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La abuela y los tranvías

El invierno más crudo de los últimos años se anuncia estos días casi con el bombo y los platillos del apocalipsis. Al hilo de esa amenaza se ocupan los medios de comunicación de una misma noticia: la gente que vive en la calle necesita una protección especial para no morirse de frío, envuelta en hielo, como en aquellas imágenes terriblemente hermosas de Doctor Zhivago. Antes esa gente dormía en las antesalas de los bancos, al lado de los cajeros rescatados con nuestro dinero, envuelta en cartones y alguna manta sacada de algún contenedor. Ahora, tal vez nuestras autoridades dispongan para esa gente otros espacios de acogida, más confortables, menos expuestos a las heladas insoportables que anuncian los telediarios.

En el paquete de las mismas noticias periodísticas entra también lo mal que lo están pasando las familias que tienen casa pero no pueden encender la calefacción porque el poco dinero que entra en esas casas (si es que entra alguno) no llega ni para comprar comida en la tienda o el supermercado de la esquina. La pobreza energética, creo que se llama eso. O lo que es lo mismo: morirse de frío porque en este país hay miles y miles de personas que lo único que tienen seguro es que no tienen nada. Pero parece que esa pobreza energética sólo se nota cuando se muere alguien de frío en su propia casa o en la calle. O cuando una mujer muere en un incendio provocado por unas velas que era lo único que tenía para alumbrarse y coger algo de calor en los primeros días del invierno. Olvidamos con una tranquilidad que apesta que esa gente no sólo sufre pobreza energética sino que toda la pobreza del mundo es la imagen de marca de sus vidas. No tienen otra imagen de marca. Ni otra vida. Y no sólo en los inviernos. Para esa gente, todo el año es invierno, como es siempre primavera en El Corte Inglés. Sin embargo, lo más terrible del asunto es que mientras eso está pasando en un mundo sin esperanza de ninguna clase, también está pasando en ese mismo mundo algo muy diferente. Esa diferencia la tenemos aquí mismo: mientras más pobreza hay en este país, más riqueza concentran en sus cuentas corrientes unas cuantas fortunas. La crisis económica enriquece precisamente a un sector de la sociedad que siempre ha vivido como dios. Y ahora -a pesar de esa crisis- sigue viviendo más como dios que nunca.
El último informe de Oxfam Intermón lo dice bien claro. Tres familias en España tienen más dinero que catorce millones de personas. Tres familias. La de Amancio Ortega, la de su hija Sandra Ortega Mera y la de nuestro paisano Juan Roig, dueño de Mercadona. La riqueza de los tres juntos equivale a la del 30% más pobre del país. ¡Bendita crisis! Y hay otra noticia justo al lado: en 2015 -según ese mismo informe- hubo en España siete mil nuevos millonarios. Y cuando hablamos de millonarios hablamos de millonarios fetén, de esos que -como cantaba Joaquín Sabina- encienden puros con “billetes de a millón”, no de que les haya tocado un cupón de la Once. Y aún más historias para seguir con este panorama desolador: el precio de la electricidad ha aumentado hasta la máxima cota igualando la cresta del año 2013. O sea: como para cortarnos las venas o para hacer la revolución. Aquí -cuando hablo de revolución- me viene a la cabeza una anécdota que cuenta mi querido José Manuel Caballero Bonald en su excelente libro memorialista La costumbre de vivir. Fue en Valencia. Estaba el escritor en casa de un amigo, conspirando para llevar a cabo una conjunta protesta universitaria en muchas universidades a la vez. La abuela del amigo prestaba atención disimuladamente a lo que hablaban entre ellos. De pronto, salta la mujer: “¿pero habéis quemado ya algún tranvía?” El nieto le contesta que no, que todo tenía que ir poco a poco. Entonces la anciana vuelve a su fogosidad de adolescente revolucionaria: “pues hasta que no empecéis a quemar tranvías, no vais a conseguir nada”. Y añade Caballero Bonald: “guardo desde entonces un respeto inquebrantable por las octogenarias valencianas”. Y yo.

