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Las despedidas

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Lo reconozco, no me gustan las despedidas. Supongo que habrá gente a la que le guste, personas que no supuran nostalgia en esos últimos abrazos o besos, en la visión de ese lugar por, aparentemente, última vez. Pero yo, pobre de mi, no me hallo en ese grupo, quizás la vida sería más sencilla de ese modo: no pensar en lo que se deja atrás y mirar lo que está por venir. Una mirada triste a lo que ya no volverá y abandonas con melancolía. Hace poco tuve que dejar atrás muchas cosas, entre ellas el curso. Sonará estúpido y ridículo, pero un curso es más de lo que parece.

Es un estado único, un microcosmos que no se volverá a repetir, no estarás los mismo profesores ni los mismo alumnos. Tus rituales, saludar a éste, hablar con aquel, desaparecerán. Cada uno avanzará en la dirección que le marquen sus ideas o la proverbial suerte. El curso termina y cada vez compruebas más que la vida se vive en solitario, como en esa relación en la cual un día todo termina y vuelves a tu estado anterior, no  a la soltería, sino a la soledad. El enfrentamiento a la vida solo, sin nadie a quien cogerte.

La soledad de ser uno y no dos. ¿Qué es la soledad?. Para mi, en cierta forma, ha representado esos exámenes de recuperación donde estás sin nadie, donde los pasillos de la Universidad se torna en oscuros lugares vacíos de vida, donde la biblioteca pierde su efervescencia de jóvenes nerviosos y preguntas de última hora. Cuando te encierras para poder trabajar los exámenes como si no hubiera un mañana lo coges con ciertas ganas, sabes que la nota dependerá de tus capacidades: el papel contra ti, nada más. Hasta que llega ese último día, ese último examen, donde tu cognición está en horas muy bajas y tu cuerpo pide descanso y algo de alcohol y charla absurda. Sales y el mundo cambia, ya no hay obligaciones autoimpuesta, ya no precisas de tu compañero para un apunte o una duda, ya eres libre. Libre para no hacer nada, para no tener nada que hacer y entonces me atenaza una sensación de vacío, de ¿tanto esfuerzo para esto?.

Lo bonito de la meta es el camino, y no negaré, y espero que tampoco lo hagáis vosotros, que aprender es tan fascinante como aprobar, que es un autodescubrimiento, pero ese momento en el pasillo, con el examen todavía fresco en tu depauperada mente, con todo tu mundo destruido, es una mierda. ¿Qué hago esta tarde?, podría hacer esto, lo otro... tu rutina a muerto, se ha desvanecido como los cafés que te mantenían vivo cuando el tedio amenazaba y los párpados se transformaban en losas de acero. Miras a la cara de esas personas que te han acompañado y ayudado en el curso, quién sabe si repetirás con ellos, y ahí estamos, tanto sufrir, protestar, cabrearnos, indignarnos y estudiar para estar ahí, con esas ojeras y la cara de satisfacción por haber subido al Everest y haber salido victorioso. Lo siento, pero sentí pena cuando me hube despedido, cuando supe que aquello se había terminado.

El año que viene otra cosa, otro inicio diferente, igual de fascinante, pero sin ellos, o tal sí. Todo había pasado. Las notas caerían como hojas en otoño y nos dibujarían sonrisas y rabia, tal vez ira. Los grupos de wasap arderían en críticas feroces y alegrías incontestables, así es la vida, no todos pueden estar igual de contentos. Odio las despedidas. Cuando se fue mi abuela a Sevilla para no volver, sabía que sería el último día, y quise retener aquel momento en mi retina, en mi corazón. Hay despedidas, como las de la facultad, que se ven venir, que sabes que estarán ahí porque así lo marca el inmisericorde calendario. Hay otras que llegan de pronto, sin esperarlas, sin que tu olfato las sienta.

A veces no te puedes despedir, y sientes que no dijiste aquello que tenías que decir o que hacer. Otras te despides de golpe, con el aliento frío y la mente prácticamente en blanco. La despedidas son curiosas, a veces piensas que serán de una forma pero luego son de otras, quizás piensas que a la otra persona le dolerá que os dejéis de ver y descubras que no, que sigue igual, que lo asimila bien, como un adulto y no como un púber. Es triste comprobar que lo que sientes es solo tuyo, y quizás las cosas no sean para tanto. Acelero las despedidas, digo que nos volveremos a ver, comento por lo bajo que seguro que algún día coincidimos, aunque sepa que es improbable.

Quizás lo más penoso es cuando te despides de ti mismo, de esa persona que tanto te gustaba ser, de ese chico de melena rizada que se reía de todo y cantaba rock hasta el amanecer. Cuando te das cuenta que ese chico es otro, otra persona que tiene algún puntos en común pero no todos, te introduces en la nostalgia con un pasaporte de primera clase. Ese chico no volverá jamás, y apenas te pudiste despedir de él. Todo ha cambiado, desde las amistades hasta el contexto. Esa etapa terminó, como el curso o la amistad que un día ya no está. No te despides, no sabes que ese será el último día. Aunque sea triste prefiero esas despedidas que no se marcan en el calendario, esas que suceden porque sí, porque la vida fluye y es maravillosa y te envía a otro lugar, a otra persona, a otra cama.

Esas despedidas que no lo son, que simplemente se integran en tu día a día. Ese beso final, que no sabes que lo será y se da con cariño. Esa frase que indica algo pero jamás se sabrá qué pretendía decir. La despedida es el principio de algo, de primera es el final de una etapa, con lo cual ha de comenzar otra sin esa persona. La despedida te obliga a regresar al origen, a olvidar por un tiempo lo vivido y centrarte en los retos que se presentan. Un nuevo curso, con nuevos profesores y los mismos retos, las mismas despedidas y los mismo sueños.

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