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Incursión en la Laponia sueca

Recorrer en coche los 1.200 kilómetros que separan esta zona de Estocolmo y desviarse, en ocasiones del camino recto, permite descubrir algunos de los paisajes más bellos del país nórdico

En Jukkasjärvi, donde los adultos se maravillan con el famoso Hotel de Hielo, los niños disfrutan dándo de comer a los renos  que se crían en un campamento sami

Llegar hasta la aldea-iglesia de Gammelstad, en Luleå, permite retroceder 500 años en el tiempo y observar cómo el culto religioso dio pie a un lugar declarado desde hace años Patrimonio de la Humanidad

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Los Alpes escandinavos, la cordillera cercana a Noruega, que cuenta con dos fabulosos parques nacionales / V. S.

Alpes escandinavos, la cordillera cercana a Noruega, que cuenta con dos fabulosos parques nacionales / V. S.

Has volado a Suecia. Estás en Estocolmo. Has pasado unos días recorriendo la ciudad y posiblemente te has acercado a alguna otra localidad próxima como Sigtuna o Uppsala. Te queda tiempo y quieres descubrir más. Y obviamente se te pasa por la cabeza Laponia. Tan cerca y tan lejos. ¿Te atreverás? Echas un vistazo al mapa. La distancia asusta un poco, sí, pero es una incursión perfectamente factible.

Hay varias formas de llegar a Laponia desde Estocolmo. Una es el vuelo interno, que tiene la ventaja de la rapidez y el inconveniente del precio. El tren es un poco más barato pero mucho más lento. Y queda la carretera. Norrland, la provincia lapona sueca, es un territorio extenso donde lo que menos importa son sus ciudades, así que no sirve de nada volar o tomar el tren hasta Kiruna, la ciudad más al norte, si luego no se alquila un vehículo y se dispone de varios días para hacer kilómetros. Mal por mal, pues, cogemos el coche desde Estocolmo y nos dirigimos al norte.

Son unos 1.200 km, o sea que se pueden recorrer en dos tramos sin problemas. Sin embargo, si se dispone de tiempo, vale la pena hacerlo en más días y aprovechar que la autovía transcurre muy cercana al litoral del golfo de Botnia para ir realizando paradas. El paisaje desde la autovía no tiene nada de especial. Mucha gente suele comentar que es básicamente monótono, porque el terreno es totalmente plano y los bosques boreales no te dejan ver prácticamente nada más que árboles y más árboles. En cambio, desviándose sólo unos kilómetros aquí y allá se llega a lugares realmente preciosos.

Golfo de Botnia

La excursión por el golfo de Botnia, si la podemos llamar así, se puede entender a partir de Hudiksvall, una ciudad pequeña o pueblo grande suficientemente alejado ya del área de influencia de Estocolmo. Destacan las antiguas casas de los pescadores que se encuentran en la zona portuaria. De aquí salen cruceros por el golfo, pero nosotros seguimos norte, pasamos Sundsvall y nos desviamos por la llamada Costa Alta (Höga Kusten), considerada el paraje más espectacular de todo el litoral sueco. Es patrimonio de la Humanidad.

La zona es más extensa de lo que aparenta; para recorrerla a fondo habría que echarle casi todo el día, pero en cualquier caso hay que conducir hasta encontrar el mar, donde se asientan dos tranquilos pueblos de pescadores llamados Barsta y Bönhamn. Calma absoluta y magníficas vistas. Algunos quizás no pasen de aquí, ya que es un lugar idóneo para los que buscan desconectar de todo.

Bonhamn, un pueblo de pescadores en la Costa Alta sueca / V. S.

Bonhamn, un pueblo de pescadores en la Costa Alta sueca / V. S.

Pero nosotros seguimos norte en dirección a la ciudad universitaria de Umeå (donde hemos pensado pasar la noche). Un poco antes de llegar, podemos desviarnos hacia la Reserva Natural de Bjuröklubb, uno de los varios istmos que rompen la línea de costa y un excelente lugar para mochileros. Nuevamente, parece pequeño y engaña. El enclave invita al senderismo, hay rutas largas, medianas y cortas, depende únicamente del tiempo de que uno disponga hasta llegar al faro desde donde, en días claros, se puede intuir en el otro lado la costa finlandesa; el paisaje es una delicia.

La tierra de los Sami

Superada Umeå, un centenar de kilómetros más al norte llegamos a Skelletfeå, ciudad que, ahora sí, ya se puede considerar la puerta de entrada a la Laponia sueca. A partir de aquí, ya tenemos que tomar una decisión trascendental: o nos dirgimos al oeste, hacia el interior, o seguimos hacia el norte por el litoral y ya viraremos más adelante. Ambas opciones son válidas.

El caso es que entramos en Laponia y hemos llegado hasta aquí atraídos por dos motivos: disfrutar del paisaje y adentrarnos en la cultura sami. Lo primero es relativamente fácil, si bien hasta que no pasamos la línea del círculo polar ártico y llegamos a cotas más elevadas, no encontramos el típico paisaje de tundra. De momento, todos son bosques de coníferas, y de vez en cuando, algún lago.

