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La política de 'frau' Merkel se revela como el auténtico fraude

En democracia el concepto de hegemonía debe implicar la capacidad de crear consensos. Alemania no puede hacer lo que quiera con sus socios, todos más pequeños que ella. Un liderazgo que solo beneficia al líder deriva en tiranía.

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La gestión de la actual crisis económica en Europa ha sido impuesta por la política conservadora de austeridad de los presupuestos públicos y los recortes sociales de la canciller del país hegemónico de la Unión Europea (el más extenso y poblado de todos, tras la reunificación de 1990). La política dictada por Angela Merkel se ha revelado errada. Su fórmula no ha solucionado el problema candente de la recesión y ha extendido la precariedad, sin embargo la doctrina alemana imperante mantiene la rigidez del pueblo dominante ( Herrenvolk). En democracia el concepto de hegemonía debe implicar la capacidad de crear consensos. Alemania no puede hacer lo que quiera con sus socios, todos más pequeños que ella. Un liderazgo que solo beneficia al líder deriva en tiranía.

El gobierno de la canciller Merkel se ha apresurado a amenazar a los ciudadanos griegos con la posibilidad de verse excluidos de la Unión Europea y de los programas de rescate económico, si en las elecciones anticipadas del 25 de enero votan a la izquierda radical de la coalición Syriza. Esta fuerza política, al frente de las intenciones de voto, se declara partidaria de renegociar las condiciones draconianas del retorno de la deuda, sin lo cual el país no puede salir del marasmo al que se ha visto conducido por aquella política errada de austeridad.

Europa vuelve a ser un continente marcado por la voluntad alemana de dominio, primero con el militarismo y hoy con la economía. El desenlace de aquel militarismo es bien conocido, el del dominio económico comienza a serlo. El país que ha destruido Europa dos veces en un siglo puede repetir con formas diferentes el mismo error de costes inhumanos.

Las deudas deben pagarse, aunque esta norma haya conocido excepciones continuas, empezando por la propia Alemania. John Maynard Keynes escribía tres la Primera Guerra Mundial: “La política de reducir a Alemania a la servidumbre durante una generación, de envilecer la vida de millones de seres humanos y privar a toda una nación de la felicidad sería odiosa y detestable, pese a que fuese posible y nos enriqueciese a nosotros”. La deuda de 226.000 millones de marcos-oro que le fue impuesta por los aliados en 1919 como reparaciones de guerra para frenar su expansionismo se vio renegociada en 1930, reducida a la mitad y acto seguido condonada en un 98% por la llamada Moratoria Hoover y la Conferencia de Lausana.

Tras la Segunda Guerra Mundial, el Plan Marshall inundó de dólares la reconstrucción del país había devastado unos cuantos a su alrededor y a él mismo. El país más rescatado de todos ha sido precisamente Alemania.

El actual endeudamiento público y privado de los países de la Unión Europea, especialmente los del sur, no deriva de los créditos contraídos a la ligera, sino de un comportamiento delictivo del sistema financiero, en particular el alemán en toda Europa. Los bancos alemanes se hallaban en superávit a causa de la socorrida política antinflacionista en su país, que frenaba y frena el consumo interno. Optaron por hacer negocio con créditos masivos a los bancos del resto de Europa. Los créditos fueron destinados a obtener beneficios rápidos de las burbujas inmobiliarias y especulativas, no a un desarrollo equilibrado.

Las condiciones draconianas de los rescates concedidos a los países endeudados no han reconocido el mal de origen. Se han preocupado primordialmente de que los bancos, empezando por los alemanes, recuperen lo que dilapidaron, aunque sea a costa de estrangular a una parte importante de la población. Quienes vivieron y siguen viviendo por encima de las posibilidades son los bancos, la economía financiera especulativa que, sin crear ningún valor social, ha generado un incremento acelerado de la desigualdad.

En la propia Alemania, el paro es hoy tan solo del 6,7% de la población activa. Pero de los 43 millones de alemanes que trabajan, 7,6 millones tienen un miniempleo con salarios que no superan los 450€ mensuales y se hallan en el umbral de la pobreza (979 € mensuales, según el baremo mínimo fijado por la Unión Europea). La política de frau Merkel, quien gobierna en coalición con los socialistas, recibe los sufragios de los electores alemanes que se consideran privilegiados en comparación con el resto de Europa. Tampoco eso les vacuna contra los errores.

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