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El PA es Nicole Kidman

En el caso del PA, como en la película de Amenábar, Los Otros, sólo Nicole Kidman es la única que no sabe que está muerta.

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El Supremo rechaza un incidente de nulidad de Pedro Pacheco contra su condena

Pedro Pacheco, ex alcalde de Jerez y líder del Partido Andalucista.

El nacionalismo andaluz murió con Blas Infante. Sus pretendidos albaceas fueron siempre acogidos a beneficio de inventario por los andaluces. Y el tiempo les dio la razón a su porqués.

En la madrugada de un 19 de abril de los setenta, domingo de resurrección, el PSA firmó su crucifixión. Los únicos que nunca supieron de su muerte, desde aquella noche, fueron ellos. Lo demás ha sido una lenta descomposición, aprovechada por algunos, eso sí. En esa noche, los albaceas de dos familias ilustres sevillanas, Borbolla y Rojas Marcos, pactaron que el PSOE gobernaría en Granada donde la alcaldía era del PSA mientras en Sevilla, donde el PSOE aventajó en mil votos al PSA, sería este, con Uruñuela a la cabeza, quien gobernaría. El cambalache de sillones amortajó al PSA per secula seculorum.

Con este ánimo, el de construir un andalucismo indefendible (solo así es comprensible su actitud), Rojas Marcos se marca una alianza, en Madrid, con la UCD de Suárez. Se alejó aún más del pueblo andaluz, ese de quienes decían ser los únicos defensores. La brecha era ya la falla de San Andrés.

Hubo hiperliderazgos, de esos que fagocitan las siglas, como el de Pacheco, cuya trayectoria nos aventuraba ya el sendero del PSA. Alimentador insaciable de titulares, se fue reencarnando en siglas varias hasta la imputación final. ¿Punto y final? Pues no.

Líderes posteriores tampoco acertaron en la política de pactos del PA, ya estudiada en las Escuelas de liderazgo político internacionales. Un pactismo definible como sillón veo, sillón quiero. El poder como fin, el final por el poder.

Sí, no es un error del corrector. En el deambular autonómico, la S de socialista cayó del rótulo. En un intento de alejarse del devorador de partidos coaligados andaluz, el PSOE, y acercarse más a su vertiente nacionalista. Todo para nada.

Ya en los 2000 el PA entra en el Gobierno andaluz dando rango de eternidad a la lejanía de los andaluces a su andalucismo. Sí sirvió su paso por diferentes consejerías para engrosar con militantes propios diferentes empresas públicas de la Junta de Andalucía. Muchos de estos ostentan aun hoy posiciones directivas en estas empresas y fundaciones públicas. Una ladina habilidad de supervivencia que de haberla aplicado al partido otro PA cantaría hoy.

Pero es que el PA, antes PSA, fue siempre preso de lo que caracteriza al nacionalismo: el programa es el poder. Más allá de mi bandera y mi tierra, nadie supo cuál era la ventaja competitiva del nacionalismo cuando gestiona instituciones. Cosa que al final es para lo que vota la gente.

La última EGOPA, encuesta de opinión, nos dice cómo los andaluces se sienten igual de españoles que andaluces. Aparece más un pueblo de alma integradora que hacedor de fronteras. El andaluz sabe que no es bajo banderas ni muros como se crece y mejora. Cierto es que el nacionalismo es oxígeno para radicalismos en épocas de crisis, pero no tiene caladero en estas tierras del sur. Ser andaluz y su identidad no tiene propietarios. Tiene tantas interpretaciones como andaluces hay.

Pero es que ni para el entierro hay acuerdo entre los deudos. Los viejos líderes quieren una muerte certificada, con lápida. Lo que venga, si viene, tiene que ser nuevo. Y otra escuela busca la refundación. El último secretario general, viceconsejeros reconvertidos, antiguos secretarios y secretarias generales, como en una película de Peter Greenaway, parecen buscar otras soluciones para el personaje que les permita resucitarlo en segundas partes, sabedores de que en caso contrario perderían ya toda posibilidad de volver a eso que algunos llaman política, falsamente, por cuanto no es más que supervivencia personal.

El PA lleva muerto años, salvo puntuales liderazgos municipales más personales que de partido. Darle una sepultura digna quizás pueda ser un último gesto meritorio. No sabemos si habrá hueco en el futuro para un partido nacionalista, pero para esta partida de nacionalistas ya no la hay. Con una herencia de más errores que aciertos, construir de cero es mejor que resucitar lo más que muerto.

Como en la película de Amenábar, Los Otros, sólo Nicole Kidman es la única que no sabe que está muerta.

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