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La última Barbarie de Rita

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Instalación artístitica destrozada por las brigadas de limpieza del Ayuntamiento de Valencia en el Cabanyal.

Instalación artístitica destrozada por las brigadas de limpieza del Ayuntamiento de Valencia en el Cabanyal.

Sin que sirva de precedente, por una vez creo que hay que dar por buenas las palabras de Rita Barberá: no creo que ella diera la orden directa que acabó el pasado sábado con la destrucción de una obra de arte de prestigio internacional en el barrio del Cabanyal. Sin embargo, que no salieran de su boca las palabras que empujaron a unos operarios de limpieza a retirar —de uno de los muros de los múltiples solares con que su consistorio ha regado el barrio marinero— las fotografías en grandes dimensiones de 75 de sus vecinos víctimas de su exclusión social, no significa que ella no sea la responsable última de la barbarie.

Lo que sucedería, sencillamente, es que, ante una visita de campaña de Barberá al barrio que con más saña ha castigado, algún subalterno, acostumbrado a que la limpieza de suciedad y de cualquier atisbo de protesta precede siempre el paso de la lideresa popularista por cualquier barrio, actuó con un exceso de celo para agradar a la jefa, o lo que es peor, para evitar un rapapolvo de campeonato. Y así se llevó por delante una obra de arte con un fuerte componente social y crítico, avalada —como lo está esta obra del artista JR— por su instalación a lo largo y ancho de todo el mundo (desde Ciudad Juárez a la Casa Blanca). Una acción que ha vuelto a situar una vez más a Valencia, por culpa del PP, en el mapa de la vergüenza.

De primeras podríamos señalar que lo sucedido es el resultado de la incultura pepera o de su pasión censora, pero lo terrible es que en definitiva es el resultado del miedo, el eje último en el que se ha basado Rita Barberá para mantenerse en el poder. El miedo de los enchufados a perder su empleo; el miedo de los que no lo son a perderlo también si hacen algo que no es del agrado de un gobierno agresivo y destructor; el miedo a lo desconocido para muchos, pues ya en las pasadas elecciones municipales pudo ejercer su voto una generación que no ha conocido a otra alcaldesa que la nefasta Rita Barberá; el miedo a la incógnita que supone el abanico de posibilidades que se abre para todas más allá del rígido y vetusto marco que el PP ha vendido como el camino único, aunque ése nos esté llevando —ya transitamos por ella— a la ruina.

Afirmaría pues que la destrucción de la obra no fue por orden directa de Barberá, pero la responsabilidad última de lo sucedido sí es toda suya. No obstante, frente a esta barbarie, que esperemos sea la última de Bárbera, las valencianas no solo tenemos el deber y la obligación de deshacernos de ella, sino también de desembarazarnos del miedo. Todas sabemos cuál es el primer paso para emprender ese nuevo camino: votar el próximo 24 de mayo. Y como no, votar con valentía.

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