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Entre el delito y la decencia

La estrategia que están siguiendo las autoridades políticas frente a los delitos de corrupción ralla en la más obscena pornografía. La trampa que efectúan los tramposos consiste en desnudar la legalidad democrática mediante el control de los órganos judiciales y la fiscalía. De ese modo se dominan los puntos clave para controlar la persecución de la delincuencia política y los desmanes de los delincuentes honorables o de guante blanco. Eso sí, hay que preservar las formas: el puro cumplimiento de las formalidades judiciales.

Controlados los órganos y los juristas encargados de interpretar las leyes y dictar las sentencias, el objetivo es preservar, en la medida de lo posible, la impunidad y el privilegio, de acuerdo con los intereses de la élite. Esta estrategia exhibe una forma impúdica de proteger la corrupción y, por tanto, es una forma de corrupción en sí misma. Genera procedimientos mafiosos de chantaje y extorsión y devalúa hasta la inexistencia la predicada separación de poderes, que es el fundamento de las garantías de cualquier sistema democrático. Se diseña así un modelo que puede funcionar para el conjunto de la ciudadanía, pero permite situaciones especiales para las élites. La tolerancia que estamos observando ante los puentes entre la política y el capital, las llamadas puertas giratorias, los ceses de fiscales, el nombramiento de jueces entre los incondicionales, las últimas sentencias vergonzantes, indican un sistema democrático débil y manipulable. La corrupción política también consiste en pervertir el sistema democrático reduciéndolo al cumplimiento de formalidades previamente interpretadas según intereses inconfesables que regulan la frontera del delito. La sobreabundancia de juicios por corrupción a políticos, financieros y empresarios, el relevo y sustitución de fiscales y las últimas sentencias en los casos más mediáticos muestran claramente que algo está siendo violentado en el sistema judicial español. La interpretación y la aplicación de la ley no es igual para todos los ciudadanos. Y en esta coyuntura de manipulación jurídica y mediática, de auge de la postverdad, una de las formas más terroríficas de destrozar la moralidad pública de una sociedad es identificar la absolución frente delito con la decencia. Eso es terrorismo moral, y en este país cada vez hay más indecentes absueltos.

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Contra els privilegis

La Revolució Francesa del 1789 es va fer, entre altres coses, per abolir els privilegis. Els insuportables privilegis nobiliaris, reials i eclesiàstics que feien distincions feridores entre les persones, que marcaven a ferro una desigualtat insultant. La guillotina va funcionar. Enmig de contradiccions, d'accions i reaccions, de mesures de vegades arbitràries -perquè les revolucions són així- finalment es va imposar el criteri de la Igualtat. I la història d'Europa i del món va ser una altra.

Una igualtat sens dubte parcial i limitada. Perquè deixava fora, en termes reals, les dones, els esclaus i totes les minories imaginables. Però fou un primer i gran pas, la igualtat de tothom davant la llei. Encara que fos una igualtat insuficient, perquè la desigualtat social que niava en la societat estamental i preindustrial va persistir. Va mutar, va adquirir altres formes, i va prosperar en la nova societat liberal i burgesa, empentada per la revolució industrial. I d'ací el naixement del socialisme i del moviment obrer, del marxisme, i la lluita per una igualtat "real".

La igualtat "formal" fou un primer i gran pas. I l'experiència del segle XX ens mena a no menystenir-la: sense igualtat formal tampoc hi ha igualtat real. Perquè en una societat igualitària però sense estat de dret, divisió de poders, llibertats garantides i tots els principis del liberalisme polític en plenitud de funcions, uns sempre seran "més iguals que altres".

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Sense periodisme (independent) no hi ha democràcia

Els qui hagen llegit regularment aquesta columna sabran que una de les meues obsessions, per a bé i per a mal, són els mitjans de comunicació. O, per ser més precís, la influència (fonamental) que els mitjans tenen en la conformació de l'opinió pública, així com el paper (determinant) que hi juguen els interessos econòmics i polítics. Tot fent un sil·logisme es dedueix fàcilment una conclusió terrible però certa: les grans corporacions empresarials no només aprofiten la nostra força de treball o la nostra capacitat de consum sinó que també condicionen el nostre criteri (i, per tant, el nostre vot). En aqueix sentit, la política espanyola durant els últims anys ofereix abundant material per a una tesi doctoral.