Lo que pasa de verdad es que no hay manera de que la desigualdad mengüe en una sociedad cada vez más cruelmente desigual. Otro amigo mío y magnífico escritor, Mariano Sánchez Soler, publicó hace años un libro (Ricos por la Patria) en que lo dice bien claro: los ricos de la dictadura franquista se han hecho más ricos con la democracia. Y añado yo: la democracia, con la crisis de los últimos años, ha producido una nueva nómina de ricos que humilla más si cabe la cantidad infame de pobreza que esa misma crisis está generando. El frío que ahora hiela las entrañas ya estaba aquí también en los veranos. Es un frío que congela las tripas mismas del sistema, sobre todo las tripas de los más pobres de ese sistema que alarga, en vez de estrecharlas, cada vez más las diferencias. Ya saben: eso tan antiguo del capitalismo. La riqueza económica, tantas veces la codicia como único valor en ese destartalado paisaje que ellos llaman Patria o algo parecido. Las cosas y la gente que se han quedado sin alma porque el alma no es eso inexplicable que dicen los curas sino el derecho a vivir dignamente que todo el mundo debe tener a su alcance. Pero no hay tu tía. La Patria es cada vez más ese territorio donde campan a sus anchas los evasores de impuestos, los banqueros que se reparten a tutiplén los dineros que han robado a su confiada clientela, esos políticos cuya avaricia pervierte lo que la política habría de tener de servicio público para convertirla en un manual de impune delincuencia.  Como decía Neruda: “Patria, palabra triste como termómetro o ascensor”. O como ese espacio moral donde la palabra igualdad se hiela en la risa burlona de quienes lo tienen todo, la mayoría de las veces a costa de quienes no tienen nada.

Tres familias tienen más dinero que catorce millones de personas juntas. ¿Y qué pasa? Pues nada, qué va a pasar. A estas alturas, no irán a creer ustedes que pueda convertirse en realidad aquella vieja historia de la abuela y los tranvías. ¿O va a ser que sí? Yo qué sé.

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El sheriff y la diplomacia internacional

Tras la rendición napoleónica en mayo de 1814, el estadista austriaco Klemens W. von Metternich convocó en Viena un congreso internacional de embajadores de los países europeos para acordar un plan de paz a largo plazo para Europa, tras la revolución francesa y la sangría de las guerras napoleónicas. El objetivo no solo era restaurar viejas fronteras, sino equilibrar el poder de las grandes potencias para conseguir una situación política estable. A pesar del talante conservador de los participantes –todos ellos conservadores contrarios al republicanismo y a la revolución social que amenazaba a Europa-, los líderes participantes compartían una idea central: los conflictos internacionales no deben resolverse mediante la fuerza de las armas, sino por medio del diálogo y la negociación. La historia política considera al Congreso de Viena (1815) como un hito clave que marca el comienzo de la diplomacia internacional como estrategia de resolución de conflictos. Las grandes potencias (Austria, Prusia, Rusia, Francia, Gran Bretaña) establecieron entonces las coordenadas de la política europea durante el siguiente siglo, hasta que la gran crisis que abocó en la Primera Guerra Mundial (1914) dio al traste con aquel plan. Después de la Gran Guerra, el Tratado de Versalles (1919) apenas dio margen a la Sociedad de Naciones para reconstruir espacios de negociación durante un crítico período entreguerras, plagado de radicalidad, crisis y revoluciones, que al menos sirvió para sentar las bases de un marco diplomático internacional tras la Segunda Guerra Mundial, la Organización de las Naciones Unidas.

El espíritu del Congreso de Viena era idéntico al de Thomas Jefferson, aristócrata ilustrado, autor de la “Declaración de Independencia de los Estados Unidos” (1776), tercer presidente de los Estados Unidos y considerado por muchos como el mayor defensor de la expansión de la democracia y el concepto de ciudadanía a todo el mundo . Hasta Pearl Harbor el gobierno de Estados Unidos apenas desempeñó el rol de potencia en la esfera internacional. Solo después asumió estrategias imperialistas en el marco de la Guerra Fría.

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Com es corregix el dèficit d'aigua de l'Albufera?

