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El PSOE amenaza ruina

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El 20 de diciembre se produjo un movimiento que derribó el pedestal sobre el que Mariano Rajoy ha gobernado, hierático, el periodo más disolvente para los consensos en los que se había cimentado la sociedad española de la era democrática. El dirigente del PP intenta ahora a toda costa recuperarse del batacazo y juntar piezas para recomponer su imposible poder. Es el paisaje de después de un terremoto que obliga a levantar una nueva arquitectura de la política en España.

Sin embargo, tras semejante fenómeno, los crujidos más alarmantes no proceden del PP, sino del PSOE, esa otra gran estructura construida a lo largo de cuatro décadas sobre la estabilidad del bipartidismo democrático, hoy afectado por intensos temblores de cambio. A ojos de todo el mundo, el partido de los socialistas amenaza ruina, entre otras cosas porque algunos de sus dirigentes más significados parecen empeñados en derribar los pilares que mantienen en pie sus frágiles expectativas.

Con epicentro en las elecciones europeas de 2014, el terremoto político ha ido in crescendo a lo largo de todo el año 2015 hasta liberar gran cantidad de energía de alto poder transformador. Susana Díaz quiso esquivarlo al deshacerse tempranamente de Izquierda Unida como socio en Andalucía para penar en una interinidad que la llevó, pasados varios meses de las elecciones anticipadas, a pactar con Ciudadanos, el partido comodín que, a escala española, se ha revelado inútil para garantizar la continuidad convencional del juego.

Vinieron después las elecciones autonómicas -en las que, por cierto, salvo en la Comunidad de Madrid, el comodín ya falló- y los barones socialistas dieron sin rechistar por perdidas las grandes ciudades a manos de las izquierdas emergentes, mientras cada uno se aplicaba a componer alianzas, mayormente con formaciones como Podemos y Compromís, para volver al poder autonómico.

Cataluña entretanto registraba la mayor actividad sísmica, atrapada como ha quedado en la falla geopolítica de una secesión independentista que ha conducido a un bloqueo de tan difícil salida como el del conjunto de España. Un paisaje, el de la gobernabilidad española, que reclama negociación y audacia. Precisamente los dos atributos que la tropa de barones del PSOE se ha apresurado a vetar a Pedro Sánchez, su candidato (al menos hasta el 20-D) a presidente del Gobierno.

Ante una ruptura tan visible entre el norte y el sur como la que dibuja el mapa político de 2015, con la nueva izquierda (no solo Podemos, sino sobre todo las plataformas que lideran Colau, Oltra o Beiras) entrando a fondo, de la mano del discurso de la imprescindible regeneración del sistema, en capas de población urbana y ámbitos territoriales de perfil industrial y moderno, parece insólito que Susana Díaz lidere la rebelión contra el intento de su candidato de explorar la nueva geometría de los pactos políticos. No parece lógico que la líder de una organización como el PSOE andaluz, que no ha hecho la catarsis del escándalo de los ERE, pretenda tomar las riendas dando por liquidada cualquier opción de Sánchez, de perfil bastante más renovador y abierto, precisamente cuando la agenda subraya el rigor contra la corrupción.

Menos lógico aún resulta que Ximo Puig, el presidente valenciano cuyo poder depende de las nuevas formaciones de izquierda, que ha criticado reiteradamente a Rajoy por su negativa a dialogar con Artur Mas y ha propugnado la reforma constitucional y la vía de la negociación, secunde con tanto entusiasmo los movimientos de Díaz, incluso a costa de reabrir otra vez las costuras del PSPV-PSOE. Es poco coherente, para alguien cuyo futuro está ligado a una fórmula de pacto con Compromís y Podemos que hasta no hace mucho proponía exportar al Congreso de los Diputados, apuntarse a la operación de trazar líneas rojas, como la de rechazar una consulta en Cataluña que habrá de producirse tarde o temprano si se encarrila el conflicto.

Parece insólito, en efecto, que ocurra todo esto, salvo si le aplicamos la lógica de la secta, aquella que convierte en artículos de fe los mayores desmanes y que hace de los valores una mera coartada de intereses endógenos. En una demostración de falta de talla histórica, los dirigentes socialistas, o una buena parte de ellos al menos, se mueven por la vieja pulsión de poder en el interior del partido, aunque amenace con caerse a trozos. Afrontar los retos de un presente singularmente complejo les parece demasiado arriesgado. Al fin y al cabo, el conservadurismo no es una ideología sino una actitud, o una mentalidad. A causa del terremoto electoral, el conservadurismo de izquierdas, con su miedo al cambio, ha quedado a la intemperie también en el PSOE.

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