La manipulació informativa és un fenomen que no per conegut deixa de resultar efectiu: quantes vegades no hem vist els més conspicus crítics de la premsa capitalista creure's a ulls clucs les falòrnies més bastes si coincideixen amb els seus propis prejudicis! Seria presumptuós per la meua banda considerar-me immune. Realment ningú no ho és. Tots raonem segons el que veiem, llegim i escoltem. Per açò cal no baixar la guàrdia i cuidar la nostra dieta mediàtica. Tal com procurem menjar productes sans, frescs, ecològics i de qualitat, hauríem de nodrir-nos d'informació rigorosa, veraç i independent. Per això cal seleccionar bé el producte i, per descomptat, el productor. I, com en l'alimentació, la millor garantia d'un consum responsable està en el comerç just, que en l'àmbit de la comunicació han de representar el sector públic i l'economia social.

L'actual oferta mediàtica en el nostre país no és precisament selecta ni plural, però, en un exercici d'optimisme històric, podem albirar alguns brots verds sobre els quals construir un futur millor. D'una banda, l'elecció d'una reconeguda professional per a dirigir la futura CVMC és el primer bon senyal després del cúmul de despropòsits polítics que va acabar amb RTVV morta i enterrada. D'altra banda, veiem com es consoliden mitjans de comunicació creats per periodistes que aspiren a fer el seu treball sense haver de subjectar-se als dictats de grans propietaris o de grans anunciants. La majoria són empreses cooperatives constituïdes per treballadors acomiadats dels grans mitjans en els successius EROs que han delmat plantilles i descapitalitzat redaccions. Molts són diaris digitals que aposten per les anàlisis de fons, les opinions crítiques i els continguts informatius de qualitat. Alguns d'ells encara més valuosos per normalitzar l'ús de la nostra llengua pròpia, que segueix sent minoritzada.

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Sin periodismo (independiente) no hay democracia

Quienes hayan leído regularmente esta columna sabrán que una de mis obsesiones, para bien y para mal, son los medios de comunicación. O, para ser más preciso, la influencia (fundamental) que los medios tienen en la conformación de la opinión pública, así como el papel (determinante) que juegan en ellos los intereses económicos y políticos. Haciendo un silogismo se deduce fácilmente una conclusión terrible pero cierta: las grandes corporaciones empresariales no sólo aprovechan nuestra fuerza de trabajo o nuestra capacidad de consumo sino que también condicionan nuestro criterio (y, por ende, nuestro voto). En ese sentido, la política española durante los últimos años ofrece abundante material para una tesis doctoral.

La manipulación informativa es un fenómeno que no por conocido deja de resultar efectivo: ¡cuántas veces no hemos visto a los más conspicuos críticos de la prensa capitalista creerse a pies juntillas los infundios más burdos si coinciden con sus propios prejuicios! Sería presuntuoso por mi parte considerarme inmune. Realmente nadie lo está. Todos razonamos según lo que vemos, leemos y escuchamos. Por eso es preciso no bajar la guardia y cuidar nuestra dieta mediática. Igual que procuramos comer productos sanos, frescos, ecológicos y de calidad, deberíamos nutrirnos de información rigurosa, veraz e independiente. Para ello hace falta seleccionar bien el producto y, por supuesto, el productor. Y, como en la alimentación, la mejor garantía de un consumo responsable está en el comercio justo, que en el ámbito de la comunicación deben representar el sector público y la economía social.

La actual oferta mediática en nuestro país no es precisamente selecta ni plural, pero, en un ejercicio de optimismo histórico, podemos vislumbrar algunos brotes verdes sobre los que construir un futuro mejor. Por un lado, la elección de una reconocida profesional para dirigir la futura CVMC es la primera buena señal después del cúmulo de despropósitos políticos que acabó con RTVV muerta y enterrada. Por otro, vemos como se consolidan medios de comunicación creados por periodistas que aspiran a hacer su trabajo sin tener que sujetarse a los dictados de grandes propietarios o de grandes anunciantes. La mayoría son empresas cooperativas constituidas por trabajadores despedidos de los grandes medios en los sucesivos EREs que han diezmado plantillas y descapitalizado redacciones. Muchos son diarios digitales que apuestan por los análisis de fondo, las opiniones críticas y los contenidos informativos de calidad. Algunos de ellos todavía más valiosos por normalizar el uso de nuestra lengua propia, que sigue siendo minorizada.

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Sobre dinosaurios y saltamontes

El pasado nos fascina, como nos fascinaba el futuro cuando existía. Tal vez esa sugestión resida en la libertad que nos otorga el interpretarlo, el reconstruirlo y, llegado el caso, reescribirlo a nuestro antojo. Una peculiaridad que, en cierto modo, compartía -cuando existía, claro- con el futuro, que siempre se mostraba abierto a los caprichos de nuestra imaginación. Por el contrario el presente acostumbra a ser más prosaico y nuestra relación con él suele asemejarse más bien con la que mantenemos con nuestras zapatillas de andar por casa, a las que nos acostumbramos por su cotidiano calor pese a la fealdad de su diseño afelpado.

