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Cuando datos correctos mienten

Confundimos datos con hechos probados y hechos con verdad, pero a veces ocurre que los datos son correctos pero lo que dicen es falso. Como ha ocurrido esta semana con la publicación y posterior desmentido en eldiario.es sobre los tuits borrados del concejal de Madrid Antonio Miguel Carmona.

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Vivimos tiempos de Big Data; está de moda el análisis estadístico de grandes bases de datos como una vía tan potente para encontrar la verdad que hay quien teoriza que la teoría es innecesaria: para conocer bastarían los datos. Los datos, tendemos a pensar, son objetivos, fríos, de detectable manipulación, y por tanto más fiables que las personas. Por eso vivimos tiempos de periodismo o ciencia de datos (¿acaso hay otra clase?), de cursos, másteres y simposios. De fe en lo númerico, lo mensurable, lo expresable en cifras.

Vivimos tiempos de desconfianza en los políticos; lo cierto es que desde siempre hemos desconfiado de los políticos pero en los últimos años todavía más. Los escándalos, las distorsiones, evasiones y retorcimientos torticeros de palabras y situaciones han convertido en acto heroico el aceptar textualmente la palabra de un político en ejercicio, sobre todo cuando es en relación con un tema que le puede afectar o perjudicar.  

Pero lo cierto es que ya Einstein avisó de la importancia de la teoría a la hora de recoger datos ("es la teoría la que decide qué se puede observar"), porque la primera decisión que debe tomar un científico es distinguir entre lo que es dato (significativo) y lo que es ruido (no significativo). Y lo cierto es que a veces hasta los políticos dicen la verdad cuando se les pregunta.

A veces los datos pueden ser 100% certeros, precisos y fríos, y sin embargo estar en el error. A veces las negativas de los políticos son veraces. Y en ocasiones como esas un periódico se puede equivocar y llevar a título y elevar a noticia algo que sin ser del todo falso (los datos, al fin y al cabo, no mienten), no transmite la realidad del caso. Es lo que le ocurrió a eldiario.es la pasada semana con la noticia sobre los tuits borrados del hoy concejal de Madrid Antonio Miguel Carmona del PSOE, la  posterior rectificación y el consiguiente escándalo; una prolongación de  la feroz batalla que se libra en las redes sociales desde la resurrección el pasado fin de semana de los polémicos tuits del concejal Guillermo Zapata y su consiguiente dimisión como concejal de Cultura del ayuntamiento dirigido por Manuela Carmena.

Así el lector Juan de Parla (Madrid) y usuario habitual de los servicios del Defensor, siempre preocupado por los sesgos de eldiario.es, enviaba una queja:

"¿Me puede explicar el señor defensor del lector que tipo de rectificación es aquella que se pone como un añadido pequeño a continuación de la noticia a rectificar y en la que la segunda parte de la "rectificación" desmiente a la primera? Ya es bastante malo que se haya hecho el ridículo con la noticia original, producto del cabreo no disimulado por el caso Zapata (¿cuándo se convirtió ElDiario en el periódico oficial de Podemos?) para que se siga haciendo el ridículo con una rectificación que no es tal y que encima medio esconden para que no se note mucho. Alguien tendría que tener el valor de decirle al director (que cada vez más me recuerda en actitud a J.J. Jameson por su utilización de su periódica para dar rienda suelta a sus odios personales) que tiene trabajadores a su cargo y que un periódico es algo más que un trozo de papel en el que plasmar sus filias y sus fobias. Existe la ética periodística, señor Escolar y usted parece pasársela por cierta parte que no es de buena educación nombrar."

Consultado al respecto el director de eldiario.es, Ignacio Escolar, responde:

"Decidimos investigar qué políticos están borrando tuits sin saber qué nos íbamos a encontrar. Era un dato relevante desde el punto de vista informativo en ese momento porque el día anterior habíamos pillado ya a  varios que lo estaban haciendo tras el estallido del escándalo Zapata. Conocíamos a la gente de  Graphext [la empresa que realizó los análisis en redes sociales] porque habíamos hablado con ellos unas semanas antes y nos contaron que guardaban este tipo de datos, que obtienen de Twitter. Por eso recurrimos a ellos para pedirles esa información a través de nuestra jefa de Producto, Marilín Gonzalo.

Encontramos a un montón de políticos que habían borrado tuits. Pero cuando tuvimos todos los datos nos llamó muchísimo la atención el caso de Antonio Miguel Carmona por dos razones: porque el caso de los dos concejales de Ahora Madrid que habían borrado miles de tuits –Jorge García Castaño y Pablo Soto– ya lo habíamos contado el día anterior y porque el borrado de tuits en la cuenta de Carmona era el único caso en números relevante –más de uno o dos tuits borrados– que se había producido antes de que se conociesen los viejos tuits de Zapata.

Antes de publicar la noticia realizamos las siguientes comprobaciones: revisamos los logs con uno de nuestros técnicos, hablamos con varios expertos en tecnología ajenos a Graphext y chequeamos los datos que teníamos con varios políticos que habían borrado sus tuits, que nos confirmaron que el número de tuits borrados y las fechas que teníamos coincidían con sus datos. Por supuesto, también hablamos con Antonio Miguel Carmona. Le llamó Gonzalo Cortizo, el jefe de Política de eldiario.es, que mantuvo con él varias conversaciones telefónicas sobre el asunto antes de que publicásemos nada.