Más adentro, y más arriba, cerca de la frontera con Noruega, hay dos majestuosos parques nacionales, Sarek y Abisko, que forman parte de la misma cordillera. Los mapas la llaman los Alpes escandinavos, si bien es un nombre algo grandilocuente: por altitud sería más apropiado los Pirineos escandinavos.

Dos advertencias sobre la conducción. Primero: no es extraño encontrarse un reno o un rebaño de renos en el arcén o en la misma carretera. De hecho, es tan habitual que los suecos ni los miran; reconoces a un turista cuando, como tú, ha ralentizado la marcha al pasar cerca de un reno. Segundo: todo lo dicho hasta ahora vale para la temporada de primavera-verano, cuando no hay nieve ni hielo en las carreteras, o sea que no hay mucho tráfico, pero sí bastantes obras de reparación de lo que el crudo invierno ha dañado.

Los renos son visitantes habituales de los arcenes en las carreteras laponas / V. S.

Los renos son visitantes habituales de los arcenes en las carreteras laponas / V. S.

Volvemos al segundo objetivo: la cultura sami. Este es más difícil de lo que parece. Los Sami, que están considerados como el único pueblo indígena europeo, son caros de ver. Al fin y al cabo, en total son unos 80.000 y se reparten entre cuatro países (Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia).

Parece que el principal núcleo habitado sami es... ¡Oslo!, donde viven alrededor de tres mil. O sea que para adentrarse en la cultura sami no hay más remedio que ponerse el sombrero de turista (tampoco hace falta todo el uniforme de coronel Tapioca) y pagar para entrar en alguna de las escasas atracciones sami que hay por la región.

El principal museo sami se encuentra en la localidad de Jokkmokk, bastante al norte. El museo es didáctico y explica bien su historia y tradiciones, pero no deja de ser un espacio artificial formado por figuras de cartón piedra y audiovisuales en sami (lengua cercana al finés) y sueco. O sea, ininteligibles.

Mucho antes, en una localidad llamada Svansele (unos kilómetros al noroeste de Skelletfeå), hay un centro de fauna salvaje donde, además de una exposición de animales boreales, se puede comer carne de reno y de ante cocinada a la manera tradicional. Y muy cerca hay una granja de huskeis donde una familia francesa organiza rutas de senderismo con los perros.

Kiruna y Jukkasjärvi

Casi tocando Kiruna, en Jukkasjärvi, hay un campamento sami donde, aparte de escuchar historias en primera persona de criadores de renos sami, a determinadas horas del día se puede entrar a dar de comer a los animales. Los niños alucinan. Es posible que haya otras alternativas... Pero no muchas más. Estamos demasiado lejos de la sociedad de masas. Ni siquiera en temporada alta en cualquiera de estos lugares llegan más de cuatro o cinco familias de turistas a la vez.

De camino al Círculo Polar Ártico / V. S.

De camino al Círculo Polar Ártico / V. S.

Ya que estamos, en Jukkasjärvi es donde se encuentra también el famoso Ice Hotel (Hotel de Hielo). En las fotos parece espectacular, pero, claro, sólo se puede ver en invierno. El hotel se deshace en verano y se reconstruye en invierno con los bloques de hielo que van sacando del lago que hay al lado. De hecho, se puede pasar la noche en él, pero la mayor parte son visitantes que entran para pasar un rato, o los huéspedes de los bungalows de madera del hotel (estos sí, abiertos todo el año).

En la ciudad minera de Kiruna hay que hacer dos cosas: visitar la mina de hierro, que según dicen es la más grande del mundo –la visita dura horas, pero vale la pena–, y subir en coche el montículo que abriga la ciudad, ya que es uno de los pocos lugares con vistas de la zona. Aquí los puntos elevados escasean. Cerca de Gallivare, localidad que se encuentra a medio camino entre Kiruna y Jokkmokk, hay otro, el monte Dundret, donde en verano a partir de las once de la noche sirven cafés y waffels para los que suben a ver el sol de medianoche.

Gammelstad y Haparanda

Pero hemos dejado el camino del litoral y es una lástima, porque llegando hasta Luleå encontramos otro enclave que es Patrimonio de la Humanidad, la aldea-iglesia de Gammelstad, un lugar muy curioso porque está prácticamente igual a como era hace 500 años: una iglesia donde toda la gente de las comarcas de alrededor se encontraba cada año para celebrar los días de culto más importantes, y donde, debido a las difíciles comunicaciones, se fueron construyendo casetas que eran de uso y disfrute para el primero que llegara. Las casetas siguen rodeando la iglesia, si bien la mayor parte ya tienen escritura de propiedad.

La aldea-iglesia de Gammelstad, declarada Patrimonio de la Humanidad / V. S.

La aldea-iglesia de Gammelstad, declarada Patrimonio de la Humanidad / V. S.

Si siguiéramos más arriba por el litoral llegaríamos a Haparanda, la ciudad limítrofe con Finlandia, que precisamente por tratarse de uno de los principales puntos de entrada y salida del comercio con Finlandia y Rusia se ha convertido en una localidad muy dinámica. Para los amantes del golf, una curiosidad: el campo local cruza cuatro veces la frontera entre los dos países y se puede jugar (previa reserva) bajo el sol de medianoche.

Vueling ofrece vuelos diarios desde Barcelona a Suecia.

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