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El escote de la violinista Anne-Sophie Mutter, que actúa de nuevo en Barcelona

El acierto de Fancelli consistió en abandonar el puritanismo formal del mundo de la música clásica y entregarse a un acto ferviente de reconocimiento de la belleza, de toda la belleza, allí donde se produzca y encarne.

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La gran violinista alemana Anne-Sophie Mutter es guapa y siempre ha tenido interés en ponerlo de relieve en el escenario. Es un hecho que ha presidido su carrera, junto con el sonido que sabe extraer del par de Strads que posee, los dos Stradivarius construidos en 1703 y 1710. Ya era guapa y dotada a los 14 años, cuando Herbert Von Karajan y la Deutsche Gramophone, que venía a ser lo mismo, la ficharon para convertirla en estrella mundial. “Los vestidos que me pongo para salir a escena son el equivalente del mono de trabajo del lampista”, acaba de declarar, coqueta, a la prensa barcelonesa con motivo del concierto que ofrecerá el próximo 25 de setiembre en el Palau de la Música.

Este aspecto parcial y al mismo tiempo destacado de la Mutter fue objeto de una crítica musical memorable del cronista barcelonés Agustí Fancelli en el diario El País el 17 de febrero de 2001, un artículo de antología a raíz de un concierto de la violinista en L’Auditori. Aunque la estructura muy bien trabada de aquella crítica resulta imposible de extractar, arrancaba diciendo: “Una imagen bella. Rubio moldeado, maquillaje pesado (labios espectacularmente rojos). Vestido largo, oscuro y ceñido, en sugerente contraste con un escote palabra de honor que corta el aliento. Blancura de brazos, hombros y cuello. Sin joyas. Estampa viva de norte culto de Europa. Insólito: hasta que ella apareció en escena, los solistas del violín eran mayormente hombres y mayormente hombres feos (…) Ella no. Ella, si acaso, ha pactado con los ángeles”.

Asistí a aquel concierto de la Mutter en L’Auditori y puedo certificar la exactitud de observación de Fancelli, además de la destreza narrativa. En su artículo, titulado “Anunciación”, solo faltaba un detalle. El majestuoso caminar escénico de la hierática violinista, subida sobre los coturnos de unos zapaos de talón de palmo, para recorrer ante el público la distancia que separa las bambalinas del centro del escenario. Repitió varias veces aquel movimiento de entrada y salida (al comienzo, a la media parte, en los bises) y lo hizo al mismo estudiado compás de metrónomo que las piezas del programa, como una más de las piezas del programa.

Agustí Fancelli escribió aquel día una crítica musical brillante, pero el carácter de artículo de antología le vino también por las reacciones airadas que suscitó su ángulo de observación “machista”. La novelista Ángeles Caso se indignó en un articulo de réplica publicado en el mismo diario. El colaborador Iván Rodríguez Pascual tuvo que salir en defensa de Fancelli, en otro artículo titulado “El escote de la violinista”. El acierto de Fancelli consistió en abandonar el puritanismo formal del mundo de la música clásica y entregarse a un acto ferviente de reconocimiento de la belleza, de toda la belleza, allí donde se produzca y encarne.

El próximo 25 de setiembre actúa de nuevo la Mutter en Barcelona. No estoy seguro de que el añorado Agustí Fancelli encuentre émulos entre los comentaristas con esta ocasión.

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