Les necessitats ambientals d'aigua en aiguamolls com el Parc Natural de l'Albufera de València no poden ser considerades mai com una demanda com els usos privatius d'este recurs. Són restriccions prèvies al sistema que s'han de garantir sí o sí. Per tant, no poden entrar en el repartiment d'aigua destinat, exclusivament, a abastir les demandes d'ús privatiu del recurs, com va suggerir Juan Valero de Palma durant el recent simposi "El Parc de l'Albufera, ara". La proposta del secretari de la Séquia Reial del Xúquer implica pervertir, de forma totalment il·legítima i interessada, el concepte de l'aigua com a bé públic, l'aprofitament del qual ha d'estar sempre subordinat a l'interés general i no al privat.

I això és important perquè afecta al fet de si cal o no indemnitzar els usuaris per reduir els volums de les seues concessions administratives per a poder recuperar sistemes hídrics sobreexplotats, com és el cas de l'Albufera de València. Disposar d'una concessió no garantix la total disponibilitat, a voluntat i en tot moment, dels cabals concedits. I molt menys si esta disponibilitat afecta a l'interés general en un moment determinat, com per exemple va ocórrer la passada tardor a l'Albufera, quan el nivell de la llacuna va patir un alarmant descens. Totes les concessions s'han d'adaptar a la disponibilitat, o no, dels recursos en cada moment.

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Aznar i Trillo, rufians d’una altra època

Cada generació té els seus mites i només algunes generacions transcendeixen amb ells a la història. Musicalment passa amb la dels 60 i els primers 70, i per això caminem ara celebrant funerals planetaris cada tres per quatre: Lou Reed, David Bowie, Leonard Cohen... És llei de vida. Els genis també moren –encara que siga amb les botes posades– però ens queda el seu llegat; ells van obrir camins nous i van donar forma a la cultura musical dels nostres dies, seguint el solc dels déus primigenis Beatles, Stones i Dylan. Després en van venir d’altres, estreles del pop i del rock que van vendre fins i tot més discos –posen els noms i les xifres que vulguen– però que en el futur només recordaran alguns, segons la seua volença o, més aïna, la seua vivència. Perquè és en la primera joventut que construïm els nostres ídols i assumim els nostres himnes, que després ens serveixen per a recrear la nostra pròpia vida. Només així s’expliquen aqueixos revivals dels 80, dels 90...

Si parlem de política, en aquest país viurem durant molt de temps marcats per l’experiència catàrtica dels anys 30. Per a l’esquerra representen la lírica de la II República, l’èpica de la Guerra Civil i la tragèdia de la dictadura i la repressió franquista. Quasi tots els nostres mites s’han construït al voltant d’aqueix record: des de la Pasionaria fins al maqui, passant pels miners d’Astúries i acabant amb els advocats d’Atocha, últims sants laics del nostre martirologi. Però també la dreta, encara que tracte d’ocultar-ho, continua ancorada emocionalment als seus mites fundacionals: la croada nacionalcatòlica contra l’amenaça roja i separatista, l’Espanya d’ordre, els 40 anys de “pau”... Només així s’explica l’èxit de vendes de la porqueria revisionista de Pío Moa i companyia o l’oberta defensa de la simbologia feixista pel Partit Popular i els seus rebrots de Ciutadans. Ho veiem cada dia, hui a Alacant, ahir a Callosa, despús-ahir a Badajoz: la dreta espanyola no ha trencat amb el franquisme, que forma part de la seua herència genètica com l’antifranquisme del nostre ADN.

Però, com deia al principi, cada generació construeix els seus propis mites, encara que siguen menors. La nostra, la dels que vam nàixer en els 70, vam créixer en els 80 i ens impliquem políticament en els 90, no ha aportat herois ni grans llegendes. En tot cas, el buit de la nostàlgia el poden ocupar algunes vagues generals, les protestes del moviment antiglobalització o les grans manifestacions del “No a la guerra”. El que sí que vam tenir van ser rufians. I dos d’ells han tornat a l’actualitat aquests dies, per diferents motius: José María Aznar i Federico Trillo. L’expresident del Govern, tan eixut i hirsut com sempre, va pontificar a València invitat pel lobby dels grans empresaris AVE, mentre l’exministre de Defensa (Viva Hondures!) i expresident del Congrés ( ¡manda huevos!) ha hagut de renunciar finalment al lloc d’ambaixador a Londres pel dictamen del Consell d’Estat sobre la seua responsabilitat en l’accident del Yak-42.

