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El museo, el director, el político y la censura

Los espacios culturales públicos sufren la censura y el ninguneo de las clases políticas, pero no cuentan con el apoyo popular. ¿Qué necesitamos hacer para enderezarlos?

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macba

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El artista conceptual Antoni Muntadas comentaba en 1993 que, al fin y al cabo, “operamos en el terreno protegido de las artes”. Muntadas no solo es un hombre inteligente, sino también perspicaz y cabe dudar que a día de hoy hablara de ningún “terreno protegido”. De hecho, el reino de las artes se ve sometido cada vez a mayores presiones cuando no a censuras directas o incluso a agresiones en lo personal por parte del Estado. Solo con sumar lo que ha sucedido este año, como se hizo en El peor año para el arte (y estamos en marzo) en eldiario.es, ya se nos ofrece una perspectiva desoladora. Y, lo que es peor, sintomática.

Entre nosotros,  el reciente caso del MACBA (Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona) ha sido un perfecto (mal) ejemplo. Allí ha sucedido todo lo que no debería suceder en un “terreno protegido”. O, para otros, en un “museo como espacio de libertad y disenso”. Censura, contradicciones, rectificaciones, acusaciones mutuas y, al final, todo el mundo fuera. Incluso dejando de lado peripecias personales, conocidas solo a medias, el segundo museo de arte contemporáneo de España ha quedado espléndidamente desnudo, sin que a la mayoría de la población le haya preocupado demasiado. Todo lo más, quizá, para decir o decirse: ¡vaya gallinero es ese del arte!

De la precariedad al abuso

La censura y una variada panoplia de presiones se ejercen hoy en el arte con un descaro que recuerda otras épocas, en principio más autoritarias y personalistas. Con la crisis y los recortes, los poderes públicos que con la mayor frivolidad abrieron Museos y Centros de Arte Contemporáneo allí donde no se conocía ni el Arte Moderno, se han dado cuenta de que los directores de estos centros son en realidad personas vulnerables dispuestas a aceptar recortes del 50% en su presupuesto, a que muchos de sus trabajadores estén en unas condiciones laborales lamentables, a casi mendigar el dinero público que se debe y no se abona. En definitiva y vista las tibias protestas ante estos dislates, subalternos dispuestos a tragar con bastante.

Porque, si alguien cree que directores, personal, comisarios y artistas llevan una vida de opulencia, no puede estar más equivocado. Excepto unos pocos casos, los sueldos e ingresos del sector bordean la ruindad. Y, además, no se dispone de medios. Y los artistas y comisarios han tenido que bailar al mismo son, consecuencia lógica en estamentos que dependen plenamente de la institución. ¿Qué hay que aceptar una rebaja de emolumentos de 40%? Pues se acepta sin chistar. ¿Que el artista debe pagarse su exposición, cómo podía pasar en el IVAM ciscariano? Pues se endeuda uno, si tiene crédito.

El sector del arte, en lo general y en lo personal, está postrado. Pero, aparte de un instinto de supervivencia primario -todos hemos de comer- la resistencia del sector a adoptar actitudes de protesta conjuntas y enérgicas tiene que ver con una sincera y casi conmovedora creencia en un fin superior: la necesaria pervivencia de esos Centros cómo espacios donde el Poder encuentra su justa contestación.

Mientras el sector de las artes visuales, uno de los más organizados y con mayor capacidad de elaboración en el ámbito de la cultura, debate cómo afrontar la defensa de esos “espacios de libertad”, el Poder se dedica a imponer criterios restrictivos que en ocasiones ni siquiera parten de ese terreno. Un ejemplo: la recientísima Ley de Reconocimiento, Protección y Promoción de las Señas de Identidad del Pueblo Valenciano crea un Observatorio encargado de velar por el cumplimiento de dicha ley, y al cual han sido invitadas varias de las asociaciones más retrógradas de la Comunidad. Esto incluye las taurinas que defienden la fiesta de los “bous al carrer”, bastante salvajoide pero menos que los “bous embolats”, que no se sabe si también son seña de identidad valenciana, porque el Parlament catalán se les ha adelantado.

Lo interesante del tema: cualquier evento que atente contra tales señas afirmando, por ejemplo, que valenciano y catalán son la misma lengua, se queda sin subvención. Y, aunque no se ha dicho de forma explícita, cabe deducir que si en una exposición aparece una burla de la Ofrenda Floral durante las Fallas (un invento nacional-católico de los años 40), sería probable que tal obra hubiera de retirarse. O correr el riesgo de ver cancelada la exposición.

Problema estructural, dimisiones en cadena

En España a día de hoy ningún museo público, apenas el Reina Sofía y poco más, puede hacerse la ilusión de operar de forma autónoma e independiente. En ese Museo Nacional hay numerosos filtros hasta llegar al patrón, el Ministro de Cultura: Fundación, Patronato, Director General y Secretario de Estado que, casi por ley física, tienden a atenuar la presión. ¿Cuáles son los filtros en un museo autonómico, provincial o municipal? Ninguno. El director despacha directamente con la Consejería, la presidencia de la Diputación o la Alcaldía, quienes tienen la sartén del dinero por el mango. De hecho esos políticos presiden a veces los patronatos. Si los hay.

