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Sobre este blog

No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

Fermi, Oppenheimer y los demás

Tendiendo la colada. Fotomontaje.

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Estábamos en el centro del estadio del Levante, entrevistando a Jerome Isaac Friedman. Habíamos esparcido por todo el campo, a su alrededor, unos cuantos balones de fútbol que cumplían una función alegórica, representaban las partículas subatómicas cuyo estudio le había valido el premio Nobel. La entrevista era para un documental proyectado en un principio para Canal 9, que solo se pudo acabar casi seis años más tarde para À Punt, porque nos pilló en medio el cierre de la cadena autonómica por parte del PP. Una parte esencial de la entrevista giraba sobre la búsqueda del bosón de Higgs, todavía hipotético, un tema sobre el que se había creado en aquellos momentos una gran expectación. Cuando por fin se emitió el programa, hacía un casi lustro que en el CERN habían confirmado su existencia. Al menos, la de una partícula muy parecida. En un momento dado le pregunté a Friedman sobre la posibilidad de que no lo encontraran. «No importa, encontraremos otra cosa», contestó acompañando sus palabras de una amplia sonrisa. Estaba claro que para él era más importante la búsqueda que el hallazgo. El hombre se mostraba encantado. Encajaba en el arquetipo de científico afable y bondadoso que disfruta haciendo divulgación fuera del púlpito académico. Su semblante solo se ensombreció, no sé si de manera totalmente sincera o a la manera de los locutores de televisión, que impostan el gesto según el carácter de la noticia, cuando salió a colación el tema de la bomba atómica. Él no había intervenido en su fabricación, en aquel entonces solo tenía quince años, pero había trabajado posteriormente con Enrico Fermi, que sí que estuvo implicado, y mucho, en aquel asunto. Preguntado por lo que pensaba Fermi de todo aquello, dio la previsible respuesta. Seguramente no hay ninguna otra que sea exculpatoria. «¿Qué hubierais hecho vosotros de saber que los nazis tenían muchas posibilidades de conseguirla?», dijo antes de afirmar que eso fue lo que empujo a Fermi a participar en el proyecto Manhattan. Recuerdo con mucha simpatía a Friedman, ateo convencido y firmante del tercer Manifiesto Humanista, pero su respuesta me recordó el modo como el cura que nos daba clases de religión allá por los años sesenta cortaba a quienes intentaban abrir un debate mínimamente racional sobre cuestiones doctrinales. Cuando la cosa se le ponía complicada decía: «Pero, vamos a ver, ¿usted cree o no cree en Dios?». Tema zanjado, a ver quién decía que no. Pues eso, a ver quién iba a querer que los nazis se hicieran con aquella monstruosidad. Igual les daba por utilizarla.

Lo cierto es que no consta que Fermi se sintiera especialmente angustiado por las consecuencias de sus descubrimientos. Nunca se arrepintió de manera fehaciente. Según su hija, su padre estaba convencido de que la bomba era una consecuencia inevitable de las investigaciones sobre el átomo, y todo indica que su postura era la del científico que prioriza el avance del conocimiento por encima de cualquier consideración ética. Se le atribuye una frase que seguramente es apócrifa, pero que define bastante bien ese punto de vista. «¡No me molestes con tus escrúpulos de conciencia, [la bomba] es física magnífica!», le habría dicho, supuestamente, a otro físico más pusilánime que él. Otro colega suyo, Emilio Gino Segré, dijo, y eso sí que está bien documentado, que «a veces pienso que Fermi creía que, cuando el ruido y la emoción del momento hubieran quedado en el olvido, solo la física perduraría y afirmaría su valor perenne». Y esa creo que es la cuestión. Dicho de modo algo más pedestre: el muerto al hoyo y el vivo al bollo, los seres humanos somos históricamente irrelevantes y los descubrimientos de la física bien valen diez hiroshimas y otros tantos nagasakis. Con el tiempo, lo que les pasó a esas dos ciudades quedará tan lejos como lo que pasó en Troya, será historia antigua, esa amalgama de verdad y ficción en la que todos los horrores se disuelven. La física, sin embargo, no habrá dejado de avanzar y de proclamar nuevos éxitos.