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Aznar y Trillo, villanos de otra época

Cada generación tiene sus mitos y solamente algunas generaciones trascienden con ellos a la historia. Musicalmente pasa con la de los 60 y primeros 70, y por eso andamos ahora celebrando funerales planetarios cada tres por cuatro: Lou Reed, David Bowie, Leonard Cohen... Es ley de vida. Los genios también mueren -aunque sea con las botas puestas- pero nos queda su legado; ellos abrieron nuevos caminos y dieron forma a la cultura musical de nuestros días, siguiendo la estela de los dioses primigenios Beatles, Stones y Dylan. Después vinieron otros, estrellas del pop y del rock que vendieron incluso más discos -pongan los nombres y las cifras que quieran- pero a los que en el futuro sólo recordarán algunos, según su querencia o, más bien, su vivencia. Porque es en la primera juventud cuando construimos nuestros ídolos y asumimos nuestros himnos, que después nos sirven para recrear nuestra propia vida. Sólo así se explican esos revivals de los 80, los 90...

Si hablamos de política, en este país viviremos durante mucho tiempo marcados por la experiencia catártica de los años 30. Para la izquierda representan la lírica de la II República, la épica de la Guerra Civil y la tragedia de la dictadura y la represión franquista. Casi todos nuestros mitos se han construido alrededor de ese recuerdo: desde la Pasionaria hasta el maquis, pasando por los mineros de Asturias y llegando a los abogados de Atocha, últimos santos laicos de nuestro martirologio. Pero también la derecha, aunque trate de ocultarlo, sigue anclada emocionalmente a sus mitos fundacionales: la cruzada nacional católica contra la amenaza roja y separatista, la España de orden, los 40 años de "paz"... Sólo así se explica el éxito de ventas de la bazofia revisionista de Pío Moa y compañía o la abierta defensa de la simbología fascista por parte del Partido Popular y sus retoños de Ciudadanos. Lo vemos cada día, hoy en Alicante, ayer en Callosa, anteayer en Badajoz: la derecha española no ha roto con el franquismo, que forma parte de su herencia genética como el antifranquismo de nuestro ADN.

Pero, como decía al principio, cada generación construye sus propios mitos, aunque sean menores. La nuestra, la de quienes nacimos en los 70, crecimos en los 80 y nos implicamos políticamente en los 90, no ha aportado héroes ni grandes leyendas. En todo caso, el hueco de la nostalgia lo pueden ocupar algunas huelgas generales, las protestas del movimiento antiglobalización o las grandes manifestaciones del "No a la Guerra". Lo que sí tuvimos fueron villanos. Y dos de ellos han vuelto a la actualidad estos días, por diferentes motivos: José María Aznar y Federico Trillo. El ex presidente del Gobierno, tan enjuto e hirsuto como siempre, pontificó en Valencia invitado por el lobby de los grandes empresarios AVE, mientras el ex ministro de Defensa (¡Viva Honduras!) y ex presidente del Congreso (¡manda huevos!) ha tenido que renunciar finalmente al puesto de embajador en Londres por el dictamen del Consejo de Estado sobre su responsabilidad en el accidente del Yak-42.

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Atocha 1977

Fue un martes por la noche. Hace cuarenta años. Eso es mucho tiempo. Tal vez demasiado porque casi siempre el tiempo arrasa lo que encuentra a su paso. Hacía poco más de un año que se había muerto Franco. Pero la dictadura seguía en su apogeo. Muerto el perro, no se acabó la rabia. Sobre todo, no se acabó la rabia de los suyos. Porque ahí estaban los suyos. Mezclados la policía y los uniformes falangistas. Los complots mediáticos. El ejército. Los jerifaltes del sindicato vertical. Fuerza Nueva con Blas Piñar al frente: y con los ultras italianos que de vez en cuando venían para echarle una mano contra quienes pensábamos que la historia de este país tan desgraciado tenía que empezar a ser otra distinta. Eso pensábamos.

