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La Junta no quiere juntas

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Los principios llegan a ser buenos o malos dependiendo de su continuidad. “Por principio” todo queda en la incertidumbre del suspense, algo que sólo es un tránsito hacia una meta. Hay buenos principios que terminan fatal, y principios terribles que en manos sabias capaces de rectificar alcanzan finales maravillosos.

Es ese final el que escribe la historia y el que con frecuencia oculta todo lo que ha llevado hasta él. ¿Cómo ha quedado el partido?, ¿cómo termina la película?... nos preguntan para saber el resultado. Parece que conocer el final ya justifica todo lo anterior, sobre todo cuando coincide con lo que previamente deseamos, algo que no es de extrañar cuando quien lo cuenta es el que ha ganado la disputa.

Los humanos somos una especie finalista, buscamos un destino inalcanzable y por eso le damos trascendencia a la vida a través del final de la muerte. Quizás sea esa la razón por la que con frecuencia olvidamos nuestros principios, nuestra insignificancia, también de dónde venimos para así no tener otra atadura que la propia ambición, aunque sea ajena e “impuesta por las circunstancias”.

Esta visión tubular y hacia delante, popularmente conocida como “anteojeras de burro”, facilita el olvido y la manipulación de lo vivido, incluso llamar historia a aquello que convenía en una momento dado.

Ocurre en muchos ámbitos, pero sobre todo se manifiesta en aquellos que modelan las identidades, por eso la igualdad siempre ha sido la sacrificada, y la violencia de género sólo ha pasado a ser considerada cuando el resultado en forma de muertes ha causado una agitación social. En cambio no lo ha sido antes, a pesar de que el principio de su significado y su construcción sobre la desigualdad decían que era inaceptable.

Y por ello los menores que sufrían esta violencia han pasado a la zona visible del problema conforme los maltratadores se han dirigido directamente a ellos para acabar con sus vidas. Antes sólo eran una especie de accidente, las víctimas colaterales de esta violencia, como todas las violencias cuentan con las suyas.

El Pacto por la Igualdad que prepara la Junta de Andalucía con las Organizaciones de Mujeres planteará la suspensión cautelar del derecho de visitas en aquellos casos en que las víctimas de violencia de género estén en el Servicio Integral de Atención y Acogida. La Junta no quiere juntas de los maltratadores con sus víctimas, y los hijos e hijas de estos agresores también sufren su violencia. Y tiene sentido esta medida.

Si la violencia ejercida por el agresor ha sido tan grave como para que la mujer tenga que permanecer en un centro de recuperación y garantizar así su atención y protección, dada la posibilidad cierta de que se produzcan nuevas agresiones, conviene que la distancia y la protección se extienda a los menores por tres motivos fundamentales. Por un lado para sacarlos de la violencia que ejerce el padre; por otro, para evitar que la violencia se desplace sobre ellos como forma de dañar a la madre, algo que como hemos visto estos últimos días en Campillos (Málaga) y en Manzanares (Ciudad Real) con el asesinato de tres niños, forma parte de la violencia de género; y en tercer lugar, para atenderlos y recuperarlos de las alteraciones que presentan por todo lo vivido.

No es un mal principio, luego el desarrollo de esta medida y su articulación dentro de la Administración de Justicia nos dirá si también llega a ser un buen final, pero es importante entender que un maltratador es un mal padre, y que cuando ejerce violencia sobre la mujer también la ejerce sobre sus hijos y sobre sus hijas. Y si el maltratador decide libremente recurrir a la violencia para conseguir los objetivos que él considera, deberá asumir las consecuencias que se deriven de esa decisión. Si no quiere la limitación de la custodia ni de las visitas, que no ejerza violencia. Así de sencillo.

Si queremos construir la paz el principio debe ser la no-violencia y la igualdad, de este modo el final será una verdadera convivencia y justicia social.

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