Lo sabíamos
Sabíamos que se puede llegar tarde yendo a 300 km/h y pronto yendo en bicicleta, porque la puntualidad no tiene nada que ver con la velocidad. Sabíamos que la prisa es mala consejera. Que si el avión cae no te salva ir en primera, que hay caminos por los que no se va a ninguna parte, a ninguna que sea buena. Sabíamos que todos los oráculos decían lo que queríamos oír, que el hecho de que nos permitieran hablar no significaba que nos dieran la palabra y que cuando decían progreso nosotros oíamos «mejor», pero ellos querían decir «más». Sabíamos que no debimos dar ningún paso atrás si no pensábamos dar dos adelante, que no era bueno agachar tanto la cabeza, que no era verdad que los pobres de espíritu, los que lloran, los que tienen hambre y sed de justicia o los limpios de corazón heredaran nada por eso, y mucho menos el reino de los cielos. Sabíamos, teníamos que saberlo, que había algo profundamente equivocado en el hecho de que cada uno tuviera que ganarse una vida que decían que era suya, y también que la supervivencia se hubiera convertido en un asunto estrictamente personal. Sabíamos que no trabajábamos para vivir, sino que vivíamos para trabajar, que no trabajábamos para nosotros, sino para el demonio. Sabíamos que quien quiere la paz no se prepara para la guerra, a no ser que mienta o haya perdido la razón. Sabíamos que había algo profundamente antidemocrático en la costumbre de imponer la democracia confiscando buques petroleros, imponiendo embargos, desatando guerras o provocando golpes de estado, que no íbamos a Irak o a Afganistan a llevar la democracia, que tampoco era ese el motivo por el que aquellos otros habían ido a Corea, a Indochina o Libia. Siempre hemos sabido que no es la falta de democracia lo que les preocupa o nos preocupa de Cuba, Venezuela, Siria o Iran, como sabemos ahora que el único estado «democrático» de Medio Oriente es un estado genocida.
Sabíamos que la deslocalización de las empresas era un suicidio, que era pan para hoy y hambre para mañana, plusvalía ahora y deuda después, pero lo consentimos. Sabíamos que no todos nos podríamos limpiar el culo con papel de tres capas, no habría bastantes árboles en los bosques, y por eso confiábamos en que los chinos y otros pelagatos nunca lo hicieran, aunque sabíamos, estaba escrito, que los fabricantes de rollos de papel higiénico lo iban a intentar, está en su naturaleza. Sabíamos que era mala idea aceptar la sospechosa amabilidad de los bancos, que de sirvientes han pasado a dueños y están ahora mismo a punto de ejecutar el truco de magia definitivo consistente en hacer desaparecer el dinero en la humareda digital, pero nos encogimos de hombros. Sabíamos que era un error poner nuestra salud en manos de las aseguradoras o la educación de los niños en manos de quienes apelan a los cielos para dominar la tierra, pero nos dio igual. Sabíamos que no estaba claro ceder nuestras habilidades y la competencia sobre nuestros asuntos a todo tipo de apoderados, intermediaros y comisionistas virtuales, pero hicimos como quien no se da cuenta y ahora mismo estamos comenzando a delegar en un mecanismo fantasmal llamado IA la función misma de pensar. Sabíamos que no era bueno autorizar el acceso a unos desconocidos a nuestros recuerdos, a nuestros documentos, a nuestro historial de navegación, a nuestros datos biométricos, pero por alguna razón lo hicimos de buen grado. Sabíamos que con la retórica de la libertad nos estaban colocando un cencerro al cuello, pero celebramos la idea. Sabíamos que la felicidad no es algo que excreta el cuerpo más o menos a voluntad, que no es como la mierda, pero hemos conseguido que ambas cosas se parezcan. Sabíamos que los emojis mentían, que tanto pulgar arriba, tanto corazoncito, tanta carita sonriente y tanto aplauso era una impostura, pero cambiamos dócilmente la arquitectura compleja de nuestros sentimientos por una emotividad prefabricada que se expresa a través de una jerga subnormal, sustituimos la ira, el entusiasmo, el llanto o la risa por unos pueriles glifos digitales que dispensamos de manera expeditiva, funcionarial. Y mientras dábamos nuestra conformidad a todo eso mirando las pantallas con la cabeza gacha, consentimos que, entre otras muchas cosas, nos privatizaran el espacio, de modo que ahora mismo estamos unidos a través de un cordón umbilical cibernético a los cerca de 15 000 satélites artificiales que dan vueltas sobre nosotros. De ellos, unos 9 600 pertenecen a un particular llamado Elon Musk, muchos más que la suma de todos los artefactos orbitales de propiedad estatal; hay que leer bien el dato para intentar explicarse cómo hemos llegado a esta situación; ahora el de Amazon se ha metido también en el negocio.
