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Lara Bosch, el dueño displicente

José Manuel Lara Bosch era posibilista. Y esto lo hacía extrañamente diferente.

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José Manuel Lara Bosch era posibilista. Y esto lo hacía extrañamente diferente. Se ha comentado ampliamente su táctica de jugar siempre a ganador invirtiendo en productos aparentemente contrarios (periódicos, cadenas de televisión). Como si no lo hicieran todas las grandes empresas multinacionales del mundo mundial. La suerte que hemos tenido es que el posibilismo le ha llevado, entre otras acciones, a salvar a la editorial catalana Grup 62 por la vía de la absorción progresiva cuando no le hacía ninguna falta. Lo hizo porque prácticamente se le imploró. Al igual que cuando metió dinero en el diario Avui . Y él lo aceptó casi con displicencia. Nunca nadie le oyó decir qué orgulloso y qué contento estaba de salvar al grupo 62 o el diario Avui. Y eso es de agradecer. No lo dijo porque no lo sentía. Pero lo hizo. Y lo hizo, entre otras razones, porque, aparte de conquistar la parte de imagen correspondiente, le interesaba comercialmente.

Los estamentos oficiales de nuestro país no le pidieron que salvara una empresa de longanizas de Vic sino que invirtiera en su sector. También dijo que si Catalunya era independiente se iría con sus empresas. No es ninguna tontería. Cuando Cataluña sea independiente, habrá muchos problemas relacionados con el nuevo status quo de las empresas. Y más de una se irá. Al grupo Planeta no le costaría nada irse de Catalunya. Al señor Freixenet le costaría más arrancar las viñas y llevárselas, pero también lo podría hacer. Lara Bosch saludaba con displicencia a los presidentes de la Generalitat que acudían siempre a la noche de su premio estrella. Y ante ellos se podía permitir decir lo que quisiera. Quiero decir que podías estar o no de acuerdo con él, con la práctica comercial de su negocio, pero no se escondió nunca a la hora de manifestar cuál era su poder, como lo ejercía y por qué lo hacía.

Un servidor, cuando ganó el premio de literatura Ramon Llull, del grupo Planeta, ni siquiera fue presentado al señor Lara Bosch. No intercambié ni dos palabras con él porque sencillamente, no se me dio la oportunidad. Y me pareció perfectamente normal que fuera así. De la misma manera que también me habría parecido normal lo contrario. La literatura catalana significa una parte insignificante del negocio del grupo Planeta. Y para Lara Bosch, invertir en ella, acudir a la llamada de las autoridades autonómicas catalanas para salvar diarios o grupos editoriales me parece que para él era lo mismo que cuando decidió, como quien dice, comprarse el Real Club Deportivo Espanyol. Cosas que había que hacer.

El viejo patriarca Lara siempre se había manifestado perico. Y una vez él desaparecido, su familia se mantuvo de manera discreta cerca del poder del club hasta que no hubo más remedio que dar un paso adelante y empezar a hacer uso del talonario. Con displicencia. Lara Bosch no quiso ser nunca presidente del Espanyol. Los negocios son los negocios. Y actuando con esa displicencia, haciendo uso del poder a fondo cuando ha sido necesario, Lara Bosch demostró que, a partir de los libros, la gran empresa creada por su padre podía multiplicarse hasta el infinito. A los herederos les va a costar superarlo. Sin que se pongan a absorber empresas de longanizas de Vic, claro.

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