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DESALAMBRE

Vivir sin agua, el dilema de muchos refugiados sursudaneses en Uganda

43.000 personas sobreviven a diario sin el agua suficiente para cubrir sus necesidades básicas en Ofua, al oeste del asentamiento Rhino, en el país africano

Uganda es un ejemplo a seguir para todos aquellos países que cierran sus puertas a millones de refugiados, pero hay aspectos que deberían mejorarse urgentemente

Menos del 20% de las mujeres en Ofua puede comprar compresas, más del 50% de la población no tiene acceso a una pastilla de jabón y al menos la mitad no sabe si tendrá agua al día siguiente

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Refugiados se reúnen para recoger el agua en uno de los tanques de agua en el asentamiento de refugiados de Palorinya.

Refugiados se reúnen para recoger el agua en uno de los tanques de agua en el asentamiento de refugiados de Palorinya. Yuna Cho/MSF

¿Cómo se vive un día sin agua? ¿Y cinco o seis? ¿Qué se siente cuando ni siquiera puedes lavar los pedazos de tela que te viste obligada a utilizar en lugar de las compresas que no pudiste comprar? ¿Cómo te lavas las manos después de limpiar a tu bebé, que está pasando por su enésima diarrea desde que llegó al campo y que ha llenado toda su ropa y la tuya de excrementos? ¿Cómo cocinas las raciones de frijoles y maíz, que son lo único a lo que la mayoría de los que viven aquí tienen acceso?

Estas son algunas de las preguntas que se hacen día tras día los 43.000 refugiados que viven en Ofua, en la parte occidental del asentamiento Rhino. Llegaron aquí huyendo de la violencia en Sudán del Sur y buscando seguridad. Sabían que lo que les esperaba en Uganda no sería fácil, pero lo que nunca pudieron imaginarse es que el acceso al agua sería uno de sus principales dilemas.

Uganda hoy acoge a más de un millón de refugiados sursudaneses, de los que casi medio millón han llegado desde julio de 2016, cuando el conflicto se intensificó en el país vecino. Y a pesar de sus loables esfuerzos por ofrecerles unas condiciones de vida dignas, la realidad que viven todas estas personas a día de hoy dista mucho de ser medianamente aceptable.

En Ofua se podría caminar durante días para ir de un extremo del asentamiento al otro; las dimensiones de esto son enormes. Los caminos demarcan las zonas o vecindarios en las que los refugiados viven bajo techos de paja y paredes de plástico o de barro. Como están sin pavimentar, las lluvias convierten esos caminos en auténticos barrizales.

A lo largo de los caminos puedes ver tanques negros de agua sobre sacos de arena. Y, junto a ellos, siempre se distinguen varias filas de niños y niñas. En sus manos sostienen unos bidones de un amarillo brillante que llenarán en cuanto llegue el camión que surte de agua al tanque negro. Cuando paso junto a ellos, siempre me sonríen y me saludan efusivamente. 

Uganda brinda a los refugiados los mismos servicios básicos que a los ugandeses, como por ejemplo, el acceso a la salud y a la educación. Además, les ofrece la oportunidad de trabajar y les asigna un lote de tierra para que residan y cultiven en él, así que, en muchos sentidos, Uganda es un ejemplo a seguir para todos aquellos países que cierran sus puertas a millones de personas cuyas circunstancias les han obligado a huir de sus casas y a dejar sus vidas atrás. Aunque también es cierto que existen muchos aspectos que no son tan idílicos y que deberían mejorarse de manera urgente.

Alice, una adolescente que reside en Ofua me describió la violencia de la que escapó, no con palabras, sino moviendo la mano en horizontal de izquierda a derecha, en línea recta, justo debajo de la barbilla. Ese cuchillo invisible es una descripción casi unánime que hacen habitualmente muchos de los adultos y de los niños que he conocido en el campo. No se acompaña de cambios ni de gestos ni de entonación. Es un movimiento corporal, casi sin emoción.