Además de a presiones genéricas, esto puede conducir rápidamente a censuras directas y conocidas, como las que comenzaron ya en 1998 con el CGAC y la destitución de su directora, Gloria Moure. Y que se acelera con las injerencias del alcalde León de la Riva en el Patio Herreriano de Valladolid (2006), las indefiniciones en el Ars Santa Monica de Barcelona (2008),  el caso del MuVIM valenciano (2008),  centro José Guerrero de Granada (2010), luego en el Musac de León (2013), el CCCB de Barcelona (2014, Nota: el nuevo director es, directamente, un político de CiU), ahora el Macba. Estas injerencias o censuras se saldaron con la dimisión de directores o directoras y la condena del sector. Pero jamás ha habido una rectificación pública.

Además de la censura clásica, puede darse el dirigismo. Imaginemos: uno de estos políticos le explica a una dirección, conducida casi a la miseria operativa, que una empresa local pondría dinero para tal o cual proyecto concreto y que ¿cómo lo ve? Sabiendo que el interpelado lo verá casi forzadamente bien, sobre todo si el político añade que la aportación pública se verá reducida por enésima vez. O, cómo ha sucedido en innumerables ocasiones, comunicar que no se va a abonar una aportación pública ya pactada, firmada y con el gasto realizado. Porque así de serios son algunos.

Estas cosas le importan más bien poco a un público que, por otra parte, no suele visitar más que unos pocos museos y, cuando lo hace, es porque tienen alguna exposición de relumbrón. De hecho, los pocos que tienen una cifra apreciable de visitantes funcionan a un nivel turístico, no local. Entre los más de 600.000 visitantes del MACBA de Barcelona (2013), solo el 18% de los visitantes son locales. No es raro que la perspectiva turística haya conducido incluso a algún medio de comunicación como el diario Sur de Málaga a  no publicar un artículo encargado al crítico Fernando Castro sobre los mil museos de la ciudad porque el autor hablaba de la McDonalización cultural que representan esos museos. Una censura que probablemente tenga que ver con el poderío anunciante de esas instituciones y el glamour electoralista que los políticos les suponen.

Conclusión: sin ninguna línea de defensa ni mayor apoyo popular, ¿cuáles son entonces las posibilidades de los Museos/Centros de resistir presiones políticas?

Gestión popular/Gestión transparente

Hay una línea de pensamiento que habla de la democratización de los museos y centros, de intervención popular. Es una aspiración tan justa como sensata, pero no parece tan fácil de articular. ¿Cómo definimos una representación alternativa de lo Popular? Incluso ¿qué es lo Popular? No se trata de profundizar ahora en esto, pero sí de insinuar que posiblemente esa evolución solo podría contemplarse incluida en un proceso más general en torno al tratamiento de la cultura como bien público. Y que necesitaría para ello una educación en ese ámbito cultural que nunca ha sido muy elevada en nuestro país y ahora va retrocediendo a épocas decimonónicas: educación funcional para las masas y educación especulativa para las élites.

Además de esperar y contribuir a que cambien las estructuras y de exigir una educación donde se entienda que la cultura es un bien en sí mismo y no un guarismo contable ¿puede hacerse algo hoy, mañana? El sector del arte, en negociaciones con el ministerio de Cultura, elaboró en 2007 un Documento de buenas prácticas por el que habían de regirse las instituciones culturales nacionales, al menos las de arte contemporáneo. Algunas autonomías y ayuntamientos se han sumado a ese documento. Solo que en la casi totalidad de los casos ese compromiso se limita simplemente a nombrar director con cierta apariencia democrática.

En realidad y como ya decía dicho documento, “En la actualidad, una buena parte de ellos dependen orgánicamente o incluso son parte de los departamentos de Cultura de la correspondiente administración pública, sin ningún tipo de autonomía de gestión o financiera y sin personalidad jurídica propia”. Los museos, auditorios, teatros, compañías de danza, festivales, etc., necesitan seguridad financiera. Dicha seguridad comprende los momentos de crisis y dificultades locales, como es lógico y solidario. Pero no es de recibo que venga alguien sin la menor idea, pero todo un Consejero, a decirle al director de un Centro que le reduce el presupuesto en un 40% y que exponga la Colección. Sin haberse preocupado siquiera de saber que ese Centro carece de Colección.

Las cuentas claras y estables

No bastaría con fijar planes a medio plazo donde los presupuestos no pudieran oscilar en más menos un porcentaje. Todas las cuentas y contratos, incluida la contratación y situación laboral de los empleados, deben ser claras, públicas y accesibles. No vale el argumento de la discreción, lo que no pueda ser expuesto a la luz del día, se soluciona o no se hace. Se pasa página y a lo siguiente. Es el sector organizado, cómo sucede en otros ámbitos de la cultura, el primer interesado en que todo esto se regule y que directores, empleados, comisarios y artistas, en última instancia el público, dejen de parecerse a un pin-pam-pum al que golpear con la mayor impunidad.

Si esto se lograra, aún no sería suficiente. El peculiar entramado de Centros/Museos de arte contemporáneos que ya se analizó en Mucho museo para tan poco país estuvo protagonizado por un aluvión de nuevos directores, técnicos y comisarios que, a falta de una tradición propia, asumieron formas de hacer en otros centros similares de Europa. El único problema es que esos ejemplos sí tenían una tradición museística de la modernidad. Algo que aquí no existió. Si tenemos en cuenta que la mayor parte de los centros suelen ser lugares de soledad, caídos en las ciudades como Ovnis enigmáticos. Replantearse la función de estas instituciones, programar y presentar tratando de ir más allá de “los 500 del Arte” (según expresión de un antiguo director del Reina Sofía) es algo que parece tan imperioso como necesario. Regresar al “antes de la crisis”, al antiguo Desorden, no es una opción.

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