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Verdades, "mentidas" y un señor de Montellano  

Los atentados se suceden, pero la política, en vez de mostrar responsabilidad, enfanga la arena en cualquier ocasión, quizá la única manera de ocultar su ineficacia ante la contumacia del terrorismo

Con la seguridad no se puede jugar, con el desprestigio de las policías tampoco

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No había pasado demasiado tiempo, el dolor de las familias de las víctimas y de una ciudadanía nuevamente golpeada duraba; el dolor y la pose institucional se habían relajado. Entonces estalló la cólera política y mediática contra la policía belga. Bélgica había sufrido un durísimo ataque terrorista pero lo urgente era la política. La policía, sus responsables, sufrieron críticas sin piedad incluso antes de que se pudieran aclarar todos los extremos de unas investigaciones, necesarias, para estar en mejores condiciones si es que los terroristas decidían asesinar de nuevo.

Al parecer, la policía belga no había atendido las informaciones de la inteligencia turca, ni otros avisos de Holanda, ni se preocupaban bastante sus servicios de seguridad e inteligencia de sus barrios y ciudades más conflictivos, o de las mezquitas. Además, por federales, decían, estaban descoordinados.

La crítica fue tan severa que Jean-Claude Juncker, en nombre de la UE, acusado inmediatamente de mollatoso, salió en defensa de la policía belga. Charles Michel, primer ministro, saltó igualmente rabioso de indignación. Decía, respondiendo a críticas de políticos de EEUU y sus servicios de inteligencia, que si ellos eran tan malos y los americanos tan buenos, ¿por qué no previeron los ataques de 11-S, incluido al mismísimo Pentágono? Tampoco, por cierto, les ha sonado la amenaza nazi en Charlottesville.

Los atentados se suceden, graves, dolorosos, repetidos, pero la política, en vez de mostrar responsabilidad o, al menos, eficacia, enfanga la arena en cualquier ocasión, quizá la única manera de ocultar su propia ineficacia y fracaso ante la contumacia del terrorismo. Tiene aliados poderosos; un barullo chismoso, expresión que copio del gran periodista Mark Thompson, acompaña desde los medios de comunicación al gran y lamentable espectáculo de los post atentados. Es el parloteo de los intelectuales orgánicos, los sacerdotes de la libertad de expresión que se arrogan en exclusiva su verdad, negando las expresiones de la suya a los demás, como si tal libertad fundamental en democracia pudiera ser divisible y no condición para el ejercicio de las demás libertades fundamentales.

Con el atentado de Barcelona, como en otros lugares de Europa, se ha tardado poco. En este caso, la matriz o el molde del soberanismo ha sido el gatillo de los despropósitos, de la irresponsabilidad.

Pronto se lanzaron cohetes de júbilo resaltando la competencia de un cuerpo policial, los Mossos, como adelanto de la virtualidad de una república catalana, con policía suficiente. Inmediatamente, se lanzaron otros, en este caso rabones, para el desprestigio de ese cuerpo. Y se ha mentido, y mucho, y se seguirá mintiendo, los unos y los otros. Puigdemont tendría que comparecer de manera inmediata. Pero la  mentira, como se puede observar, no paga peaje. Si hay algo que resalte hoy en el ejercicio de la política es el desprecio por la verdad, y, al mismo tiempo, el desprecio por la gente. La verdad es demasiado brutal para ellos, ingenuos ciudadanos, dicen en sus oscuros mentideros.

Pero si hay un debate, con soberanismo o no de fondo, debe ser serio. Estamos ante la principal amenaza a nuestra manera de entender la democracia. Sin embargo, no parecen estar estas consideraciones en el estado mayor mediático que, aplazada de momento Venezuela, nos ha alumbrado con noticias tan apasionantes como que Trapero, castellano de origen, hable catalán y sea, siendo xarnego, máximo responsable de los Mossos; que el mosso más eficaz "abatiendo" se formó en la Legión, que er niño de la Tomasa quiere reconquistar Al Andalus, que la CIA manda papeles que no se cree nadie, como en Bélgica, Francia, Holanda, Reino Unido, Alemania... y hasta en EEUU.

En esto, el Gobierno no tiene opinión. El partido que lo sustenta está de perfil prudente, salvo algún tuit suelto. No les hace falta, ya tienen su brigada de trabucaires, de asaltadores mediáticos de los pocos caminos que han quedado transitables en la maltrecha libertad de expresión. Aunque siempre nos quedará un sacerdote mediático que nos diría que lo que hay es autocensura responsable.

Lo que ocurre, con soberanismo amenazante o sin él, es muy grave. Con la seguridad no se puede jugar, con el desprestigio de las policías tampoco. A esta hora, el máximo responsable de la lucha antiterrorista aún no ha dicho esta boca es mía, ni ha ordenado, al menos, continencia a los que de él dependen. El ministro de Interior Zoido, y la vicepresidenta Santamaría, responsable de la inteligencia española, la de España, incluida Catalunya, no han dicho nada, en sede parlamentaria o gubernamental, que inspire confianza y tranquilice la angustia de mucha gente que no entiende de política aunque sí mucho, cada vez más, de politiqueo.

Y mientras, los terroristas se ríen, ufanos de los efectos criminales de sus acciones contra la gente y contra las instituciones democráticas.

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