La adolescente recorrió el trayecto a Uganda con su hermana mayor y la hija de su hermana. En el camino, su hermana perdió la vida y Alice perdió de golpe su infancia para sacar adelante a su sobrina de 4 años, de quien cuida día y noche sin separarse de ella. Alice no va a la escuela, no tiene trabajo y ha perdido el contacto con sus padres, de quienes no tiene noticias desde hace mucho tiempo.

Me llama la atención su manera tan consciente de describir y de lidiar con el pasado, pero al mismo tiempo pienso en lo que daría esta chiquilla por poder dejar todo eso atrás y regresar a un poco de normalidad, que es lo que al fin y al cabo todo el mundo ansía tener en este campo de refugiados.

En Ofua hay inmensos problemas relacionados con servicios tan básicos como, por ejemplo, el acceso al agua potable. Hace ya más de seis meses desde que el asentamiento comenzase a recibir refugiados y, a día de hoy, y a falta de soluciones alternativas más sostenibles, la población en Ofua continúa en su mayoría dependiendo del agua suministrada por los camiones cisterna; un sistema de aprovisionamiento que resulta problemático e insuficiente.

Desde cualquier lugar del mundo donde no hay filas de niños sosteniendo en sus manos bidones amarillos mientras esperan la llegada de un camión que no siempre llega, seguramente sea difícil entender los desafíos que supone vivir sin agua suficiente. En una ciudad europea cualquiera, muy pocos se preguntarán cuántos litros por persona al día son necesarios, no solo para sobrevivir, sino también para llevar una vida digna. En todos los países occidentales el agua es algo que está disponible y cuyo uso sin limitaciones nos resulta completamente normal y cotidiano.

Y así debería de ser siempre. Aquí, allí y en todos los lugares del planeta. En España por ejemplo, según los datos recogidos por el Instituto Nacional de Estadística en 2013, el consumo de agua en los hogares se sitúa en los 150 litros de media por persona y día. Con estos litros de agua tiramos de la cadena del váter, cocinamos, nos lavamos las manos, nos duchamos, nos quitamos la sed o regamos las plantas, entre otras actividades cotidianas.

Fuera de la normalidad, y en situaciones de emergencia que se viven en otras partes del mundo, como conflictos armados, desastres naturales o epidemias, el estándar internacional mínimo es de 15 litros por persona y día. Con esos 15 litros se deberían cubrir las necesidades humanas más básicas en materia de alimentación e higiene. Parece poco, ¿verdad? Pues bien, aquí en Ofua el promedio es de tan solo 8 litros por persona al día. La gente sobrevive, sí, ¿pero se puede afirmar que estos estos 8 litros permiten tener una vida digna? Las consecuencias de la falta de agua, y también de la falta de higiene, resultan difíciles de imaginar.

El 50% no sabe si tendrá agua al día siguiente

En el mes de mayo de este año, Médicos Sin Fronteras realizó una encuesta que reveló que menos del 20% de la población femenina en edad reproductiva de Ofua recibe apoyo para poder comprar compresas, cuyo precio en el mercado local es inasequible para la mayoría de ellas. Tampoco hay muchas organizaciones que se las suministren de manera gratuita. Muchas dejan de salir de casa y de ir a la escuela porque no hay agua para lavar los pedazos de tela que utilizan una y otra vez. Y tienen vergüenza porque saben que huelen mal y que no están limpias.

Otro de los datos de la encuesta reveló que en Ofua, donde la diarrea es uno de los problemas de salud más latentes en los niños menores de cinco años, más de la mitad de la población no tiene acceso a una pastilla de jabón. Y otro dato más: en este campo de refugiados al menos la mitad de la población siente incertidumbre sobre si tendrán agua al día siguiente. Y esa falta de garantías empuja a más del 80% de la población del campo; es decir, a todos aquellos que dependen del agua que traen los camiones, a esperar junto a los tanques cuando oscurece, a pesar de que el 70% dice no sentirse seguro cuando cae la noche.