Poner en cuestión la tarea científica es un tabú en los círculos ilustrados, es reaccionario. Y puede que sí, tal vez la mayor parte de las veces lo sea, pero no hay nada más reaccionario que aceptar la existencia de vacas sagradas. La ciencia básica, dicen, es amoral, y lo moral o inmoral es el uso que algunos hacen de ella. Pero la investigación no se desarrolla en el vacío, sino en un clima cultural específico impregnado de valores que permean toda actividad humana y, sobre todo, con financiación ligada a intereses muy concretos. Es algo que normalmente se esconde, pero cuando conviene bien que nos recuerdan que Internet, el GPS, el microondas o las prótesis biónicas existen gracias a la guerra. Como si no se hubieran podido inventar si no fuera con fines militares o como si para hacer guerras no hubieran detraído recursos dedicados a la investigación en frentes más teoréticos. Cualquier científico es capaz de prever el posible uso dañino que puede hacerse de sus descubrimientos. Lo sabían quienes estaban empeñados en liberar la energía que contienen los átomos y lo saben quienes, por ejemplo, trabajan ahora mismo en el campo de la neurociencia, la computación o la genética. Entre la ciencia básica y el utilitarismo tecnológico hay una relación de continuidad que ningún científico puede ignorar. Pero, si no lo ignoran, en general disimulan muy bien, hacen como el niño que destripa el reloj del abuelo convencido de que lo podrá volver a montar, o como el pirómano que no puede evitar iniciar un fuego que luego, hipócrita o sinceramente arrepentido, tanto da, se apuntará a apagar encabezando la brigada de extinción si hace falta. Así fue cómo, al acabar la II Guerra Mundial, muchos de los integrantes del proyecto Manhattan se convirtieron en activistas contra el uso militar de la energía atómica. A buenas horas. El resultado está a la vista. Desde entonces, vivimos bajo la amenaza de una extinción plausible y absurda. Antes hasta los gatos querían zapatos. Ahora quieren armamento nuclear. Sin él todos nos sentimos indefensos. Todos queremos permitirnos la bravata apocalíptica. Sabemos que la destrucción del enemigo implica la nuestra, y eso, sorprendentemente, nos parece razonable. La bomba ha transformado la lógica humana de la supervivencia, la ha convertido en pura locura. El hombre, una criatura que aspira a la inmortalidad, ha creado el arma que posibilita, que asegura, más bien, su destrucción definitiva. Decían que querían evitar que la bomba cayera en manos de los nazis. Una ingenuidad, en el mejor de los supuestos. ¿Cómo de nazi es matar premeditadamente, de un par de tacadas instantáneas, a dos o trescientos mil civiles indefensos, que es lo que hizo entonces el ejército norteamericano? En todo caso, la bomba, tarde o temprano, habría de caer en manos de una eventual cepa de asesinos. El mero hecho de tenerla acerca a cualquier grupo a esa condición. La única manera de evitarlo era no construyéndola. 