Carmona negó que hubiese borrado nada de su cuenta pero no nos dijo –probablemente entonces no lo sabía– que su equipo sí había borrado más de dos mil tuits de la cuenta de apoyo a su campaña. Los doscientos tuits que faltaban en la cuenta personal de Antonio Miguel Carmona @antoniomiguelc, como explicamos después, eran los retuits de @carmona_alcalde, la cuenta de su campaña de la que se habían borrado el 99% de los mensajes.

En ese momento, con los datos que teníamos y las comprobaciones que habíamos hecho, pensábamos que había dos opciones: que Carmona nos estuviese mintiendo o que la API de Twitter hubiese fallado precisamente con él.  Decidimos publicar la información –con el titular "Antonio Miguel Carmona borró decenas de tuits dos días antes de que estallase el escándalo Zapata"– porque en eldiario.es, por experiencia, confiamos más en los datos que en la capacidad de un político para negar una información que le perjudica. En aquella primera versión de la información, publicada a última hora del miércoles en nuestro adelanto para socios, aparecía entrecomillada la explicación de Carmona: "Es completamente falso, yo no he borrado más de diez tuits en los cuatro años que llevo en Twitter".

Al día siguiente descubrimos que nuestro titular no era correcto. Antonio Miguel Carmona no había borrado tuits personalmente, lo había hecho su cuenta de campaña, de la que Carmona es último responsable pero que no gestiona él directamente.En la redacción tuvimos una reunión de crisis a primera hora de la mañana para ver cómo afrontábamos el asunto. Básicamente, teníamos tres opciones.

1. No sacar ninguna rectificación, y simplemente actualizar la noticia y retitularla. Podríamos haber titulado, y había sido exacto: "El equipo de Antonio Miguel Carmona borró miles de tuits de su cuenta de campaña dos días antes del escándalo Zapata".

2. Publicar una pequeña "puntualización" medio escondida. Algo de este estilo.

3. Lo que hicimos. Publicar una rectificación personalmente como director pidiendo disculpas a los lectores y al afectado, actualizar la información anterior para que saliesen de ella todos los datos erróneos, enlazar la rectificación de forma visible en la portada y en esa noticia, rectificar también en redes sociales –tanto en la cuenta de eldiario.es como en la mía personal–, pedir disculpas al afectado y titular la rectificación por el error, no por las excusas, pero explicando todos los detalles al lector.

Para mí es mucho más importante la credibilidad de eldiario.es que esta noticia en concreto. Por eso escogí la tercera opción, a pesar de que habrá gente que se quede con el titular de que hemos rectificado y no lea los detalles concretos del asunto; que crea simplemente que patinamos porque especulamos sin información o nos inventamos las noticias –algo que, lamentablemente, no es tan extraño en la prensa, pero que no fue lo que ocurrió–.

Como periodista, pocas cosas me duelen más que equivocarme en una información. Admitirlo públicamente también escuece. Pero cuando metes la pata, tu obligación es sacarla, no disimular tu error. Creo que es lo que hicimos."

El problema de los datos es que pueden ser completamente ciertos y al mismo tiempo irrelevantes. El borrado de tuits era altamente significativo en la presente y enconada situación política sí y sólo si lo había realizado el propio candidato Carmona y lo había hecho antes de que se produjera el regreso de los tuits con chistes infames de Zapata. De ser así se podía deducir (y se dedujo) que Carmona sabía con antelación lo que iba a ocurrir, es decir, que se trataba de una operación premeditada y que no había avisado a sus socios de gobierno. Nadie discute que esos 200 y pico tuits se hayan borrado; el dato es correcto. Pero al cambiar el quién, el cuándo y el cómo se borraron la historia cambia por completo.

Ahora sabemos que los tuits se borraron subsidiariamente junto a casi 1.800 más pero de otra cuenta de tuiter: la de campaña de Carmona. Y sabemos que no lo hizo él, sino su equipo de gestión de redes sociales. De ahí cabe deducir que su equipo hizo desaparecer aquellos tuits más inflamatorios lanzados durante la pendencia electoral, inconvenientes en la nueva era de pactos, pero no que ni Carmona ni nadie de su equipo tuvieran conocimiento previo de lo que iba a suceder con Zapata. Mismos hechos, mismos datos correctos, interpretación política completamente diferente. Una información distinta.

El diario erró porque sus comprobaciones técnicas no fueron capaces de hallar la diferencia en el origen y circunstancias del borrado, y también porque no creyó al político socialista cuando se le llamó para preguntarle su punto de vista. La prisa, en un momento de intensa actualidad de la información en cuestión, tuvo sin duda que pesar y cada lector deberá plantearse si la rectificación y las explicaciones del director bastan. Pero el principal problema es que el episodio deja cierta impresión de que simpatías y antipatías culturales o políticas hayan podido formar parte del cocktail de emociones y análisis que llevó a tomar las decisiones equivocadas; si no se saltó con demasiada facilidad el filtro anti-'demasiado bonito para ser verdad' .

Todo el mundo puede equivocarse y por eso la medida de la grandeza de un medio o persona no es si comete errores o no, sino cómo los corrige. Aunque es forzoso reconocer que no todos los errores son iguales, y los más irritantes son precisamente los que se alinean con sesgos percibidos de quien los comete. Para evitar verse acusado de alineación política Eldiario.es deberá esforzarse por evitar la sombra de la sospecha y quizá desconfiar más precisamente de aquellas noticias o datos con los que más resuenen las simpatías de las personas que allí trabajan. Porque la verdad no sabe de afinidades ni de datos: sólo de realidades.

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