Charles, un líder comunitario muy al tanto de los problemas de seguridad junto a los tanques, me llama con frecuencia, preguntándome si sé si los camiones van a llegar o no, porque ya son más de las seis de la tarde y comienza a anochecer. Él sabe bien que son otras organizaciones las encargadas de la administración de los camiones, pero igualmente me llama a mí, tratando de encontrar desesperadamente respuestas que mitiguen la incertidumbre de su comunidad. Yo, lamentablemente, poco puedo decirle.

El problema del agua tiene muchas causas, pero un factor fundamental es el hecho de que las fuentes existentes no están necesariamente localizadas en los lugares donde la gente ha sido asentada. Y en algunos casos se encuentran verdaderamente alejadas. Trasladar el agua a través de este sistema de camiones de agua, que se atascan en el barro cuando llueve, que se estropean con frecuencia, o que simplemente no pueden hacer todos los viajes necesarios para que todos tengan agua ese día, resulta muy costoso e ineficaz, pero en la mayoría de los sitios no existen otras soluciones más sostenibles. 

MSF ha empezado a instalar plantas potabilizadoras que suministran millones de litros de agua en algunos de los asentamientos de la zona, pero de momento no llegamos a todos los lugares necesarios.

Las tierras que se les asignan a los refugiados, tampoco son todas cultivables, y resulta casi una cuestión de suerte haber recibido un pedazo de tierra árido o no. Una se pregunta por qué fueron los refugiados asentados en esas zonas si las autoridades ya sabían que eran zonas tremendamente áridas. Cierto es, que independientemente de si son cultivables o no, y de que los refugiados puedan eliminar la dependencia de las raciones humanitarias mensuales de comida, estas tierras permiten tener una vida lejos del ciclo de violencia de Sudán del Sur. ¿Pero, quitando eso, les permiten también tener también una vida digna?

Si las decisiones del sector humanitario se basan en lo que la gente necesita con mayor urgencia, entonces esta es una realidad hasta cierto punto esperada. La gente lo primero que necesita es un lugar en el que estar a salvo de la violencia, y, viéndolo así, puede entenderse que no importe mucho dónde se localice el lugar de refugio que se les ofrece. Lo más importante es poder acceder a un lugar que tenga servicios básicos de salud, agua y alimentación, pero, sin embargo, aquí tampoco disponen siempre de todo eso.

Respecto al agua, es cierto que en crisis humanitarias el suministro de suficiente agua potable es un desafío, y la asistencia se brinda en función de las necesidades más básicas para sobrevivir al periodo de emergencia. Sin embargo, en Ofua la población lleva más de seis meses asentada en lugares que incluso no se llaman oficialmente 'campos de refugiados', sino asentamientos. 

Esto se debe a que se prevé que todas estas personas tengan que permanecer en Uganda por un largo tiempo. Y sin embargo Alice, como muchos otros en Ofua, me comentan con frecuencia que ellos lo que esperan es poder volver lo más pronto posible a Sudán del Sur, donde las cosas antes eran distintas. Quieren rehacer sus vidas, volver a lo que antes era la normalidad.

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Desde principios de 2017 Médicos Sin Fronteras (MSF) trabaja en Ofua, en el asentamiento de Rhino. MSF ha construido y opera un sistema de suministro de agua extraída de dos pozos de alto rendimiento por medio de una bomba que traslada el agua a través de más de 8 kilómetros de pipas, a un centro de almacenamiento central y a 17 grifos comunales en dos zonas de Ofua.

MSF también brinda servicios de salud gratuitos tanto a refugiados como a ugandeses en dos puestos de salud que dan servicios básicos y de prevención, y en un centro de salud con capacidad de hospitalización y sala de partos. Por medio de estas operaciones, MSF emplea a más de 200 refugiados sursudaneses y a residentes Ugandeses.

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