Aquel martes, 24 de enero de 1977, un comando de extrema derecha bien armado se presentó en el número 55 de la calle Atocha, en Madrid. Había allí un despacho de abogados laboralistas. Esos despachos eran un hervidero donde -como en otros sitios todavía clandestinos- se cocía a fuego lento la nueva democracia. Los del comando fascista dispararon a discreción. A todo lo que respiraba. Murieron Enrique Valdevira, Luis Javier Benavides, Francisco Javier Sauquillo, Serafín Holgado y Ángel Rodríguez Leal. Resultaron heridos Miguel Sarabia, Alejandro Ruiz-Huerta, Luis Ramos y Dolores González. Esos eran sus nombres. También tenemos los nombres de sus asesinos: José Fernández Cerrá, Carlos García Juliá y Fernando Lerdo de Tejada. Otros nombres se sumaron como ideólogos de la matanza. La policía los detuvo. Todos fueron condenados a muchos años de cárcel. Desde el principio gozaron los asesinos de unos privilegios que mostraban a las claras que quienes seguían mandando aquí eran los de siempre. Dos de ellos se fugaron cuando les faltaban muchísimos años de condena. Nadie sabe nada de ellos. Que se fugaron y encontraron refugio en la dictadura paraguaya de Stroessner. Que más tarde, uno de ellos -García Juliá- fue detenido en Bolivia por tráfico de drogas. Que otro -Lerdo de Tejada- no ha regresado jamás y hasta su familia dice que no sabe dónde andará después de tanto tiempo. Tanto tiempo, sí. Tienen razón. Ha pasado mucho tiempo y en este país la memoria es un cero a la izquierda. Nada. Menos que nada.

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Cañizares y el silencio

En su última película, Scorsese nos presenta el conflicto interior de un joven jesuita portugués ante el silencio de Dios frente a la cruenta persecución religiosa en el Japón del siglo XVII. Una tormentosa vivencia de la fe que el protagonista experimenta en una realidad que le resulta extraña y le supera, una lucha íntima por la redención que acabará conduciéndole a la apostasía. Filme honestamente cristiano, Silencio reivindica la humildad de una búsqueda personal de la transcendencia que cuestiona la intransigencia religiosa tanto como la soberbia fanática de una fe inquebrantable.

Ignoro si el cardenal Cañizares ha visto ya esta película basada en la novela homónima de Shusako Endo. Y debería, ya que no resulta difícil imaginarlo con el mismo dolor de conciencia que sufre el jesuita ante una realidad hostil empeñada en poner a prueba la firmeza de sus creencias. Claro que aquí terminan las coincidencias. Porque a diferencia del personaje de ficción, el arzobispo de Valencia prefiere sofocar el silencio de Dios con el estruendoso ruido mediático de sus anuncios del apocalipsis.

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Bauman

Desapareció prematuramente Ulrich Beck hace apenas un año y ahora nos deja Zygmunt Bauman. Era un anciano lúcido y venerable. Bauman y Beck han sido dos poderosos creadores de categorías sociales que nos ayudan a comprender el significado pleno, cruel y contradictorio de la globalización, el riesgo, la pérdida de referentes sólidos, las desigualdades. Ambos suscitaron como pocos el debate acerca de la deriva de este mundo nuestro.Hoy se confirma su teoría: la modernidad líquida nos hace perder los referentes más sólidos. La obsolescencia programada no solo afecta a los artefactos: es una parte esencial de nuestro universo humano que destruye también las ideas, las personas y los principios. Dicen que es cosa genética, que todo lo vivo está programado para envejecer y morir. Algo natural. Pero la muerte de la inteligencia es repugnante.

