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De la lejanía institucional a la realidad en los valles pirenaicos: una mirada cercana e inmersiva sobre el sector ovino

Granja de José Manuel
2 de marzo de 2026 06:02 h

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Son las 6:30 de la mañana, los primeros rayos de sol empiezan a colorear el horizonte mostrando el relieve de las cumbres cercanas. Suena la alarma que indica el comienzo de otro día en la vida de José Manuel, de otra jornada laboral que concluirá unas quince horas más tarde, cuando ya no quede ni rastro de los tonos anaranjados con los que el sol baña la Peña Montañesa durante los atardeceres. José Manuel desayuna mientras arregla un papeleo pendiente desde hace tiempo, se cambia repasando mentalmente las tareas de las que se tiene que ocupar hoy, se sube a la pick up y pone rumbo al lugar donde comienza esta historia: su granja. 

El Sistema Internacional de Unidades establece el metro como unidad básica de longitud, una medida vinculada hoy a la velocidad que recorre la luz en el vacío en 1/299 792 458 segundos, es decir, vinculada a una constante universal. Este sistema garantiza precisión técnica en todo el mundo, pero es inútil para medir ciertas distancias, como por ejemplo la distancia emocional. Aunque el sistema dicte que un hijo recién independizado está a 400 kilómetros de su hogar, la madre siente que la separación es mucho mayor. Es cierto que la tecnología, mediante una videollamada, por ejemplo, permite acortar esta distancia emocional que este sistema es incapaz de medir. Pero también hay que destacar que este avance tecnológico nos ha distanciado de las realidades presentes en lo natural y analógico.

El modelo de producción actual ha empujado a la mayoría de personas a concentrarse en núcleos urbanos cada vez más grandes, haciendo que, quienes hemos nacido en ciudades dominadas por el asfalto y el ladrillo, estemos muy alejados de todo lo que rodea al mundo rural y al sector primario. Ni siquiera la alta movilidad en vacaciones rompe esta brecha: el turismo actual premia la rapidez y lo superficial, impidiendo al turista absorber formas diferentes de relacionarse con el territorio.

José Manuel en su pick up a la entrada de Los Molinos

Es cierto que existen métodos que consiguen aproximarnos al entendimiento de mundos que desconocemos. Uno de ellos, sin duda, es acudir a dichos lugares con una actitud de respeto, con una posición que busque comprender a través de la escucha, la observación, la vivencia. Por ello, decidí irme a trabajar al lugar donde se desarrollan las actividades de un sector hasta entonces muy lejano para mí, pero de vital importancia en nuestro día a día. Me refiero a una granja y al sector de la ganadería. 

Entre bosques de robles, encinas y pinos, y bajo la atenta mirada de la Peña Montañesa, se encuentra Los Molinos, un municipio de menos de diez habitantes situado en la comarca del Sobrarbe, en el Pirineo oscense. A través de conversaciones que transitan entre la propiedad de los terrenos colindantes a la granja y explicaciones acerca de los árboles genealógicos de las familias que antaño habitaron estos parajes, fui introduciéndome a la vida de este lugar tan especial, comprendiendo poco a poco su idiosincrasia. 

A medida que me adaptaba a la rutina y las picaduras de pulgas invadían mis tobillos, me aproximaba gradualmente al modo de pensar de José Manuel, el ganadero con quien trabajé. Natural de Los Molinos, recuerda cómo desde bien pequeño estuvo ligado a la comarca, a la vida en el campo, a las ovejas... Heredó el oficio de su padre y, tras varias inversiones, consiguió levantar las dos naves con las que cuenta su granja y modernizar la maquinaria. Su apego a la profesión y al modo de vida que esta le permitía le llevó a formar una familia en el pueblo que le vio nacer.  

Pastoreo

A pesar de las diferencias tan marcadas de nuestros orígenes y de mis escasos conocimientos acerca de todo lo que rodeaba la actividad ganadera, percibía cómo la gran distancia entre nuestras perspectivas sobre el paso del tiempo o la forma de observar a los animales de la granja se iba acortando amanecer tras amanecer. Esta reducción de las distancias, forjada tras muchas horas de trabajo a su lado y enriquecida por las conclusiones extraídas de las conversaciones que iba teniendo con pastores de la zona, me permitió asimilar —aunque fuese parcialmente— la manera de pensar y de relacionarse con el entorno que caracteriza a los trabajadores del sector ovino en la comarca oscense. 