Con el pasado eso no pasa, como bien saben los escritores de voluminosas novelas históricas. Y cuanto más remoto es ese pasado más logra cautivarnos. Es lo que nos ocurre con los dinosaurios, capaces de conquistarnos con la rotundidad de sus nombres antediluvianos: Diplodocus, Tyrannosaurus Rex, Brontosaurus. Pero sobre todo nos atrae su fragilidad de gigantes, seres majestuosos que reinaron sobre el planeta que terminaron siendo erradicados por el capricho de un meteorito desorbitado cuya azarosa trayectoria le llevó a chocar con la Tierra. No sentimos lo mismo, por ejemplo, ante los saltamontes aunque su vulnerable destino no corra mucha mejor suerte.

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Héroes atípicos

¿Verdad que Montserrat Gassull es un nombre que no les dice nada? La que fuera concejal atípica de Torredembarra, que acaba de morir con 56 años, fue quien destapó la trama del tres por ciento en Cataluña, la que abanderó allí la cruzada contra los sobornos en la obra pública. Por suerte siempre habrá personas admirables que no toleran la realidad obscena de ciertos comportamientos aprovechados y deciden, por su cuenta y riesgo, airearlos. Al hacerlo, esos héroes poco reconocidos se suelen enemistar con gente muy poderosa, cuyas posibles represalias representan para ellos un gran coste personal.

Algún valenciano, posiblemente arrepentido, sacó a la luz “atracones” en forma de suculentas cenas, como una de 11.000 euros, de Consuelo Císcar, la ex del IVAM. Hay altos cargos atípicos que perdieron su puesto por negarse a firmar unos papeles poco recomendables, por no querer rubricar chanchullos impropios y malolientes. Esas personas, que no salieron en la prensa ni sabemos sus nombres, fueron degradadas aunque conservaron su dignidad. Algunos de esos anónimos valientes podrían escribir sus memorias para contagiarnos su comportamiento ético.

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La justicia da miedo

Sí. La justicia da miedo. No es sólo que no nos fiemos de ella. Es que se ha convertido en el coco, en el hombre del saco, en el lobo que se comió a Caperucita disfrazado de su abuela, en el perro de los Baskerville antes de que Sherlock Holmes le arrancara la máscara del horror. No es normal lo que pasa en este país. Lo miremos por donde lo miremos somos un país anclado en la anormalidad. La democracia tendría que ser otra cosa. Pero parece que cada día es más difícil que sea otra cosa diferente a lo que es: el falso remiendo de una dictadura que -en demasiados aspectos- no se murió cuando la palmó el dictador.

Eso es esta democracia: un calcetín al que, ni con la aguja y el huevo de madera, la abuela sería capaz de coserle todos los agujeros.

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Lo que vale es la experiencia

Me lo dijo Joanjo Garcia hace unos días, camino de Barcelona: «Seguro que puedes recordar, con bastante de detalle, dónde, cuándo y con quién fuiste a ver determinadas películas al cine. En cambio, te costará mucho más recordar en qué circunstancias viste películas en casa». Tiene razón. Me viene a la memoria, por ejemplo, una de las primeras veces que fui al cine: mi abuela paterna nos llevó a mí y a mis primas a ver Big, al cine Oeste. Recuerdo, con precisión, qué hice antes y después de asistir a una proyección de El proceso, de Orson Welles, en la Filmoteca de Valencia. Sé que el día que vi Matar al soldado Ryan en el cine Serrano llovía, sé que llevaba un paraguas y sé que me acompañaba uno de mis mejores amigos. Sé que la última película que vi en los cines Martí fue Roma, como también sé que fui feliz una tarde de enero cuando mi abuela materna y yo fuimos al Tyris a una proyección de Mejor imposible. Podría hablar de la conmoción que sentimos, adolescentes todavía, al salir de los Babel después de ver Bailar en la oscuridad. O de la alegría que sentí hace pocos días cuando, por fin, volvimos al cine después de unas semanas convulsas. Vimos La La Land, y más allá de si me gusta o no la peli, la recordaré porque nos reconcilió con el placer que se siente ante la gran pantalla.

Porque tiene razón Joanjo Garcia: lo que vale es la experiencia. Recordamos los días de cine porque ir a las salas comerciales nos proporciona una vivencia más sustancial que ver una película en casa. Necesitamos reivindicar estas experiencias y los lugares que las hacen posibles. Del auditorio al cine, del teatro a la librería, del museo a la casa de la cultura, del aula al estadio. Y necesitamos tener la capacidad de crearlas, de reinventarlas, de hacerlas posibles a todas horas. Y de reivindicarlas, también, contra otras experiencias que no nos dan las mismas oportunidades personales y colectivas o que, sencillamente, las pervierten y las derrochan.

