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La influencia de Rusia en el nuevo gobierno de Grecia

Pese a ciertas coincidencias en el discurso antioccidental, SYRIZA no comparte las ideas agresivas e imperialistas del ultranacionalismo ruso.

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Tsipras asegura que la renegociación de la deuda será una de las prioridades

Artículo en colaboración con Eurasianet.es

¿Es la Grecia de SYRIZA un “caballo de Troya” de Putin para influir desde dentro en la UE? Aunque muy repetida estos días, la idea tampoco es nueva:  un informe del think tank ECFR  de 2007 ya usaba este símil refiriéndose al país heleno —gobernado entonces por el centroderecha de Nueva Democracia—, situándolo junto con Chipre como los dos Estados miembros más próximos a Moscú; aunque con un peso reducido en las posiciones comunes de la Unión. Pero ¿hasta qué punto podemos hablar de una “conexión rusa” que explique las decisiones de Grecia a partir de ahora?

Aparte de  vínculos culturales e históricos, como el cristianismo ortodoxo, existen importantes  lazos comerciales. Rusia es el principal exportador a Grecia, por encima de Alemania, y le suministra dos tercios del gas natural que consume. La compañía rusa Gazprom llegó a considerar la adquisición de DEPA, el monopolio público griego abierto a la privatización; aunque  finalmente retiró su oferta. Atenas ya consiguió el pasado año una rebaja del 15% en el precio del gas, debido a sus dificultades económicas; pero está negociando en este momento con Moscú una flexibilización de las cláusulas “take or pay” en los contratos vigentes, que le obligarían a pagar  una penalización de 100 millones de euros  al haberse reducido su consumo como resultado de la crisis. Por tanto, existe una dependencia energética que, si bien no es tan acusada como la de otros países europeos que reciben la práctica totalidad de su gas de Gazprom, sí es suficiente para condicionar su relación en el ámbito político.

Las  sanciones y contrasanciones entre la UE y Rusia  a raíz del conflicto de  Ucrania han dañado seriamente  a la ya maltrecha economía griega. El turismo, que representa el 16% del PIB griego, se ha visto perjudicado por la depreciación del rublo y la consiguiente disminución del número de turistas rusos, uno de los mercados emisores más atractivos y de crecimiento más rápido. En cuanto al embargo ruso de exportaciones agroalimentarias europeas, Grecia no es en general uno de los países más afectados, salvo en productos concretos como la fresa o el melocotón: la mitad y un cuarto de su producción, respectivamente, tenían como destino Rusia. A esto se añaden los efectos negativos en los precios de la saturación del mercado interno por el excedente resultante. Moscú  se ha mostrado receptiva  también a considerar una hipotética petición griega de ayuda financiera, que podría ser útil para Atenas como complemento a la proporcionada por la troika; aunque los problemas internos de la economía rusa harían difícil poner en práctica esta opción. Todo esto contribuye a explicar, en parte, la  oposición de Atenas a nuevas sanciones  contra Moscú.

En cuanto a la  política exterior, Tsipras  ha realizado críticas muy duras  al gobierno ucraniano surgido del Euromaidán, enfatizando —probablemente en exceso— el protagonismo de la ultraderecha xenófoba en la revolución y después entre las nuevas autoridades de Kiev; un argumento en el que coincide sustancialmente con otros partidos con los que comparte grupo en el Parlamento Europeo, como IU o Podemos. Esta retórica es recibida muy negativamente por otros países de la UE que se han situado claramente del lado ucraniano en su conflicto armado con Rusia; los cuales acusan a Grecia de emplear idénticos argumentos a los difundidos por Moscú como justificación de su invasión de Crimea y el Donbass. Pero más que de una SYRIZA prorrusa per se, que considerase legítima la intervención militar contra Ucrania, se trata ante todo de una mera continuación de sus críticas a Bruselas acerca de las políticas de austeridad, que les lleva a mostrarse igualmente opuestos a otras posiciones europeas en el marco de su estrategia para presionar a la Unión. Existe también una cierta inercia de la Guerra Fría —apreciable entre algunos sectores de la izquierda europea— al percibir erróneamente a Moscú como protección frente a la hegemonía estadounidense; olvidando los valores ultraconservadores y el capitalismo oligárquico en los que se apoya el régimen de Putin. En el caso de Ucrania, la propaganda del Kremlin  presentando su intervención como una “lucha antifascista”  ha llegado a atraer voluntarios comunistas de diversos países, que luchan junto a combatientes procedentes de la ultraderecha rusa.

En cuanto a la conexión ideológica, han existido reuniones de  miembros de SYRIZA y de su socio ANEL con Alexander Dugin, académico ruso conocido por su defensa de la teoría conocida como eurasianismo. Las ideas eurasianistas, de  larga tradición en la extrema derecha rusa, engloban un nacionalismo radical basado en el temor a la supuesta influencia destructiva de Occidente, reivindicando en cambio la superioridad de una “civilización eurasiática” que legitimaría la expansión imperial de Rusia en el espacio de la antigua URSS. Sin embargo, hay que decir también que el eurasianismo tiene una escasa influencia real en el reducido círculo del Kremlin —mucho más pragmático que ideológico— donde se toman las decisiones, precisamente por vincularse a los delirios conspiranoicos de figuras marginales como Dugin. Lo que está sucediendo a partir del conflicto de Ucrania es que el Kremlin emplea una retórica mucho más agresiva, tomando argumentos geopolíticos ya empleados antes por los eurasianistas; pero lo hace como mero instrumento propagandístico para difundir una imagen amenazadora de Occidente. Esto no implica en modo alguno que Dugin esté dictando la política exterior rusa; de hecho, éste ha impulsado en el pasado movimientos radicales de oposición como el Partido Nacional-Bolchevique creado junto al escritor Eduard Limonov; y  se ha quejado recientemente en público  de no ser escuchado en los círculos de poder.

Los contactos con Rusia de SYRIZA se explican así, más que por una adhesión ideológica a la doctrina eurasianista —a la que tampoco se puede adscribir realmente al propio Putin, como hemos visto—, por su trayectoria de búsqueda de apoyos internacionales desde la oposición, en una línea de crítica generalizada a EE.UU. y la UE en la que existen ciertamente coincidencias discursivas con Moscú. Sin embargo, sería exagerado incluir a la formación de Tsipras en un supuesto eje de movimientos radicales europeos de extrema izquierda y extrema derecha directamente controlados por el Kremlin: más aún, cuando uno de los principales rivales de la coalición de Tsipras es la formación neonazi Amanecer Dorado, mucho más similar a la ultraderecha rusa tanto en ideas como en tácticas. El mayor riesgo de actuar como “caballo de Troya” ruso lo puede representar no tanto SYRIZA —que ya está mostrándose más pragmática desde que ocupa el gobierno— como su socio de gobierno ANEL: su  populismo nacional-patriótico y xenófobo  crea un lenguaje común con Moscú que, unido a la personalidad de su líder Panos Kammenos, ahora ministro de Defensa, dará seguramente numerosos titulares en el futuro.

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