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Alícia Sánchez-Camacho, la Thatcher catalana

Alicia de pequeña quería ser bailarina, pero su destino la ha llevado por senderos alejados de la plástica y la armonía de la danza

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Alícia Sánchez Camacho / Il·lustració: Jaume Bach

Il·lustració: Jaume Bach

Mariano Rajoy la devolvió a Catalunya en 2008 para poner orden al desbarajuste post piquerismo. No sin dificultades, pero con mano de hierro, la Thatcher catalana no sólo alineó los populares catalanes más díscolos, sino que, de propina, consiguió superar el listón electoral del todopoderoso Aleix Vidal-Cuadros. Unos éxitos logrados a golpe de carácter y rehuyendo las disimulos catalanistas de sus predecesor más inmediatos. Sánchez-Camacho vino con el encargo de fustigar el independentismo, y a fe de Dios que lo ha hecho y lo sigue haciendo.

Hija del comandante de la Guardia Civil Francisco Sánchez-Camacho -de tal padre, tal hija-, la pequeña de la familia Camacho Pérez forjó su carácter nadando a contracorriente en las catalanistas tierras gerundenses. Se licenció en derecho y estudió un máster en Administración Pública. A partir de ahí, fue juez sustituta, directora provincial de Trabajo en Girona, subdirectora general de Formación Profesional, directora del Instituto de Seguridad e Higiene en el Trabajo y consejera laboral de la Embajada Española en Washington DC. Desde el 5 de julio de 2008 y hasta la fecha es presidenta del Partido Popular de Catalunya, también es diputada y ha sido senadora.

Alicia de pequeña quería ser bailarina, pero su destino la ha llevado por senderos alejados de la plástica y la armonía de la danza. Política de confianza del presidente Rajoy, ahora afronta el reto de detener un independentismo en horas altas. Pero en la política catalana le ha salido un fuerte competidor en la cruzada contra el independentismo: Albert Rivera. Así, Sánchez-Camacho se esfuerza sin éxito por recuperar la exclusividad del espacio robado. Las encuestas la alejan irremediablemente de los diecinueve diputados, al tiempo que ve como su nuevo rival la adelanta por la derecha. A codazos intenta hacerse un lugar en un espacio político que busca nuevos actores. Con su verbo apasionado, alza la voz creyendo que así impondrá su razón.

Y por si los vientos no soplaran suficientemente fuerte y a la contra, una indiscreta comida entre Sánchez-Camacho y la ex amante del primogénito de la familia Pujol Ferrusola, Victoria Álvarez, situó la líder conservadora en el ojo del huracán de la polémica. La espiada y medio difundida comida de La Camarga, acompañada por la negativa inicial de Sánchez-Camacho a dar la cara, hipoteca la credibilidad de la política. A trompicones, ahora se ve obligada a comparecer en la comisión de investigación abierta en el Parlamento de Catalunya por el caso de corrupción de la familia Pujol.

Pero la frustrada bailarina, que hace cara de caer de pie como los gatos, se muestra dispuesta a vencer su destino y hacer frente a quien se le ponga por delante. Como decía Margaret Thatcher, "la misión de los políticos no es la de agradar a todo el mundo", y Sánchez-Camacho cumple la máxima thatcheriana punto por punto.

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