Oppenheimer, de Christopher Nolan, la que fue película del año en 2023 no es ninguna maravilla cinematográficamente hablando, pero revela algunas cosas interesantes. Como, por ejemplo, lo mucho que se esforzó Robert Oppenheimer, el físico que reclutó a Fermi para trabajar en el laboratorio secreto de Los Álamos, para autoconvencerse, absurdamente, de que si hacían explotar la bomba sobre el Japón —los nazis ya se habían rendido—, eso pondría fin a todas las guerras, no solo aquella que todavía estaba en curso. Por un lado, necesitaba justificarse, y por otro, creer que podía volver a meter dentro del frasco el ilimitado poder de destrucción que había desatado. Y no menos interesante es lo que revela la conversación que mantienen en la película el presidente norteamericano Truman y Oppenheimer. «Siento que tengo las manos manchadas de sangre», dice el físico tras la exitosa masacre atómica. Y Truman le contesta: «¿Usted cree que a alguien, en Hiroshima o Nagasaki, le importa una mierda quién creó la bomba? … Les importa quién la lanzó. Y fui yo. Lo de Hiroshima no tiene que ver con usted». En esa escena el político se presenta ante el científico «llorón» —así lo llama— como un Cristo dispuesto a cargar con todas las culpas. A Oppenheimer, a Fermi y a todos los demás debía quedarles claro que los asesinos de masas no eran ellos, sino otros con más cuajo. Los tenían calados, los tienen calados a los pobres científicos. Detener a los nazis había sido un objetivo lo suficientemente noble para vencer sus reservas éticas y exacerbar su curiosidad epistemofílica, para conseguir que fueran más allá de lo razonable llevados por su irreprimible necesidad de saber. Les habían suministrado los medios, les habían financiado y les habían dado una coartada perfecta, y ellos se lo habían pasado en grande destripando átomos. Ahora tocaba limpiarles la conciencia, liberarles de sus remordimientos para poder seguir explotando su potencial. Posteriormente a la tragedia de Hiroshima y Nagasaki, Fermi empezó oponiéndose a la construcción de bombas termonucleares, pero acabó colaborando también en su desarrollo, aun sabiendo que eran mucho más destructivas que las primeras que habían fabricado. Lo dijera o no, la tarea de construir bombas era una «física magnífica» a la que no podía resistirse. A diferencia de otros, más proclives al autoengaño, Fermi era muy consciente de lo que había hecho y también de lo que no podía dejar de hacer porque estaba en su naturaleza. Y de ahí surge su famosa paradoja, la llamada teoría Fermi. Según él, cuanto más avanza una especie, cuanto más avanza su tecnología, más aumentan las posibilidades de que se autodestruya antes de que alcance el nivel necesario para contactar con cualquier especie avanzada de cualquier otro planeta. Esa es la razón por la que no hay evidencias de la existencia de civilizaciones extraterrestres a pesar de la alta probabilidad de que las haya. Todas están condenadas a morir solas, si no a causa de una catástrofe sobrevenida, por su propia mano. Hay, finalmente, otro apunte interesante en la película de Nolan. Durante los primeros ensayos para conseguir la bomba, algunos físicos habían planteado la remota posibilidad de que, una vez iniciada la reacción en cadena, esta no se detuviera y se incendiara toda la atmósfera, lo que supondría el fin del mundo. En su momento no ocurrió, no como lo habían temido, pero al final de la película, el personaje de Oppenheimer, humillado por el poder político y vista la imposibilidad de impedir la proliferación nuclear, empieza a sospechar que, si bien de un modo diferente al imaginado, esa ignición global efectivamente había dado comienzo y había pocas esperanzas de pararla.

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No sabemos muy bien adónde vamos, nunca lo hemos sabido, aunque a veces hemos creído que sí. Pero hasta aquí hemos llegado y desde aquí partimos cada día para intentar llegar a algún otro sitio, procurando no perder la memoria y utilizando el sentido crítico a modo de brújula. La historia —es decir, los que se apropien de ella— ya dirá la suya, pero mientras tanto nos negamos a cerrar los ojos y a dejar de usar la palabra para decir la nuestra. En legítima defensa.

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No sabem ben bé a on anem, mai no ho hem sabut, encara que de vegades hem cregut que sí. Però fins ací hem arribat i des d’ací partim cada dia per a intentar arribar a algun altre lloc, procurant no perdre la memòria i utilitzant el sentit crític a tall de brúixola. La història —és a dir, els que se n’apropiaran—ja dirà la seua, però mentrestant ens neguem a tancar els ulls i a deixar de fer servir la paraula per a dir la nostra. En legítima defensa.

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