las discrepancias entre economistas y a presentar la economía como una ciencia inmadura.

Para finalizar, Ferreira nos presenta una variedad de ejemplos de políticas regulatorias y anticrisis que son claramente contrarias a la economía. Nos muestra cómo a menudo las ideologías confunden los fines con los medios. Y, por si albergábamos alguna esperanza de que al menos en los fines pudiera haber acuerdo, nos ilustra sobre la imposibilidad de formar preferencias sociales “agregando” las preferencias individuales si incluimos como requisito preservar un conjunto mínimo de propiedades deseables.

Como buen economista, Ferreira no consigue evitar ser un aguafiestas: la economía no puede, ni se propone, adivinar el futuro; las ideas superficiales (las que se aprenden en dos tardes) no sirven; las buenas intenciones no bastan. Sin embargo, transmite su optimismo irredento y su actitud siempre constructiva. Su visión sugiere que a través del rigor y la sensatez, podemos mejorar el mundo en que vivimos.

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