Al visitar distintas granjas ovinas y observar el trabajo de los ganaderos, se percibe que cada cual posee su propia metodología: la meta suele coincidir, pero el trayecto hasta alcanzarla varía según quien lo transite. Sin embargo, todos ellos escogen las mismas palabras cuando dan respuesta a esta cuestión: “¿Qué es lo que podrían hacer las autoridades para facilitaros la labor?”. “Deberían exigirnos mucha menos burocracia. Si quieren que podamos desarrollar nuestro trabajo con normalidad, tienen que aliviarnos cierta carga administrativa”, replican todos, como si fueran alumnos con una respuesta memorizada. 

La dependencia de la PAC

Para entender esta demanda, cabe señalar que la gran mayoría de estos ganaderos dependen de la Política Agraria Común (PAC), que regula las ayudas de la Unión Europea al sector agrónomo y supone alrededor del 35% de sus ingresos. La última reforma (PAC 2023-2027), presentada como “una política modernizada y centrada en los resultados” ha producido que la calidad de vida de los pequeños ganaderos y pastores, marcada por la falta de rentabilidad y la exigencia de atender el rebaño los 365 días, se haya visto un poco más mermada por el exceso de burocracia.

Labores en la granja

Es cierto que esta burocracia busca democratizar los procesos de asignación de las subvenciones, pero el tener que documentar minuciosamente cada actuación, desde los movimientos del ganado hasta las tareas rutinarias, supone una carga de trabajo que excede su disponibilidad de tiempo. Además, la rigidez de los requisitos impuestos desde los despachos europeos evidencia su distancia con la realidad ambiental: el retraso en la entrega de documentos o en la recolección de una cosecha puede implicar penalizaciones e incluso la pérdida total de la subvención.

A esta situación se suma la obligación de solicitar permisos para realizar tareas tan básicas como quemar aliagas o desbrozar un camino; “intervenciones imprescindibles para el desarrollo normal de las labores agrícolas y ganaderas, ya que permiten mantener los alrededores de las explotaciones limpios y sanos”, subraya José Manuel. Estas prácticas, transmitidas de generación en generación, corresponden a un conocimiento afinado durante décadas. Reconocer su valor no impide incorporar mejoras tecnológicas o científicas, pero sí debería evitar que se sustituyan por políticas rígidas que tienen como resultado una disminución notable en el número de explotaciones destinadas al sector ovino, integradas con el paisaje y sus ritmos, y un empuje hacia ganaderías con animales que permiten la rentabilidad a través de la intensificación. 

Trabajos en la granja

La conversión de la ganadería en mera industria choca frontalmente con los mensajes ecologistas de la UE, ya que refuerza un modelo productivo que deja en segundo plano los beneficios medioambientales vinculados a la ganadería extensiva y aumenta la posibilidad de la desaparición de productos autóctonos como podría ser el Ternasco de Aragón. Y es que, la ganadería extensiva mantiene el equilibrio de los ecosistemas rurales. “La trashumancia y el pastoreo ayudan a limpiar el monte, a reducir el riesgo de incendios, aportan abono natural y regulan la vegetación sin destruirla”, señalan los pastores. Además, reduce la dependencia de piensos industriales y químicos, traduciéndose en una menor contaminación de suelos y aguas. 

A pesar de estos beneficios, los productos obtenidos de dicha ganadería apenas reciben incentivos institucionales y se ven obligados a competir con productos importados de países que tienen un menor precio en el mercado ya que no se rigen por tantos estándares ambientales y, por lo tanto, tienen un menor coste de producción. Todo lo descrito anteriormente, sumado a la caída del consumo nacional de ovino —de cinco kilos por habitante en 2020 a menos de uno en la actualidad—, genera un escenario claro: la pérdida de un modelo, el de la ganadería extensiva, y de un oficio, el de pastor.