Con Bauman muere la sabiduría del siglo XX, arrastrada por la vejez, mientras alrededor nace, crece y se reproduce aceleradamente la compulsión consumista irreflexiva y ignorancia sin perspectivas de conocimiento. Y la vieja idea de construir una sociedad solidaria transita sin rumbo desde el ágora al mercado. Los referentes sólidos, los modelos cooperativos para construir sociedades solidarias pertenecen a las utopías del pasado. Algunos las han convertido incluso en pesadillas. La modernidad líquida es, al fin y al cabo, una devastadora guerra de todos contra todos. Un rumbo kamikaze hacia el abismo desde las ruinas del estado social. Pero Bauman sabía –y lo dijo- que ni la libertad ni la felicidad pueden defenderse con muros que aíslan a las comunidades ricas y felices del resto del mundo. Hoy difícilmente podemos presagiar un futuro optimista, cuando el poder se sacude de encima a la política y la política, la creatividad y el pensamiento carecen de poder, son insignificantes.

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Otra vez Cañizares, no se cansa el tío

Nunca lo había visto en persona personalmente, como dice el agente Catarella en la serie protagonizada por el comisario Montalbano, una excelente colección de historias policiales que lleva escribiendo desde hace años el escritor siciliano Andrea Camilleri. Sólo lo había visto en esas fotografías tipo carné de los periódicos y en los chistes de wasap cuando desaparecía -como el mago Houdini-  en una capa más ridículamente grande que la alfombra roja de los Oscar en Hollywood. Pero hace un par de semanas lo vi en Valencia, ahora sí en persona personalmente. Estaba plantado, con otro de sus colegas, en la esquina de la calle de la Paz con la de las Comedias. Semáforo en rojo. Pasan tres mujeres el paso de cebra al Casino de Agricultura. Una dice: ¿no es ese el arzobispo Cañizares? Entonces lo miro. Me parece estratosféricamente pequeño, como aquel actor que se llamaba Mickey Rooney pero en cura. Otra diferencia importante entre uno y otro es que Rooney se casó con Ava Gardner y el cura -como es lógico según el catecismo- lo hizo con Dios casi al mismo tiempo que la pareja del cine. El caso es que ahí estaba el cardenal Cañizares, el arzobispo Cañizares, el azote de las costumbres licenciosas que nos llevan directamente al infierno, el vigía de occidente desde el Palacio Arzobispal, el que acoge en la catedral las misas en honor de Franco, el de la boca suelta por la que salen culebras llenas de rabia, ansiosas de morder sañudamente cualquier carne que sepa a modernidad.

Pues eso, que lo vi allí plantado, encogido en su diminuta envergadura de gigante ultra, mirando con risa de muñequito saltarín el tráfico de una calle cuyo nombre igual le aterra porque a él le va sobre todo la marcha de la gresca y el incordio permanente. Nada de paz para el arzobispo Cañizares: ¡más madera!, como gritaba Groucho Marx para aumentar el fuego de la caldera y que el tren fuera más rápido en Los hermanos Marx en el Oeste, una de sus películas más conocidas. Y me acordé de un amigo que se quejaba de su jefe igual de pequeño que el arzobispo Cañizares: no crece más porque le pesa la mala hostia. No hay manera de que nos deje tranquilos el jefe de la iglesia valenciana. Lo suyo -como digo- es la perpetua indignación y una manera incansable y agresiva de protestar contra todo aquello que suene a cambio en una sociedad cada vez más paradójicamente anclada en las viejas costumbres, en una cotidianeidad cada día más rancia y anacrónica, en una manera de vivir que llenan de miedo las noticias calculadamente asustadizas de los telediarios.

