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Entrevista a Antonio Orejudo sobre lo de Burgos

Episodios como estos van erosionando poco a poco la capa protectora de hormigón armado que hemos construido entre todos alrededor de ese tabú llamado violencia.

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Pregunta. Usted se ha quejado alguna vez de la pasividad ciudadana. ¿Cómo explica lo que ha pasado en Burgos? ¿Están los burgaleses más despiertos y comprometidos que el resto de españoles?

Respuesta. No es un problema de pasividad. Los ciudadanos no somos pasivos. Lo demuestra el 15-M, las multitudinarias manifestados de funcionarios del año pasado, las convocatorias para rodear al congreso...

P. Pero todo eso ha quedado en nada...

R. Luego, si quiere, hablamos de la repercusión y de la utilidad de salir a la calle. Lo que quiero decirle ahora es que los ciudadanos no son pasivos. A todas las manifestaciones del año pasado hay que unir la lucha admirable de la marea blanca, que está ganándole la batalla a los piernas de la Comunidad de Madrid... Está lo de Burgos, está lo de Melilla...

P. Lo de Melilla parece que son simplemente disturbios, alteración de orden público...

R. ¿Disturbios? ¿Alteración de orden público? Los disturbios y las alteraciones de orden público no son fenómenos atmosféricos, sino políticos. Incluso la delincuencia común es un fenómeno político, pero déjeme hablar. Le estaba diciendo que la idea de que los ciudadanos son pasivos no se corresponde con la realidad. A todas las movilizaciones que le he mencionado hay que unir también la que se produjo el sábado en las calles de Bilbao, eso también es una reacción ciudadana a una arbitrariedad del Estado. Y eso sin contar las pequeñas organizaciones de barrio: no salen en la prensa, pero son esenciales para la regeneración del tejido social destruido por la crisis y la política neoliberal. Desde bancos de alimentos hasta microcompañías de teatro que hacen funciones en casas particulares. Todo eso indica que la gente no está parada.

P . Aún reconociendo lo que usted dice, ¿no le parece que esas iniciativas y movilizaciones de la ciudadanía son insignificantes si se comparan con la magnitud de la crisis económica y política que padecemos?

R. Dese cuenta de lo que ha dicho: Magnitud De La Crisis Económica Y Política Que Padecemos. Lo único que yo saco en claro de todo lo que está pasando es que cada vez somos más escépticos y que cada vez nos da más pereza hacer cosas en nombre de las Grandes Palabras, de los Grandes Conceptos, de los Grandes Relatos Épicos. Será difícil volver a rodear el Congreso para exigir La Apertura De Un Proceso Constituyente. Convoque usted ahora una manifestación Contra La Corrupción, a ver cuánta gente va. Y no es que los ciudadanos estén a favor de las comisiones ilegales; es que se han convencido de que manifestarse por eso es un gasto de energía estéril, que podría canalizarse de modo más provechoso. No es que nos estemos durmiendo, sino que nos estamos haciendo más pragmáticos. La gente da rienda suelta a su rabia como ha sucedido en Burgos, o acude a una manifestación como la de Bilbao sólo por causas tangibles: la destrucción de tu barrio en el caso del Gamonal o la torpe arbitrariedad del Estado prohibiendo una manifestación que se lleva celebrando años y años.

P. ¿No indica eso una cierta conformidad?

R. No es conformidad; es instinto de supervivencia. El nivel de podredumbre en el Estado es tan grande en todas sus instancias que acaba provocando una lógica anestesia defensiva. El empleado de la funeraria ya no siente el horror del primer día al preparar el cadáver ni el español medio siente hoy la misma indignación que cuando se enteró de que en Génova se repartían sobres con dinero negro. Ahorrar energía es una reacción de supervivencia. Si nos indignáramos con la misma virulencia por cada caso de corrupción que conocemos, perderíamos la salud.

P. ¿No cree usted que lo que ha sucedido en Burgos, esa indignación desatada, y lo que ha sucedido en Melilla —sea lo que sea—, puede ser un indicio de que está todo empapado en gasolina y de que solo hace falta que alguien encienda una cerilla?

R. No hace falta lo de Burgos ni lo de Melilla para saber que hay mucha gente desesperada. Lo que sí es cierto es que episodios como esos van erosionando poco a poco la capa protectora de hormigón armado que hemos construido entre todos alrededor de ese tabú llamado violencia.

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