Relevo generacional 

En la mirada de aquellos que observan los parajes agrestes desde la perspectiva del hogar se adivina el temor a que dichas montañas dejen de ser el escenario de las vidas de sus descendientes. La incertidumbre causada por la ausencia de un relevo generacional claro es uno de los motivos de tristeza que más pesa sobre los pequeños ganaderos y pastores de hoy en día. Y es que el avance social ligado a la era tecnológica que estamos viviendo ha provocado que ciertos valores y maneras de entender la vida también hayan impregnado el pensamiento de quienes han crecido en entornos rurales. Además, las condiciones sociales de vida que ofrecen ambos oficios, que exigen dedicación casi total y apenas conceden descanso para unas vacaciones regulares y cuya estabilidad económica rara vez está asegurada, no resultan atractivas para el tejido más joven de nuestra sociedad. 

José Manuel alimentando un cordero

Conscientes de esta situación y con el fin de preservar el pastoralismo ovino, nacen proyectos como el de BEEP (BioEconomía forestal para potenciar el Pastoralismo en los Pirineos). Dicha iniciativa, liderada por gente local relacionada con la profesión, que cuenta con el apoyo del Ministerio para la transición Ecológica y el Reto Demográfico y de planes financiados por la UE, pretende resolver el problema del relevo generacional mediante medidas como la difusión de los valores culturales y ecosistémicos de la ganadería extensiva o mediante figuras como la del pastor compartido. Esta última propuesta pretende encontrar una solución al problema surgido por la poca atracción que generan las condiciones casi esclavistas de la profesión. Según comentaba José Manuel, “hay pastores que llevan más de 15 años sin vacaciones y sin faltar ni un solo día al trabajo”. El pastor compartido es un asalariado que rota entre tres ganaderías diferentes, haciendo así que los pastores principales de dichas ganaderías tengan la posibilidad de conciliar el trabajo con la vida familiar, puedan tener vacaciones o cuenten con un apoyo puntual en caso de caer enfermos. 

Granja de Los Molinos

En definitiva, no se trata solo de ajustar cuotas o pagar ayudas: es cuestión de recuperar cercanía en las políticas —decisiones hechas con y desde el campo—, de facilitar que los ganaderos y pastores puedan integrarse en las dinámicas de la vida contemporánea, y de entender la ganadería como una actividad vinculada a ecosistemas complejos, no como una simple unidad productiva. Es obvio que el papel de la UE ha sido y es fundamental en la conservación del sector primario, pero la situación que atraviesa la ganadería requiere de una mayor empatía con el sector y un cambio en el pensamiento vinculado al modelo actual. Porque, según afirman desde el sector, “aquellas personas que se vayan a incorporar en el futuro están obligadas a tener un número ingente de animales para recibir ayudas, y, aun así, es posible que nunca lleguen a recibir la PAC, puesto que es muy complicado hacerse con las tierras necesarias que te permiten recibir dicha subvención”. Y es que, en España, si no heredas las instalaciones y los terrenos a los que va ligada la ayuda europea, resulta prácticamente imposible hacer frente al gasto inicial que supone comenzar una explotación ganadera. Mantener viva la producción local y posibilitar que sigan surgiendo personas como José Manuel pasa por impulsar el relevo generacional revisando y distribuyendo la propiedad de los terrenos destinados a las actividades ganaderas, a la vez que se trabaja por mejorar las condiciones del oficio. 

Son muchas las señales que nos indican que la profesión del pastor ovino está desapareciendo y son muchas las señales que nos indican que esta desaparición trae consigo una serie de peligros ambientales que afectan a nuestros bosques y a los parajes que se encuentran alrededor de aquellos lugares donde se lleva a cabo la vida rural. A día de hoy, parece que solo nos enfrentamos a los problemas cuando el sistema internacional es capaz de medirlos. Es decir, vemos el problema cuando somos conscientes del número de hectáreas que se han perdido tras un incendio o cuando nos hablan con datos sobre la reducción de la capa de ozono, pero obviamos todas aquellas problemáticas previas que se escapan al control de este sistema y que nos indican qué sucederá en el futuro. Es necesario, por tanto, que volvamos a acercarnos a ciertos modos de vida y que volvamos a aproximarnos a profesiones que resultan vitales para la sostenibilidad de nuestras sociedades. Que nos alejemos un poco de todo aquello que pretenden imponernos desde el sistema que impera en las grandes ciudades y nos acerquemos más a la realidad de quienes viven en contacto con la tierra, con los alimentos, con la naturaleza. 

Animales de la granja
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