Hemos canjeado nuestra intimidad por una supuesta comodidad, nuestra capacidad de control por una falsa sensación de seguridad, nuestro sentido crítico por un triste consenso de corral. Hemos sabido todo el tiempo que nos la estaban metiendo hasta la cruz, pero decidimos disimular. Y ahora toca escenificar el desencanto, la farsa culpable del darse cuenta. El paisaje se está llenando de gente a la que se le acaba de caer la venda de los ojos. En especial, ciertos tirillas de la república literaria que al final de su recorrido profesional se percatan de que su ideario conciliador, aparte de un pedestal al que subirse sin demasiado esfuerzo, no era más que un vademécum para soportar —en los dos sentidos, tolerar y mantener— un sistema económico que se levanta sobre la virtud de la codicia, la desigualdad como precepto, la acumulación compulsiva de capital, la insolidaridad institucionalizada, la rapiña de las naciones, la apropiación descontrolada de recursos naturales o la necesidad irracional de crecer ilimitadamente. Demasiado para no ser visto. La cantinela nos suena, suena a tópico y nos deja fríos porque lo sabíamos, porque lo sabemos y nos da igual. Podemos disimular todo lo que queramos, que lo cierto es que nos hacemos los suecos porque en el fondo y en la práctica estamos de acuerdo, somos las víctimas complacientes de un sistema que no acepta que le pongan bridas y que en estos momentos está desbocado, va campo a través con el príapo tieso y al aire y no hay iniciativa reformista que lo meta en la cuadra. Ya nos lo dicen ellos. «Puedes hablar todo lo que quieras de sutilezas internacionales y de todo lo demás, pero vivimos en un mundo gobernado por la fuerza, por el poder: estas son las leyes de hierro del mundo», decía hace poco en la CNN Stephen Miller, subjefe de gabinete de la Casa Blanca. Los que tienen la sartén por el mango están convencidos de que pueden prescindir de todo ropaje teórico, de toda coartada. Ni derechos humanos ni derecho internacional ni hostias. Siempre han pensado así, pero ahora mismo sienten que ya pueden decirlo y hacerlo, ya pueden olvidarse del engorroso soft power, las martingalas para someter voluntades a través de la cultura de masas, e ir directamente al grano.
Fuerza, no narrativas. Cuanto más tardemos en darnos cuenta de que el mundo en el que todavía creemos vivir ya no existe, peor será. El Estado hace tiempo que dejó de ser soberano, y cualquier intento por mantener esa ilusión es políticamente engañoso. Los poderes públicos que quedan en pie ya no son capaces de revertir ni controlar la situación aún en el caso de que quisieran, lo que lleva a pensar que no bastará con reconquistarlos, por muy necesario que parezca. Habrá que cambiar algo para que todo cambie. Casi todas las instituciones y herramientas tradicionales de la acción política se han vuelto tan irrelevantes y están tan contaminadas e intervenidas que cuesta creer que alguna vez puedan ser recuperadas o que hacerlo sea suficiente para desviar la trayectoria suicida del mundo. Son un producto histórico, nacieron de la coyuntura creada por las dos guerras mundiales y la revolución y el interludio fascista que sacudieron el siglo XX, y, en definitiva, son las que nos han traído hasta aquí, hasta un escenario muy diferente a aquel otro del que surgieron. Si nuestra manera de relacionarnos con el planeta y entre nosotros no cambia, nada cambiará. Imaginar el futuro se ha vuelto muy difícil, y planear una estrategia eficaz para encararlo, mucho más. No hay nudo gordiano que sea fácil de desatar y estamos frente a uno especialmente complicado. Hará falta mucha habilidad y también mucha fuerza para deshacerlo. Tanta, que asusta pensarlo.
Sobre este blog
No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.
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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.
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