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Postverdades y mentiras

No existe algo que se llame postverdad que no se refiera a la mentira de toda la vida. A la difamación, que existe desde que existen las palabras y su inmensa capacidad de hacer el bien o servir al lado oscuro

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Ilustración

Ilustración JUAN CARDOSA

Esta es una pequeña y humilde reflexión sobre la postverdad que viene de las trincheras de la comunicación en redes. Concretamente de alguien que pasa el día acompañando a una alcaldesa en territorio online, tierra sin ley, cada día más inhóspita e intransitable. Dejadme que empiece afirmando que “la postverdad es mentira”.

Aclaro. No existe algo que se llame postverdad que no se refiera a la mentira de toda la vida. A la difamación, que existe desde que existen las palabras y su inmensa capacidad de hacer el bien o servir al lado oscuro. Sin embargo, es cierto que en estos tiempos locos la mentira y la difamación en comunicación política tienen algunas características especiales que bien merecen un neologismo propio.

Analicémoslas. Antes la mentira iba en una sola dirección, máximo en dos. La primera, de arriba abajo: la utilizaba el poder casi siempre contra el pueblo. ¿Cuántas mujeres quemó la Iglesia enarbolando la “postverdad” de la brujería? ¿Cuántos reyes justificaron con mentiras guerras o subidas de impuestos? A veces, bardos y poetas utilizaron la mentira, llamémosle “exageración”, de abajo arriba, para denunciar el “abuso de poder”, para hundir reputaciones o rematar regímenes agónicos. Lo hacían con sátiras, burlas, caricaturas y demás creaciones divertidas que bienvenidas sean, y que ahora llamamos “memes”, por eso de que cada época tiene sus palabras para nombrar lo de siempre.

Ahora la mentira es multi direccional y tiene millonésimos canales de difusión porque todos somos no sólo uno sino varios, y hasta el más tonto o cabroncete de la tribu puede tener un blog que parezca casi serio y lanzar una mentira que otros tontos difundan confundiendo por verdad. O, aún peor, que algunos listos y listillos, sabiendo que es mentira, encarguen, paguen y difundan porque, aish, amigos y amigas, hay mentiras útiles para todos los fines y mucha gente sin escrúpulos.

Así que eso de “la mentira tiene las patas cortas” ya no es verdad ni postverdad. Ahora tiene múltiples y larguísimos tentáculos.

Hay que estar prevenido/a. Y aquí empieza el problema: no lo estamos. Creemos que las redes sociales nos tienen conectados e informados. Pero en la mayoría de los casos sólo nos tienen enganchados y mimados.

Aclaro:

1. Es cierto que las redes nos acercan, nos proyectan, nos activan. A mí me han abierto universos, me han enseñado muchísimo y siempre celebraré su existencia… Pero este artículo va sobre su lado oscuro, así que también es cierto que las redes nos “enredan”, nos adormecen y nos enganchan. Es así y hay que asumirlo.

2. Están diseñadas para “conocernos y satisfacernos”. Sí, queridos, queridas: el algoritmo “nos mima” y nos da lo que queremos. De manera que puede pasar, y pasa, que al final sólo queremos lo que nos da.

Se llama “burbuja de filtros” y es, me temo -y hay que decirlo más y más alto- la gran aliada de la “postverdad”. Tus redes te dan lo que te gusta… ergo ya no lees más que lo que confirma tus creencias, ergo estás dispuesto/a a creerte lo que sea que tu algoritmo te da.

Mimados/as, atontados/a, nos la cuelan. Así ganó Trump. Así ganó el Brexit. Así crece la extrema derecha, crece el miedo y se difunde el odio. Y mientras, los de siempre, los que manejan el “control de ese algoritmo” tan contentos, porque todos esos cambios, que realmente vivimos como cambios, son perfectos para que nada cambie.

Las burbujas de filtros polarizan, porque impiden el debate y fomentan la confrontación. Ya no hay intercambio de ideas, sino lucha en el barro, ganadores y perdedores. Las redes, si las dejas a su aire, crean equipos, hinchas, fans, followers. No existe una “democracia de followers” posible que pueda llamarse democracia. Es un oximoron. En “democracia” hay que escuchar, dialogar, discutir, convencer, dejarse convencer y hasta ceder. Y los followers no escuchan, no dialogan, no se dejan convencer y nunca ceden a los followers del “otro”.

He dicho “escuchar”, en primer lugar, porque en mi opinión es la clave de todo. Si no “escuchas al otro” nunca vas a entender sus motivaciones, que ¡Sopresa! casi seguro son parecidas a las tuyas, porque aunque sea “el otro” resulta que no hay muchas motivaciones humanas que difieran, al final, de intentar sentirse a salvo, sentirse bien y poder proyectar estar mejor.

Mi consejo del día: Engaña al algoritmo. Sigue a gente que no piense como tú. Ponle hasta un like de vez en cuando. Lee a quien no es tu amigo y lee hasta a quien consideras contrincante. Y, más difícil todavía, intenta “entenderle” y hasta ponerte en su lugar. Sólo así podrás empezar a “convencerle” y… quién sabe… hasta dejarte convencer. Porque a lo mejor al escucharos empezáis a “argumentar”, que es algo más difícil que lanzarse memes, pero necesario y hasta satisfactorio cuando uno/a le coge el gustillo.

Si empieza un diálogo que no sea un “despiece”, a lo mejor resulta que el mundo que tu algoritmo te ha construido a tu medida, con mimo y memes, empieza a tambalearse. No te asustes. Así, con temblores, empieza la libertad. Y sólo en libertad, es posible una democracia sana.

Dejadme acabar diciendo que muchos días vuelvo a casa con ganas de darme una ducha. Cómo si me hubieran magreado, tocado, insultado y hasta agredido sin mi consentimiento. Y eso que ni siquiera los ataques van dirigidos a mi persona sino a quien acompaño. Así estamos. Este es el nivel. Y hay que hacer algo.

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