Desde hace tiempo vive Cañizares pendiente de esos posibles cambios y del infierno que nos espera si finalmente caemos en el abismo que abiertamente nos anuncian como las pomposas trompetas del apocalipsis. Famosa fue la operación de desagravio a la Virgen de los Desamparados en la que más ancho que largo afirmó que hay ideologías que “matan al hombre”. Se refería a la ideología de género y animaba a la subversión de la feligresía presente en la plaza de la catedral: “es preciso que reaccionéis, no podéis tener miedo”. Un crack, el pequeño Cañizares, crecido en su arenga castrense como si el tiempo se hubiera detenido en los años gloriosos de una iglesia mezclada como hermana siamesa con la dictadura franquista. Eso fue hace unos meses y ahora regresa el caballero andante de las esencias ultracatólicas para enfrentarse a los molinos de una nueva ley acordada por el gobierno de la Generalitat. Se trata de la Ley Integral del reconocimiento del derecho a la identidad y expresión de género y de su adaptación y normalización en los centros educativos de la Comunidad Valenciana. Y de nuevo el grito del arzobispo resuena como un trueno en la revista diocesana Paraula: “adoctrinar a los niños en ideología de género es una maldad”. Y otra vez agita la coctelera de su feligresía llamando a “actuar y no cruzarse de brazos”. La guerra santa del arzobispo Cañizares está en marcha. No se puede permitir que el ateísmo nos lleve a “la destrucción de la familia”. Y añade que esa ley “pretende imponer por la fuerza la colonización de las conciencias”. ¡Y el hombre se queda tan ancho! Nada menos que habla de la colonización de las conciencias. ¡Nada menos!

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¡Estas cosas aquí no pasan!

¡Hasta ahí podríamos llegar! Después de haber oido al Señor Joan Canyelles, secretario de la Comisión de Garantías de los podemitas Baleares, estoy que me pinchan y no me sacan sangre. En la vida me habría creído, aunque me lo juraran por las santas reliquias de Fidel Castro, que esas cosas pasan en los partidos políticos y menos en los de mi izquierda. 

“Si tú eres buena niña, y creo que sí lo eres, vas a contar con nuestro apoyo para todo, te buscaremos un trabajo”. Con estas palabras, según se puede leer  hoy en la prensa, pretendía el dirigente de Podemos comprar el silencio político de una militante díscola que ha osado disentir en el sacrosanto seno de su partido. Y lo peor es que le ofrece un trabajo si acepta someterse y acatar las ordenes de la dirección de su partido. ¿Se imaginan ustedes qué escándalo si los gobiernos, las listas electorales, los órganos de dirección de los partidos o… yo que sé… los puestos ejecutivos en las empresas publicas se cubrieran con semejante proceso de selección? ¿A dónde iríamos a parar? ¿Que clase de gobierno tendríamos si los puestos de responsabilidad, en uno o otro ámbito, no se ocuparan en función de la reconocida capacidad de cada cual para desempeñarlo sino que fueran el premio, el incentivo, el soborno con el que se premia el silencio o, como parece que es el caso, el compromiso de no presentase en un futuro proceso orgánico? Algo debe andar muy podrido en Podemos y en Baleares para que esas cosas sucedan. Aquí, en la Comunidad Valenciana, semejante situación se me antoja impensable a día de hoy. ¡Con lo que ha caído en esta tierra! 

Si por algún casual, los medios de comunicación valencianos, la militancia que apoya a los partidos que sostienen al gobierno botánico o el mismísimo Cardenal Cañizares sospecharan que algún nombramiento institucional en estos momentos ha sido el resultado del cumplimiento de una cláusula contractual del tipo: “Te pedimos que te mantengas una temporada, uno, dos o tres meses, en stand by, que no acudas a las reuniones” no tengo la menor duda de que la furibunda reacción política ante un hecho tan deleznable habría provocado inmediatamente la reconsideración de tan repugnante nombramiento. Aquí esas cosas ya no las hacemos. Hemos aprendido la lección después de tanto desmadre del PP. Nadie se atrevería a perpetrar un cambalache parecido. Afortunadamente aquí, nuestros secretarios de organización, miembros de comités de garantías y demás sector manufacturero de listas de todo tipo y condición no comparten esta manera de entender la política y luchan día a día por que nuestro parlamento, nuestras instituciones y nuestro sector público empresarial se conviertan en  un campo fértil en el que solo brote el sólido tallo del talento, la capacidad y el trabajo. Hoy los valencianos y valencianas podemos dormir tranquilos sabiendo que el nepotismo, el chantaje y el clientelismo han sido definitivamente desterrados de nuestras instituciones. 

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