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Allò que val és l’experiència

M’ho va dir Joanjo Garcia fa uns dies, camí de Barcelona: «Segur que pots recordar, amb prou de detall, on, quan i amb qui vas anar a veure determinades pel·lícules al cinema. En canvi, et costarà molt més recordar en quines circumstàncies vas veure pel·lícules a casa». Té raó. Em ve a la memòria, per exemple, una de les primeres vegades que vaig anar al cine: la meua àvia paterna ens dugué a mi i a les meues cosines a veure Big, al cine Oeste. Recorde, amb precisió, què vaig fer abans i després d’assistir a una projecció d’ El procés, d’Orson Welles, a la Filmoteca de València. Sé que el dia que vaig veure Matar al soldado Ryan al cine Serrano plovia, sé que duia un paraigua i sé que m’acompanyava un dels meus millors amics. Sé que l’última pel·lícula que vaig veure als cines Martí fou Roma, com també sé que vaig ser feliç una vesprada de gener quan la meua àvia materna i jo anàrem al Tyris a una projecció de Mejor imposible. Podria parlar de la commoció que sentírem, adolescents encara, en eixir dels Babel després de veure Bailar en la oscuridad. O de l’alegria que vaig sentir fa pocs dies quan, per fi, tornàrem al cine després d’unes setmanes convulses. Vam veure La La Land, i més enllà de si m’agrada o no la pel·li, la recordaré perquè ens va reconciliar amb el plaer que se sent davant de la gran pantalla.

Perquè té raó Joanjo Garcia: allò que val és l’experiència. Recordem els dies de cine perquè anar a les sales comercials ens proporciona una vivència més substancial que veure una pel·lícula a casa. Necessitem reivindicar aquestes experiències i els llocs que les fan possibles. De l’auditori al cinema, del teatre a la llibreria, del museu a la casa de la cultura, de l’aula a l’estadi. I necessitem tindre la capacitat de crear-les, de reinventar-les, de fer-les possibles a tota hora. I de reivindicar-les, també, contra unes altres experiències que no ens donen les mateixes oportunitats personals i col·lectives o que, senzillament, les perverteixen i les malbaraten.

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La rama valenciana

Por si no lo sabían, ya lo saben. En aquel tronco no había rama valenciana. Aquel frondoso árbol de regia corrupción llamado Nóos no hizo ni un palmo de sombra en el sacrosanto reino de Paco Camps. La misma empresa, con los mismos conseguidores, con los mismos empleados y métodos que, según el tribunal, saquearon otras tierras con menor fortuna aquí se comportaron con un escrupuloso respeto a la ley y al rigor presupuestario.

Ahora, parece claro que Rita Barberá se precipitó a la hora de depurar unas responsabilidades que, visto lo visto, nunca fueron tales. Aquello fue una tontería tan tonta que ni siquiera el PSPV va a recurrir el fallo. Y a mí que me parece bien ¿qué quieren que les diga? Estamos en otra época, en otra política. Ahora, a la mínima que te descuides te ves una noche de sábado agarrado por la cintura y engullido por el ritmo de una “konga” en la boda de un diputado que el lunes pasará por ser tu “archienemigo”. Ah qué envidia. A mí me tocaron otros tiempos más aciagos. Eran días de querellas y piedras en el riñón y en la tribuna del hemiciclo. Por aquel entonces si te tomabas a las tres una pizza en la Papardella con Mónica Oltra, a las cinco te estaban amenazado con la expulsión de tu grupo en el despacho del síndico portavoz. Ahora no. Bendito mestizaje. En aquellos días solo podías ver embozados entre las sombras de los palacios de gobierno, persiguiendo malhechores, a los mismos periodistas que hoy te abrazan sonrientes frente a las soleadas vidrieras de los despachos que ocupan en aquel mismo edificio.  Ahora, si te descuidas, puedes entrar por la puerta de una conselleria con la virginidad intacta y llegar a la quinta planta, al despacho del conseller, embarazado de 8 meses por tanto amor recibido. Me encanta.

Creo que esto de la absolución de la rama valenciana ha de interpretarse como una señal. Se nos convoca a la reconciliación y a la superación de un pasado turbulento que no nos ha traído nada más que desgracias. El fin de un tiempo en el que la política te deformaba el alma cambiando tu visión del mundo rara vez para mejor. Lo que antes eran corruptelas ya va siendo hora de que se entiendan como los humanos errores que sin duda fueron. Después de tanta tormenta, por fin resplandece el sol sobre nuestras cabezas y hasta el republicano de mi amigo Ribó seguro que a día de hoy ya sabe, y de primera mano, que la Reina Sofia no solo es una estupenda compañera de palco para ver una Traviatta sino que además, en lo tocante a detestar borbones, igual hasta le gusta.

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